El elegido Capítulo 22
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Capítulo 22

Cuando el niño agarró el brazo y lo alzó, el codo se dobló e hizo oscilar el antebrazo con movimientos pendulares.

El miembro goteaba sangre por el extremo por el que lo habían cercenado.

El pequeño lo llevó con dificultad hasta el cuerpo, que permanecía tumbado bocabajo en el centro de la sala.

Depositó el brazo en el suelo junto al hombro sanguinolento y empujó brevemente para unirlos.

—No se pueden volver a unir —le dijo Ibn al-Jatib.

Sin embargo, cuando el miembro se acercó al torso, una extraña fuerza lo atrajo a él y pareció sellarlo a su origen.

Un breve espasmo sacudió el cuerpo entero, y enseguida el guardia recuperó el hálito de la vida y se puso en pie.

Comprobó que podía mover el brazo y comenzó a caminar hacia la salida de la vivienda.

Ibn al-Jatib, aterrado, se apartó de su camino.

—Pero ¿cómo lo has hecho? —le preguntó al chiquillo.

—No he sido yo, ha sido la baraka —contestó este.

La luz que entraba por las ventanas aumentó en intensidad y la sala adquirió un aura de irrealidad que hizo que Ibn al-Jatib se tambaleara.

—¿Cómo te llamas?

El niño lo miró con expresión divertida.

—Ya lo sabes.

—Faray… —pronunció el visir, y el eco de su propia voz le hizo despertarse.

Se levantó de la cama empapado en sudor.

La primera claridad del día asomaba por la sierra nevada.

Pronto los muecines del arrabal recitaron el llamado a la oración y Lisan al-Din cumplió con el ritual en el madjlis de su casa.

En su oración se acordó de Yusuf I, el emir amigo, y de su hijo Muhammad V: «Trata bien al padre en tu Paraíso y cuida del hijo para que pueda servirte durante muchos años».

Luego desayunó en soledad y se preparó para salir hacia la Alhambra.

Iqbal seguía dormida; había pasado mala noche.

El suicidio de la Amapola del valle había impactado en su conciencia y le había demostrado que la amenaza que sobrevolaba la colina de la Sabika estaba cerca de su propia familia.

«Nadie nos ha atacado, esposa», le había dicho Ibn al-Jatib para calmarla, pero Iqbal no paraba de insistir en que había tenido a dos pasos a aquella mujer en el baño de Comares.

Secretamente, había otro motivo para sus desvelos.

El recuerdo de al-Baaz, su voz lastimera suplicando amor, no se apartaba de su mente.

Sentía que el corazón le latía en diferentes direcciones, y eso le producía una profunda ansiedad.

El visir fue al establo y le pidió al mozo que preparara su montura.

Desde allí escuchó voces, gritos de alarma y aullidos de terror que provenían de la calle.

Tomó su espada jineta y salió al exterior.

Los sonidos provenían de la mezquita de la Explanada.

Hacia ella se encaminó y enseguida vio a los primeros vecinos, que comentaban y hacían aspavientos en un corrillo desordenado.

Al verlo aparecer, todos se apartaron y abrieron un estrecho pasillo a través del cual Ibn al-Jatib pudo contemplar el motivo de su agitación.

Un guardia yacía tumbado bocarriba sobre un charco de sangre. Lo habían degollado. Vio también restos de sangre en el muro de la mezquita, así como un rastro de dedos que indicaba el punto exacto en el que había sido atacado.

—Apartaos, que nadie lo toque —ordenó el visir de la Pluma.

De otros puntos del arrabal llegaban los ecos de otras voces, que saturaron la brisa del amanecer con su horror y su angustia.

Más vecinos del Albaicín salieron de sus casas y la calle comenzó a llenarse de curiosos.

Un guardia irrumpió a la carrera entre todos ellos e Ibn al-Jatib lo interceptó.

El guardia lo reconoció y se dirigió a él.

— Sidi . —Le costaba hablar, la carrera y los nervios hacían que le faltara el aire—. Hay otros más abajo.

—¿Cuántos?

—Tres. Cuatro, tal vez.

La gente a su alrededor comenzó a soltar exclamaciones y las matronas agarraron sus amuletos para besarlos. «Alá nos proteja», se escuchó en boca de decenas de albaicineros.

—¿Habéis informado al visir de la Espada? —preguntó Ibn al-Jatib.

—El aviso debe estar llegando ahora mismo a la Alhambra.

—Bien, bien. Procura que no lo toque nadie. Registradlo todo, interrogad a los vecinos por si alguien ha visto algo.

Después de dar aquellas sencillas instrucciones, se retiró. Recordó su sueño y se preguntó si podría guardar alguna relación con lo ocurrido esa mañana. Tomó su caballo y partió hacia la Alhambra. Las calles se habían convertido en hervideros de gente furiosa y asustada.

«Debes de estar muy enfadado…», pensó. «Y cuando alguien se enfada, pierde la razón y comete errores».

Al-Assad se sentó en una jamuga frente a Maryam.

La Gacela blanca lo había invitado a entrar en su residencia.

El visir había acudido solo, demostrando así que la investigación que iba a llevar a cabo no era más que un trámite.

Aún recordaba la reprimenda de Reduán a Ibn al-Jatib tras su interrogatorio.

—Ya veo que no apartas la sospecha de mí, general —le dijo la mujer para iniciar la conversación.

