Capítulo 20
El agua rebosaba su recipiente, pero no se desbordaba.
Doce leones la recibían y la derramaban por sus bocas.
Todos los animales eran diferentes y sostenían la taza sobre sus lomos.
El conjunto era de mármol blanco, reluciente, tan brillante que, cuando el sol incidía en él, deslumbraba.
Presidía un patio que estaba partido en cuatro jardines por sendos ríos.
Agua, leche, vino y miel. Eran los ríos del Paraíso, y todos desembocaban en la fuente.
Alrededor de los jardines había palmeras que le daban al patio la apariencia de un oasis.
El sonido del agua dominaba el espacio. Muhammad caminaba entre los parterres, tocaba el agua en los canales y se refrescaba las mejillas con ella.
Sentía que estaba en su casa. Ese era su hogar, el que planeaba construir para sustituir al palacio de su abuelo en el que ahora residía.
Se sentó en el suelo delante de uno de los leones.
Un gorrión sobrevolaba el patio y acabó posándose en el borde de la fuente para beber agua.
Muhammad rio con ganas, espantando al pajarillo…
El emir se despertó riendo. Mu’mina, que dormía a su lado, se sobresaltó. Muhammad V había tomado la costumbre de acoger a su esposa en su lecho durante toda la noche.
—¿Qué te pasa, primo? —Así lo llamaba en la intimidad.
El joven se incorporó y la miró fijamente con la ilusión reflejada en sus ojos.
—He visto nuestra casa en sueños.
—¿La del cerro?
—No, la que voy a construir para nosotros aquí mismo —repuso con seguridad.
Esa mañana, el emir se reunió con su visir de la Pluma.
Ibn al-Jatib llegó a la Alhambra temprano.
El rey Pedro había partido al alba hacia Alcalá la Real.
Antes de acudir a la llamada de Muhammad V, el visir informó a Reduán sobre el resultado del encuentro en su almunia.
El hayib se mostró contento, pero suspicaz.
«Potencia esa relación, pero ándate con cuidado, no te excedas en tus funciones», le advirtió.
«Ante cualquier duda, consúltame primero».
Reduán no quería perder su papel preeminente en el gobierno del emirato.
El interés del rey castellano por Ibn al-Jatib parecía amenazar su posición.
Lisan al-Din y el emir se vieron en los jardines del palacio de Ismail I.
—Quiero hablarte sobre mi proyecto de palacio —le dijo Muhammad—. He soñado con él, lo tengo aquí. —Se tocó la frente.
—Me encantaría saber la idea que tienes, mawlana .
El joven emir describió la imagen onírica de la fuente de mármol níveo rodeada de ríos, jardines y palmeras.
Ibn al-Jatib asentía en silencio con expresión grave.
Estaba acostumbrado a recibir encargos de aquel tipo, de modo que su mente procesaba la información y trabajaba en la viabilidad del proyecto.
Cuando acabó de escuchar el relato, expresó su opinión:
—Es posible. Difícil pero posible. Ya hay leones como surtidores en el patio del Mexuar…
Para que no desborde la fuente habría que instalar un mecanismo de desagüe alto en el centro de la taza.
Solo habría que construir el sistema de conductos para llevar el agua a cada león.
Cañerías de plomo, por ejemplo. —Entornó los ojos, valorativo—.
Todo lo demás es sencillo. Parterres, cuatro canales con cuatro fuentes, las palmeras…
Podríamos tallar representaciones de palmeras.
Columnas con arcos entre ellas que podrían parecerse a sus hojas.
—Sabía que tú podrías convertirlo en realidad.
— Mawlana , yo puedo participar en el diseño, pero corresponde a arquitectos y artesanos las cuestiones técnicas y la ejecución.
Muhammad quedó satisfecho con aquella primera aproximación y animó a su visir a pasear por los jardines. Los limoneros y naranjos mostraban ya sus frutos incipientes, y sus olores cítricos invadían todo el jardín.
—He pensado en el maristán —dijo el emir.
Lisan al-Din había insistido en su conveniencia durante los últimos días—.
