Capítulo 22 #2
—Estamos bien protegidos, tranquilas. —Miró de reojo al guardia elche que había apostado en la puerta de la sala.
La viuda de Yusuf I intentó sonreír, pero el gesto quedó truncado en una mueca extraña. Mu’mina, sin previo aviso, arrancó a llorar y Muhammad se puso en pie.
—Ya está bien. —Lo dijo serio, pero sin alzar la voz—. Parece que estéis de luto.
Butayna lo miró fijamente y se calló un «lo estoy, por tu padre» que le nació en las entrañas.
—Hijo, vi a esa mujer tirada en el suelo con la daga clavada en el pecho a las puertas de esta casa. —La madre del emir se había encontrado con el cadáver cuando regresaba al palacio desde el hammam de Comares.
—Lo sé, lo sé. —Muhammad paseaba de un extremo a otro de la sala como un león enjaulado; su ansiedad era patente—.
Pero estoy cansado de todo esto, del miedo, de la reclusión, de no poder dar un paso sin tener a cinco guardias a mi alrededor.
—Se detuvo frente a su esposa y su madre—.
Necesito dar un paseo —dijo con firmeza—. Me ahogo aquí dentro.
Comenzó a caminar hacia la salida mientras su madre y su esposa lo llamaban y le suplicaban que se quedara con ellas.
Sin embargo, todo intento fue vano. El emir salió al jardín y, desde allí, buscó el pabellón del Partal.
Las mujeres se quedaron llorando en el palacio, pero Butayna pidió a los guardias que lo siguieran.
En las caballerizas del Partal, Muhammad se encontró con el general al-Assad, que en esos momentos dejaba su caballo.
— Mawlana , ¿adónde vas? —le preguntó con cautela tras percatarse de la ofuscación que dominaba sus facciones.
—A cabalgar —contestó el joven sin asomo de duda.
El emir pidió a un mozo que preparara su mejor montura mientras el visir de la Espada intentaba frenarlo. Una vez más, Muhammad desoyó las súplicas. En cuanto le trajeron su caballo, montó en él y, con pose orgullosa, se alejó al trote en dirección a la puerta de los Pozos.
—Maldita sea —masculló al-Assad, que volvió a montar y lo siguió—. ¡Que nos sigan cinco guardias! —ordenó mientras se esforzaba por dar alcance al emir.
Las calles de la medina alhambreña rebosaban de gente, por lo que el paso no fue fácil para los jinetes.
Muhammad salió solo del recinto y se dirigió hacia el cementerio del Barranco, lo atravesó y logró alcanzar el camino que remontaba el curso del río Genil manteniendo a sus perseguidores a cierta distancia.
El caballo de al-Assad, más fuerte que los de los guardias, se adelantó, pero tampoco fue capaz de alcanzar al del emir.
Muhammad había puesto su montura al galope y así la mantuvo mientras se alejaba de Granada.
Una placentera sensación de libertad recorría sus miembros, animándolo a llevar al animal al límite de sus fuerzas.
—¡Vamos, Zaíno! ¡Dame un poco más! —le gritaba mientras lo espoleaba.
El caballo boqueaba y había comenzado a sudar. El visir de la Espada le gritaba y procuraba medir la resistencia de su propio caballo, que ya daba signos de cansancio. «Lo va a reventar», se decía el hombre.
Avanzaron así varias leguas, forzando el paso en una carrera angustiosa.
Muhammad perdió la tela de su turbante, que cayó al borde del camino hecha un ovillo.
Era un buen jinete, el visir le había enseñado bien.
Sin embargo, no sabía demasiado sobre los animales y los cuidados que requerían.
Extenuado, su caballo relinchó, deceleró hasta ponerse al paso y, finalmente, se desplomó.
Muhammad lo había llevado al límite obligándolo a galopar durante tanto tiempo seguido.
El joven, ágil, se preparó para saltar antes de quedar atrapado en su caída.
Al-Assad pudo ver cómo se apartaba del pobre animal y rodaba por el suelo de tierra.
—¡No! —gritó con todas sus fuerzas.
Llegó a su lado y frenó su montura. Descabalgó de un salto y se acercó a la escena. El caballo había muerto por el esfuerzo y yacía tirado de costado. Al-Assad sudaba y respiraba excitado por la carrera.
—¡Maldito…! —Se contuvo. El emir, desde el suelo, lo observó asustado. Nunca lo había visto así—. ¡Caballo! —remató a tiempo, disimulando, descargando su ira sobre el pobre animal.
Apoyó las manos en sus rodillas doloridas y respiró sonoramente para recuperar la calma.
—¿Estás bien, mawlana ?
Muhammad se puso en pie. Tenía los zaragüelles de seda rotos y lucía varios desgarros en su túnica. También respiraba con agitación.
—Sí, creo.
Al-Assad lo agarró de un brazo y le obligó darse la vuelta varias veces para comprobar que no estaba herido de gravedad. Los guardias se acercaban y el visir alzó la mano para que se calmaran y les dejaran intimidad. Más sereno, dedicó al emir una sonrisa.