—Sabes que esto es necesario —respondió él, cortante—. Conocías a esa mujer. —Maryam calló, consciente de que tenía razón—. Háblame de ella y de vuestra relación.

—La Amapola era amiga de mi madre. Se visitaban a menudo, y yo a veces iba con ellas. Yo era una cría entonces. No sabía mucho sobre ella.

—¿Con quién se relacionaba? ¿A qué se dedicaba?

—Ya sabes lo que era Rasha. ¿Necesitas que te lo diga? —Era incapaz de abandonar esos aires de suficiencia—. No sé con quién andaba, pero debe de haber alguien en la Sabika que la conozca de aquellos años.

Al-Assad tomó nota mental de ese último dato. Tendría que interrogar a los cortesanos más viejos de la Alhambra.

—¿Por qué vino?

La Gacela se puso seria.

—Me avisó de que quería visitarme y pasear por la Alhambra, como en los viejos tiempos.

No vi nada malo en ello. Yo misma organicé la reunión de mujeres en el hammam .

—El visir clavó su mirada fiera en sus ojos; sin embargo, ella no se amilanó—.

Creo que hay pruebas suficientes para sospechar de alguien fuera de esta colina.

Rasha llevaba muchos años viviendo fuera de aquí.

Tal vez estés buscando en el lugar equivocado.

—Yo busco donde considero más conveniente.

Ha muerto una mujer que pretendía atentar contra mawlana .

No lo olvides. Necesito toda la información posible.

Tampoco olvides otra cosa: aunque no pueda culparte abiertamente, si llego a tener la más mínima duda de que estás detrás de todo esto, iré contra ti.

Se sostuvieron la mirada.

—Mi hijo sigue en Guadix. ¿También sospechas de él?

Al-Assad no respondió. Se puso en pie y se marchó sin despedirse. Esa mujer conseguía sacarlo de quicio; no estaba acostumbrado a que cuestionaran su autoridad, y menos alguien como ella.

Dentro de la sala, la Gacela se irguió y respiró profundamente. Aunque había conseguido disimularlo, tampoco había sido agradable para ella.

Cuando Ibn al-Jatib atravesó la puerta de las Armas, se encontró con al-Assad a la entrada de la alcazaba. El enfado seguía presente en sus facciones. Los dos visires se saludaron y se pusieron al día. El de la Espada informó a su amigo sobre el interrogatorio a la Gacela.

—Lo único que he podido sacar en claro es que debemos hablar con los viejos de la Alhambra.

—Podemos empezar por Reduán —propuso Ibn al-Jatib.

Luego fue el de la Pluma el que tomó el testigo para informar al otro sobre lo que había visto en el Albaicín. El general ya había sido informado y había despachado a varios capitanes para poner orden en el barrio y hacer averiguaciones.

—Cerca de mi casa había uno, degollado —relató Lisan al-Din—. Por el camino me he encontrado con otro. A este lo habían apuñalado con saña. Tenía el rostro desfigurado.

—Obra de locos —comentó el León de la Alpujarra.

Ibn al-Jatib asintió a sus palabras, convencido sobre quiénes habían llevado a cabo esos ataques. Le explicó lo que había averiguado sobre Rasha y su relación con el sospechoso. Ya no tenía sentido ocultarlo.

—No confías en mí —se quejó al-Assad.

—No es eso, amigo. No quería que bajaras la guardia con Maryam y el sayj .

—¿Crees que soy estúpido? Aunque no estén detrás de esto, ¿piensas que voy a dejar de vigilarlos? Tarde o temprano darán problemas…

—Lo sé. —Miró a su amigo a los ojos y retomó la cuestión que más le preocupaba—. ¿Crees que, si no la hubiera parado, habría llegado hasta Muhammad?

Al-Assad chasqueó la lengua.

—Solo el Altísimo lo sabe. Los guardias de la puerta insisten en que no la iban a dejar entrar en el jardín, pero… ¿quién sabe? Podría haber buscado otra manera, saltando la tapia, por ejemplo.

—Se conservaba bien, pero no la imagino saltando una tapia.

—Ibn al-Jatib sonrió, y ese leve gesto pareció aliviar su ansiedad—.

Estás haciendo un buen trabajo protegiendo la casa del emir.

—Palmeó el hombro de su amigo, que se pavoneó alzando el mentón—.

Ahora lo que me preocupa es el día de la aclamación.

Está demasiado cerca, y ahí mawlana estará expuesto.

Tengo que encontrar a ese hombre cuanto antes.

—No te preocupes, estaremos preparados para garantizar la seguridad de mawlana si llega el día y no hemos cazado a ese loco.

Ibn al-Jatib volvió a palmearle el hombro y sonrió a modo de respuesta.

«Sí me preocupo», se dijo.

La ceremonia de aclamación se llevaría a cabo en la explanada de la puerta de los Pozos y cualquier granadino podría asistir al evento para legitimar con su voz el nombramiento del nuevo emir.

«Faray utiliza a dementes como peones, pero él no es ningún loco», añadió mentalmente mientras se encaminaba hacia el Mexuar.

Las manos de Butayna temblaban al depositar su vaso de agua sobre la mesa de taracea. Mu’mina tenía los ojos rojos e hinchados, señales de un llanto reciente. Muhammad, frente a ellas, intentaba calmarlas.