Capítulo 21 #2
Sus palabras, duras, se clavaron en el pecho del hombre, que detuvo la marcha y la observó mientras accedía al patio de la Secretaría. Al-Baaz sintió que lo sacudía un dolor impreciso y, en un impulso, apretó con fuerza el pañuelo que llevaba atado a la muñeca.
Iqbal penetró en el patio y se dirigió apresurada al pequeño oratorio que había en uno de sus extremos.
Una vez estuvo al abrigo de sus muros, cayó de rodillas sobre las esteras y rompió a llorar.
Agarró el amuleto que colgaba de su cuello y musitó una oración: «Líbrame de este amor, Tú, que todo lo puedes».
Aguardó varios minutos hasta que pudo recomponerse.
Luego salió y fue al encuentro de su marido.
Lo encontró en su despacho, afanado en unos planos del palacio de Ismail I, la actual residencia del emir.
La mujer se acercó a su mesa y se sentó en un almohadón.
Ibn al-Jatib le explicó someramente los proyectos de Muhammad V para esa zona de los palacios.
—A partir de los baños de Comares todo debería ser derruido para construir el nuevo palacio.
—¿Ya? —preguntó Iqbal, sorprendida.
—No, todavía no. Pero conozco las voluntades de los emires. Cuando una idea cala en sus mentes, no se detienen hasta llevarla a cabo. —Soltó el plano—. Cuando sugieren algo, el visir tiene que ponerse manos a la obra. ¿Qué tal en el hammam ?
—Bien. El encuentro se ha organizado para recibir a una mujer que ha venido de visita. Una vieja cortesana de los tiempos de Ismail I.
Ibn al-Jatib centró toda su atención en ella.
—¿Cómo se llama?
—La llaman Amapola del valle. Nombre de flor… Ya sabes lo que sería. —Iqbal soltó una risita.
—¿No sabes su verdadero nombre? —Iqbal negó con la cabeza—. ¿Y su edad?
—Unos sesenta, pero se conserva bien.
El visir se puso en pie y le pidió a su esposa que lo esperara allí.
—¿Qué pasa?
—Nada, no te preocupes. Seguramente no tiene importancia, pero debo comprobar algo.
Salió de su despacho solo y atravesó los patios del Mexuar hasta acceder a Comares. Las mujeres se habían arremolinado a las puertas del hammam . El hombre irrumpió entre ellas buscando un rostro desconocido.
—¿Dónde está esa mujer? —preguntó sin ocultar su nerviosismo.
—¿Te refieres a la Amapola? —preguntó Maryam, la Gacela—. Acaba de irse. Quiere pasear por la Alhambra para recordar viejos tiempos. ¿Ocurre algo? —La mujer se había dado cuenta del estado del visir.
—¿Sabes su verdadero nombre?
—Todos la conocían como la Amapola del valle, pero su nombre es Rasha.
Como animado por un extraño resorte, Ibn al-Jatib soltó una maldición y echó a correr hacia el palacio del emir.
—¡Guardias! ¡Seguidme!
Al instante, tres de los elches que custodiaban el patio del palacio de Comares corrieron tras él.
Salieron a los jardines anexos al palacio, pero no vieron a la mujer.
Ibn al-Jatib les explicó a quién buscaba y los guardias se dividieron para recorrer los alrededores.
Con uno de ellos el visir accedió a la calle Baja del Emir.
Allí, a la entrada de la residencia emiral, vieron a una mujer que hablaba con otros guardias.
—¡No la dejéis entrar! —gritó Lisan al-Din. Rasha vio correr hacia ella al visir y al guardia y se apartó de la puerta—. ¡Prendedla!
La mujer hizo el amago de echar a correr, pero enseguida se percató de que tenía la batalla perdida, de modo que se giró y encaró a los hombres.
Extrajo una daga de entre sus ropajes y colocó la hoja delante de su pecho, a la altura del corazón.
Su brazo temblaba. Ibn al-Jatib se detuvo y ordenó a los guardias que no se movieran.
La necesitaba viva, no podía permitirse el lujo de dejar que muriera. Solo ella podía conducirlo hasta Faray.
—Deja el arma y ven con nosotros, Rasha. Solo queremos hablar contigo, saber por qué… —No hizo falta que diera más detalles. Al escuchar su nombre, la vieja cortesana acercó la punta de la daga a su túnica—. ¿Dónde está Faray? —preguntó el visir con cautela a la vez que daba un paso hacia ella.
—¡Quieto! —gritó la mujer. De sus ojos enrojecidos comenzaron a brotar lágrimas—. Aquí termina mi viaje.
—No es necesario, puedes hablar conmigo —intervino Ibn al-Jatib.
Rasha negó lentamente.
—Amina, pobre hermana mía. Te he fallado, pero tu hijo te vengará.
Cerró los ojos. La daga se alejó un instante de su pecho.
—¡No! ¡Espera!
El visir echó a correr, pero llegó tarde. La daga se hundió entre sus costillas, cerca del corazón. Rasha abrió los ojos y la boca, pero no pudo gritar. Cayó de rodillas al suelo, sacudida por estertores. La sangre comenzó a manchar su túnica.