—Buena carrera, ¿eh? —le dijo entre resoplidos.
—Sí. La necesitaba —confesó Muhammad, reluciente en su agotamiento—. Soporto demasiada presión —añadió para justificarse.
El León de la Alpujarra dirigió la vista al animal.
—Lástima de caballo. Era de buena raza —comentó, pero no se atrevió a reprender al muchacho—. ¿Estás más tranquilo? —Muhammad asintió—. Bien. Volvamos a la Alhambra, monta conmigo.
El joven emir rio a carcajadas.
—Ni hablar. No me fío de ti. Que uno de esos se vuelva andando —dijo señalando a los guardias.
—Que no te fías de mí… —repitió el visir. Luego soltó una risotada.
Así, montado en el caballo de uno de los elches, regresó el emir a Granada. Por el camino, el general al-Assad aprovechó para darle consejos sobre cómo cuidar una buena montura.
—Te la voy a quitar un rato, que el sol le hará bien a las llagas.
Con sumo cuidado, Faray deslió la venda y dejó al descubierto el gemelo ulcerado. Limpió con agua fresca y jabón los restos secos del emplaste e hizo que el hombre se orientara de manera que los rayos del sol incidieran en las heridas.
—Manos santas —dijo el hombre a media voz—. Manos santas, manos santas… —repitió como si recitara una letanía.
Faray apoyó una mano en su hombro y se puso en pie para atender a otro. El santón se acercó a él y lo dirigió hacia una mujer que escupía sangre sobre el suelo.
—Dale agua con sal para que haga enjuagues —le dijo—. Faray —lo retuvo un instante antes de dejarlo marchar—, tienes un don para esto. Me alegra tenerte aquí.
El joven sonrió ampliamente y se dispuso a atender a la mujer.
Después de bandear por el barrio durante tantos años probando empleos en los que apenas duraba unas semanas, al fin sentía que había encontrado su sitio.
La cofradía lo había acogido en su seno, primero para calmar sus ansiedades, pero luego para integrarlo en su estructura como uno más de los cofrades.
Aunque no disponía de rábida, la cofradía funcionaba de una forma similar a la de esas instituciones.
Sus integrantes realizaban ejercicios físicos y meditaciones, de manera que mantenían sanos cuerpo y mente.
El santón al-Rahimi era un hombre severo, pero dispuesto a ayudar a quien lo necesitara.
Sus ideas eran calificadas por muchos como radicales, lo que le había supuesto algunas críticas y la vigilancia por parte de las autoridades, pero a él todo eso le daba igual.
«Solo sirvo a Alá, por Él hablo y a Él me debo», solía decir cuando, después de un sermón especialmente hiriente, sus más allegados se acercaban a él para advertirle que tuviera cuidado.
Faray parecía haberle caído en gracia. Al-Rahimi también se había criado sin padre, y también había perdido a su madre demasiado joven.
Se identificaba con aquel joven delgado y desorientado que no acababa de encontrar su lugar en el mundo.
«Aquí podrás prosperar», le dijo después de que cumpliera su primer año en la cofradía.
La institución no tenía más local que la propia casa del santón.
En ella solían hacerse algunas meditaciones, pero la mayoría de los encuentros, así como las labores de atención de enfermos y pobres, las llevaban a cabo a las afueras de la ciudad, en los campos aledaños a la puerta de Fajalauza.
Aquella mañana terminaron sus labores antes de lo habitual y los cofrades regresaron al interior del Albaicín. Faray caminaba junto al santón, que se apoyaba en su hombro para aliviar una leve cojera en su pierna derecha.
—Vamos a rezar a mi casa —le informó al-Rahimi—. ¿Te vienes?
—Hoy no voy a poder, sidi . Quiero llegar pronto a casa para ver a mi tía. Está en cama por un resfriado.
—Pobre Rasha… Dale un beso de mi parte. —Palmeó su hombro antes de soltarlo—. Haces bien, Faray. Antes de atender a los de fuera, debemos atender a los nuestros. La paz sea contigo.
Faray caminó resuelto por las calles del barrio.
Estaba contento. Aquel hombre hacía las veces de padre.
La cofradía lo alimentaba y lo costeaba con los donativos que los mendigos y los propios cofrades obtenían de las familias más pudientes de Granada.
Era una institución conocida, respetada e, incluso, temida por algunos órganos de poder de la ciudad.
Recordó el consejo de su maestro: «Acércate a los santones del barrio, busca su apoyo espiritual.
Ellos pueden ayudarte a calmar la mente y a hallarle un sentido a tu vida».
Al principio lo entendió como un rechazo, una manera de sacudirse las constantes visitas del muchacho a su casa.
Pero ahora comprendía que ese era el camino que debía haber tomado muchos años atrás.
Él siempre había sido diferente a los demás, una tesela que no encajaba en el mosaico general.
Pensaba que tenía un problema y que por eso todos lo rechazaban.
Sin embargo, al-Rahimi le había enseñado a comprender que su diferencia era un don del Altísimo, que Alá contaba con él para desarrollar una obra trascendental…