El elegido Capítulo 22 #3
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Capítulo 22 #3

Reduán recibió a Ibn al-Jatib en la sala del Mexuar. Se sentaron sobre almohadones en el espacio central, bajo la linterna que iluminaba la estancia. El visir de la Pluma acababa de regresar de la madrasa, donde había impartido una clase de gramática. Atardecía y la luz comenzaba a languidecer.

—Se ha hecho necesaria esta reunión —dijo el hayib . Los dos hombres estaban solos—. Los hechos ocurridos son graves y necesito conocer los detalles de tu investigación.

— Sidi —comenzó Ibn al-Jatib en tono formal—, he podido averiguar algunos datos sobre la mujer.

Se llamaba Rasha y fue prostituta. Ejercía su oficio en una alhóndiga del Albaicín.

Tenía una hermana, Amina, y un sobrino que se llamaba Faray.

Él es quien está detrás de los ataques, y de la muerte de Yusuf —soltó con firmeza, haciendo que Reduán se tambaleara.

—Cómo… Quién es… —balbuceó el primer ministro—. Dame más información, visir.

Reduán estaba al tanto de algunos detalles, pero Ibn al-Jatib le explicó todo lo que había averiguado: el veneno, los problemas de Faray desde niño, la pérdida de su madre, su obsesión con el concepto de la baraka y la locura como rasgo común que relacionaba a los atacantes.

También relató las reuniones con Kamal en la casa de enfermos y el encuentro con el maestro que había formado a Faray.

—Veo que no has estado quieto —valoró el hayib .

—La seguridad de mawlana me quita el sueño, sidi .

—Me consta el cariño que le tienes. Pero ese loco sigue suelto…

—No es fácil dar con él. Ahora está enfadado. Rasha era como una madre para él.

—Pero ¿por qué atacar al emir?

Ibn al-Jatib se encogió de hombros.

—No es solo este emir, también atacó a Yusuf I.

Hay que seguir investigando. Debemos dar con él cuanto antes.

Me preocupa la aclamación… Ahora sabemos que hubo un tiempo en que Rasha vivió en la Alhambra.

—El visir miró fijamente al hayib —. Tal vez tú la conocieras.

La llamaban Amapola del valle. Cualquier dato sobre ella sería útil.

Reduán respiró profundamente e hizo memoria.

—Siempre ha habido muchas mujeres de ese tipo aquí…

Pero a ella no la recuerdo. Mis primeros años en la Alhambra fueron como siervo —dijo sin tapujos.

Reduán había labrado su carrera con tesón.

Llegó a Granada como esclavo. Había sido apresado de niño durante una razia en tierras de Calzada de Calatrava.

Fue destinado al servicio de los palacios, abrazó la fe islámica y logró medrar hasta convertirse en preceptor de Muhammad, el primogénito de Ismail I.

Desde entonces fue acumulando poder como general del ejército y visir, hasta llegar a convertirse en hayib —.

Viví muchos años apartado de ese ambiente —pronunció las palabras con lentitud, imprimiéndoles una intención—.

Tal vez el viejo Nadir te pueda ayudar. —Ibn al-Jatib frunció el ceño—.

Es de los Sarray, vive en el palacio de su banu .

Lo conoces, seguro, pero lleva tiempo alejado de la vida pública.

El visir hizo memoria y no tardó en recordarlo.

—Nadir, claro, el cadí. Iré a verlo mañana mismo.

—Hay otro asunto que debes saber, Lisan al-Din. La daga con la que esa mujer se mató contenía veneno en su hoja. Un físico la ha analizado.

—¿Qué veneno? —preguntó Ibn al-Jatib.

—Jugo de cicuta. Murió desangrada, pero el físico cree que un rasguño de la hoja la habría matado igualmente.

El visir meditó sobre esa información.

—Igual que habría matado a mawlana . No quería asumir riesgos. Preguntaré a los boticarios. —Negó con la cabeza y se llevó la mano a la frente—. A veces siento que la cabeza me va a estallar.

Reduán sonrió con suficiencia, como si reconociera esa sensación.

—Es el efecto del poder. Todos ven la cara amable del cargo, pero no los efectos de la responsabilidad.

Se pusieron en pie para despedirse, pero el visir de la Pluma recordó algo y abordó una última vez al hayib :

— Sidi , Muhammad V tiene en mente muchos proyectos.

Quiere ampliar y mejorar los palacios de su padre, quiere construir un nuevo palacio en el solar de su residencia, quiere una casa de recreo en el cerro del Sol, y poner en cultivo nuevas tierras allí con otras acequias.

Mi deber es estudiarlos y llevarlos a cabo durante su mandato.

Son proyectos de envergadura que requerirán años de trabajo, pero todos son aquí, en el entorno de la Alhambra.

Debemos recordarle la necesidad de llevar a cabo obras públicas. Tú mejor nadie sabes de lo que hablo.

Reduán había demostrado ser un gobernante preocupado por el pueblo y por la defensa del emirato. Había sido el principal promotor de la construcción de la cerca del Albaicín, de decenas de atalayas en la frontera e incluso de la propia madrasa en la que Ibn al-Jatib impartía sus clases.

—Soy consciente, visir. Muhammad es joven y lleva pocas semanas de mandato. Déjalo soñar. Ya llegará el momento de encauzar el tesoro hacia donde de verdad hace falta.

Ibn al-Jatib agachó la cabeza como señal de respeto, conforme con su opinión.

—La paz sea contigo.

El visir salió de la sala reconfortado. Tal vez Reduán no fuera solo un viejo arrogante y celoso de su poder.