Capítulo 21
El diwan amaneció conmocionado por la noticia.
Los secretarios y auxiliares comentaban el arresto de Ahmed, que seguía encerrado en uno de los pozos de la Alhambra.
Ibn Zamrak acudió a su puesto, pero lucía desmejorado por la ansiedad.
Estaba demacrado y tenía ojeras. Un tic nervioso agitaba su ojo izquierdo.
En cuanto Ibn al-Jatib apareció por la puerta, los funcionarios se congregaron en torno a él.
—Tranquilos. Tan pronto como sepa algo más, os informaré. Todo lo que sé es lo que ya sabéis vosotros: Ahmed está arrestado. Ahora volved al trabajo.
Todos se dispersaron, salvo Ibn Zamrak, que le pidió al visir un encuentro privado. Lisan al-Din lo llevó al patio.
— Sidi , hay que interceder por Ahmed. —En la voz del poeta había un rastro de desesperación—. No podemos dejarlo solo en esto.
—Tranquilo, katib . Estaré al tanto de todo.
—Por favor, sidi . —Ibn Zamrak agarró su túnica y comenzó a llorar—. No lo dejes.
El visir lo observó detenidamente. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas y su boca temblaba. Comprendió entonces quién era el otro hombre, el que había huido por una ventana antes de que el guardia entrara en la Secretaría.
—Cómo puedes ser tan estúpido… —le espetó a la cara. El otro soltó la túnica y lloró con más intensidad—. Eras tú, maldito imbécil. Te traigo a mi diwan , te doy una casa en la Alhambra y lo arriesgas todo así… —Negó con la cabeza.
—Por favor, no… Yo… No… —Era incapaz de responder.
—¿Crees que voy a delatarte? —preguntó Ibn al-Jatib con desprecio—. No lo haré. Pero no me pidas que salve a tu amante.
El pecho del secretario se inflamaba rítmicamente. Abrió la boca todo lo que pudo, como si le faltara el aire.
—No puede morir —balbuceó.
—No morirá. —El visir tenía el semblante serio—.
No hubo penetración. —La última palabra pareció escupirla—.
No voy a juzgaros, solo Dios puede hacerlo.
—Suspiró y apartó la mirada hacia la puerta del diwan , desde donde dos secretarios los observaban—.
Hacen falta cuatro testigos para una condena a muerte y solo tienen a dos.
—Antes de que Ibn Zamrak preguntara, continuó—: Cuando la noticia ha corrido, ha salido otro testigo dispuesto a declarar.
Lo vio hace meses besando a otro hombre.
—Esas palabras hirieron al poeta—. Lo condenarán a recibir unos cuantos latigazos, y a la vergüenza pública.
No podrá seguir trabajando para mí y tendrá que marcharse de la Alhambra.
No puedo hacer nada más por él. Es un hombre casado y espera un hijo de su esposa.
Que Alá lo perdone si lo estima conveniente.
Y tú —lo señaló— recomponte antes de volver ahí dentro, y apártate de ese camino para siempre.
Atiende a tu esposa y olvídate de él. Estúpido…
—le soltó una vez más, visiblemente enfadado, y se retiró a su despacho.
Ibn Zamrak se quedó solo en el patio durante varios minutos.
Se recompuso, como le había pedido el visir que hiciera.
Enjugó sus lágrimas y sus pulmones parecieron abrirse de nuevo.
«Seguirá vivo», se dijo esperanzado. «Pero lejos», añadió en su mente, como si una sombra atravesara su esperanza.
Contempló los jardines del patio y el edificio elegante del diwan .
Desde su origen humilde como hijo de un mulero, había conseguido llegar hasta el mismo corazón del emirato.
Recordó las palabras de Ibn al-Jatib, agrias pero certeras.
No podía arriesgarlo todo. Había aprendido a abrir su corazón a su verdadera naturaleza, pero aquello amenazaba su nuevo estatus.
Amor y ambición pugnaban en su interior.
«No estamos hechos para este mundo», le había dicho el propio Ahmed en una ocasión.
«Estúpido». Con rencor, recordó el insulto de su maestro.
Respiró profundamente y se dispuso a volver a la Secretaría.
«Vivo en un mundo extraño que no me acepta como realmente soy, pero llegaré a su cima, y allí poco importará cómo sea».
Finalmente, la ambición ganó la batalla.
El vapor se fue disipando lentamente y su calor húmedo dio paso a una sensación momentánea de frescor.
Las mujeres sudaban y sus futas estaban empapadas.
Habían dispuesto bancos de madera por toda la sala y las bañistas se habían repartido por ellos según sus afinidades e intereses.
Como venía siendo habitual, las dos viudas de Yusuf I se sentaron la una frente a la otra.
Mu’mina se había situado entre su suegra y su amiga Iqbal.
Aisha, la hermana menor de Muhammad V, se sentó al otro lado de Butayna.
La Gacela blanca miraba sin disimulo a Iqbal, con una sonrisa perenne en los labios.
La esposa de Ibn al-Jatib la eludía y, a pesar del desgarro que hería su corazón, se esmeraba en no manifestar públicamente su dolor.
—¿Quién es la mujer que esperamos? —preguntó Mu’mina.
—La Amapola del valle —respondió Butayna—. Una vieja cortesana. Mandó recado a la Gacela para avisar de que venía a visitarnos.