Tienes razón, Granada lo necesita. También sé que Málaga necesita unas atarazanas apropiadas.
Ha llegado un informe del wali . —Se detuvo a la sombra de un gran granado y miró a su viejo instructor—.
Atenderé a todos los asuntos importantes del emirato.
Ibn al-Jatib se irguió antes de responderle.
—No me cabía duda, mawlana . Haces que me sienta orgulloso del que fue mi alumno.
—Pero todo en su momento, visir. —El muchacho rio con ganas—. No llego a tres semanas como emir.
—Te entiendo. —Secundó su risa—. Pero está bien tener claras las prioridades para irlas abordando en los años venideros —y pronunció un viejo dicho granadino—: Cada escalón cuenta…
—… cuando pretendes llegar a la segunda planta —remató Muhammad—. A mi padre le gustaba ese refrán.
Su semblante se oscureció. Ibn al-Jatib suspiró.
—Tu padre fue el mejor hombre de su tiempo. —Miró al joven con intensidad—. Solo tú serás capaz de igualarlo, e incluso de superarlo.
No tenían nada más que tratar y Lisan al-Din se retiró a la Secretaría.
Su mente lo castigó con el recuerdo de la muerte de Yusuf I.
El cuchillo hundiéndose en su pecho, la sangre regando el camino hasta Comares, su mirada apagándose mientras se desangraba en su nuevo palacio…
Luego pudo percibir el olor de la hoguera donde el pueblo quemó los restos de su asesino.
«Faray… Ahora sé que fuiste tú quien lo dispuso».
A media tarde se retiraron la mayoría de los secretarios y auxiliares.
El diwan se fue vaciando hasta que, al comienzo del ocaso, Ibn Zamrak y Ahmed se quedaron solos.
La luz declinaba, pero no encendieron las lámparas.
El poeta se puso en pie y buscó al oficial, que terminaba un panegírico.
Lo tomó de una mano y le hizo ponerse en pie.
Los dos hombres se abrazaron y sus labios se buscaron con el ansia que habían tenido que reprimir durante toda la tarde.
Ya no había necesidad de fingir ni de ocultar.
Jugaron con sus bocas y se acariciaron con dulzura.
—No he dejado de desearte —susurró Ibn Zamrak, que había conseguido romper la presa que contenía sus emociones.
Ahmed lloró de alegría y apretó el abrazo mientras jugaba con la lengua a dibujar el contorno de sus labios.
Como en un parpadeo, una sombra interrumpió la entrada de luz a través de una de las ventanas. Poco después, desde otra, una cabeza se asomó al interior de la Secretaría y contempló la escena.
—¡Eh! —El secretario y el oficial escucharon el grito—. ¡Alto!
Luego escucharon los pasos apresurados del guardia que rodeaba el edificio para dar con la entrada. Se apartaron con brusquedad y Ahmed agarró a Ibn Zamrak de un brazo.
—Corre, sal por esa ventana. —Señaló la más cercana. El poeta titubeó y comenzó a respirar con ansiedad, pero Ahmed lo zarandeó—. Vamos, corre, estúpido.
Al fin el katib reaccionó y corrió hasta la ventana para salir del diwan en el momento exacto en que el guardia franqueaba la puerta.
— Qutama! —gritó una vez dentro—. ¡Os he visto, sodomitas!
—Ahmed intentó negarlo, pero el guardia lo obligó a callar amenazándolo con su espada jineta—.
¿Dónde está tu amante? —preguntó, pero no obtuvo respuesta.
Golpeó a Ahmed en el estómago y lo hizo doblarse y caer de rodillas—.
¿Dónde está? —insistió, pero el oficial aguantó sin soltar palabra.
El guardia registró la sala y comprobó que el otro hombre había huido. Mientras se llevaban a Ahmed, Ibn Zamrak atravesaba las primeras calles del barrio administrativo.
—Ya te haremos hablar, luti … —le dijo el guardia al detenido mientras lo conducía a las mazmorras.
Ahmed no se resistió, ni siquiera trató de exculparse.
«Ha llegado mi hora», pensó apesadumbrado.