Lisan al-Din llegó a ella y la cogió por los hombros. Observó la daga clavada en su pecho hasta la empuñadura y supo que no podría salvarla.
—¿Por qué? ¿Qué buscáis con esto? —preguntó desesperado.
La mujer lo miró a los ojos y pareció encontrar consuelo en su desesperación.
Esbozó una sonrisa y se dejó morir en sus brazos.
Ibn al-Jatib la depositó en el suelo y se puso en pie.
Su ropa estaba empapada de la sangre de Rasha.
Caminó titubeante hacia el Mexuar. El guardia que lo había acompañado lo siguió, pero el visir manoteó el aire para ordenarle que lo dejara solo.
«Alá te maldiga, Faray», farfulló. «Esta muerte te escocerá», pensó después.
La tercera vez que Faray llamó a la puerta, la esposa del maestro la abrió con desgana. Observó al muchacho con sus hermosos ojos negros y arrugó la boca antes de hablar.
—¿Qué quieres? —le preguntó con sequedad.
—Quiero hablar con mi maestro.
La mujer aguardó unos segundos antes de dejarlo entrar.
—Está en el patio. Sé breve, estamos a punto de almorzar. —En su voz se adivinaba su fastidio por la visita del joven.
Faray accedió al patio de la vivienda y se encontró con el maestro sentado al sol, al borde de una galería porticada. Se saludaron y el joven se sentó en una banqueta frente a él.
—Tú me dirás —demandó el hombre. Desde el otro extremo del patio, aprovechando que Faray no podía verla, la esposa le hizo señas para pedirle que lo despachara pronto.
— Sidi , quería ahondar en lo que hablamos la última vez…
—Anteayer —precisó el maestro.
—¿Hay algo que podamos hacer para cambiar la suerte que nos ha tocado? ¿Podemos torcer nuestro destino, atraer la baraka?
El hombre respiró profundamente y se rebulló en su asiento.
—Lo hemos hablado muchas veces. La suerte no te ha sonreído demasiado en los últimos años, pero eso puede cambiar cualquier día. No creo en supersticiones, en amuletos ni nada por el estilo. El azar no es manipulable, salvo por Alá.
—Entonces, Alá está detrás de mi suerte…
—Alá está detrás de todo, pero esto es algo diferente.
—Meditó sobre el concepto—. Dios nos deja vivir en libertad, pero nos da unas normas de conducta y, en función de lo que hacemos, reparte entre nosotros su baraka.
Así, dependiendo de nuestras decisiones, nuestra vida va por un camino u otro.
Sin embargo, no siempre que tomamos buenas decisiones obtenemos el resultado esperado.
—La mirada del maestro se encendió de repente, como si hubiera encontrado la metáfora adecuada—.
Imagina que hay dos caminos posibles, uno con muchas piedras y otro con pocas.
Es posible que tomes el que tiene muchas y no tropieces, y que tomes el que tiene pocas y caigas en la primera piedra.
El azar es algo que tener en cuenta, porque en la vida hay probabilidades, pero también suerte.
Es más probable que tropieces en el camino pedregoso, pero que tomes este no garantiza que te vayas a caer. ¿Me entiendes?
Faray se detuvo a pensar en el planteamiento, pero, en lugar de contestar, formuló otra pregunta:
—Y la probabilidad de la que hablas, ¿depende de nuestra moral, de cómo seamos?
El maestro suspiró sonoramente.
—Faray, no te castigues más. Lo que os haya podido pasar no es culpa tuya, ni de tu madre.
No es un castigo por algo que hayáis hecho.
Es solo mala suerte, y contra eso no puedes hacer nada.
Has perdido a tu madre, y sé lo doloroso que es para ti, pero tienes veinte años.
No puedes pasarte la vida llorándola. Céntrate en lo positivo, sigues teniendo a tu lado a tu tía Rasha, que ahora es como una madre para ti.
—Apoyó una mano en su hombro derecho—. Muchacho, levántate, vive, cásate, que ya es hora, y forma una familia.
El joven agachó la cabeza y miró al suelo. Uno de los jilgueros que el maestro tenía enjaulados en el patio comenzó a trinar. La mujer se asomó desde la cocina y urgió a su esposo a terminar la reunión.
—Escúchame —retomó la palabra, y Faray lo miró a los ojos—.
Durante estos años te he recibido en mi casa; sabes que mis puertas siempre están abiertas para ti.
Pero tal vez ha llegado el momento de buscar otro tipo de ayuda.
Si aceptas mi consejo, acércate a los santones del barrio, busca su apoyo espiritual.
Ellos pueden ayudarte a calmar la mente y a hallarle un sentido a tu vida.
Faray procesó su sugerencia y sonrió. Se había dado cuenta de que lo estaba despachando.
—Tienes razón, maestro. Es hora de buscar consuelo espiritual. Durante estos años has sido como el padre que nunca he conocido. Gracias, sidi , por todo.
Se despidió de él y salió de la casa. El hombre permaneció en su asiento, recibiendo los rayos del sol otoñal. Su esposa se le acercó para avisarle de que la comida estaba servida en el madjlis .
—¿Cómo ha ido? —le preguntó.
—No volverá —respondió el maestro intentando disimular su congoja.