—¿La conoces?
La madre del emir negó con la cabeza.
—Estuvo en la corte antes de que yo llegara.
—Butayna había sido una esclava cristiana regalada al emir y luego liberada para convertirse en la primera esposa de Yusuf—.
La Amapola fue amiga de la madre de la Gacela.
Por eso la conoce. Ha sido ella la que ha organizado este encuentro.
—Señaló con la cabeza a su rival, que se pavoneaba con sus amigas.
Escucharon ruido que provenía del vestíbulo. Las sirvientas del baño recibían a la mujer. Poco después apareció en la sala templada del baño de Comares con una bandeja de pastelillos en las manos.
—¡Todavía me dejan entrar en la Alhambra! —gritó nada más irrumpir entre las mujeres. Recorrió el grupo con la vista, pero solo conoció a la hija de su vieja amiga.
—Siempre habrá un sitio para ti en la Sabika —la saludó la Gacela, que se había puesto en pie y caminaba hacia ella para abrazarla—. Espero que vengas más a vernos.
—Ay, Maryam —sollozó la Amapola—. Mírate, eres igualita a tu madre. Qué pena que se nos fuera tan pronto…
La Gacela blanca se apartó de su lado y la tomó de la mano para presentarla al resto.
—Aquí la tenéis, igual de fresca que siempre. Ahí donde la veis, esta amapola del valle llevó a la perdición a más de un hombre…
—¡Y a más de diez! —añadió la aludida, soltando después una carcajada.
—Bienvenida a tu casa —le dijo Maryam, y el resto de las mujeres la secundaron.
La mujer se sentó en un banco libre y ofreció sus pastelillos. «Los he hecho yo misma», anunció. Las demás los probaron y alabaron su sabor. Rondaba los sesenta años, pero conservaba el atractivo de su juventud. Observó la sala con detenimiento.
—En mis tiempos estuve en muchos baños de la Alhambra, pero ninguno como este. —Seguía maravillándose con el espacio, los zócalos de azulejos que simulaban ondas acuáticas, los suelos de mármol y los juegos de luces rojizas de las lucernas.
—Háblanos de aquellos años, Amapola —solicitó la Gacela.
—Uy, aquellos años… Tengo para aburriros, ¡o no veis lo vieja que soy!
—Las mujeres rieron. Se las había ganado.
Perdió la vista en las lumbreras y buscó los ecos de otra vida—.
Aquí viví la revuelta de Ismail. Oíamos las noticias que venían de Málaga, el ejército que marchaba hacia Granada, creciendo día a día para derrocar al emir Nasr. Ismail I de Granada, la esperanza de un nuevo gobierno, un cambio en la dinastía.
—Ismail cambió la rama dinástica de Ibn al-Ahmar por la de su hermano—.
En la Alhambra fue muy bien recibido. Fueron tiempos muy…
divertidos —remató con una sonrisa pícara.
—Ahí quería yo llegar… —dijo Maryam.
—Ya lo sabía yo… ¿Por qué te iba a interesar a ti la historia de Granada?
—Se golpeó los muslos con las palmas de las manos y soltó una breve risotada—.
Hubo fiestas como nunca antes se habían visto en la Sabika, la corte se engalanaba a diario y los poetas, los músicos y los artistas florecieron como las margaritas en el campo.
—Afiló la mirada y recorrió los rostros de todas las mujeres—.
Tuve encuentros con más de un cortesano, y sufrí los celos de más de una esposa.
—Explotó en carcajadas. Mu’mina se puso tensa, no le gustaba la deriva de la conversación—.
Aunque no lo creáis, en mis años tenía buen cuerpo, y mis ojos no tenían estas arrugas. —Se estiró las patas de gallo.
—Ya quisiéramos nosotras llegar a tu edad en tus mismas condiciones, Amapola.
La mujer agachó la cabeza levemente y sonrió para agradecer el cumplido de la Gacela. Luego continuó con sus relatos de aquellos tiempos de fiestas e intrigas, cautivando a su audiencia con anécdotas picantes y descripciones exhaustivas de su pasado cortesano.
—Fueron buenos años, sí —dijo para terminar—. Pero acabé cansada. Por eso me fui. Me aparté de la corte hace muchos años. La vida tranquila también tiene sus ventajas.
—Vuelve cuando quieras —la invitó la Gacela.
—Eres bienvenida —añadió Butayna por cortesía.
La reunión terminaba e Iqbal fue la primera en marcharse.
Había quedado con su esposo en la Secretaría para hacer juntos el camino de vuelta a casa.
A la salida de los baños se encontró con al-Baaz, quien, una vez más, hacía guardia en torno a las mujeres de la corte.
Iqbal lo saludó y echó a andar hacia el Mexuar. El guardia la acompañó.
—¿Has pensado en lo que te dije? —Al-Baaz lucía ojeras. Ante el silencio de la mujer, insistió—: No puedo controlar lo que siento, y se hace más grande cada día. —Iqbal apretó el paso, pero el guardia la siguió—. Dime algo, al menos respóndeme.
La mujer respondió sin detenerse ni mirarlo a los ojos.
—Déjame, no insistas. Ha sido bonito encontrarte después de tantos años, retomar nuestra amistad, pero no puede haber nada más entre nosotros. —Su voz sonaba áspera—. Refúgiate en tu esposa y olvídate de fantasías.