El elegido Capítulo 19 #3
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Capítulo 19 #3

—Podría vivir en vuestra corte —comentó el rey castellano después de probar la carne.

Luego retomó sus preocupaciones—. Os he hablado de mi padre, de su amante y de sus hijos.

Ellos son otro de mis grandes problemas.

Sobre todo Enrique. —Necesitaba seguir hablando, desahogarse y obtener consejo—.

Si soy rey de Castilla es porque nadie hizo caso de la voluntad de mi padre.

Él siempre quiso apartarme del trono, pero cuando murió, todos quisieron como rey a su único hijo legítimo.

Solo eso me entregó la corona. Sin embargo, ahora, con todos estos escollos, temo que el partido de Enrique crezca.

Ibn al-Jatib pensó en el paralelismo que aquella situación guardaba con lo que estaba ocurriendo en Granada. Había un monarca y dos mujeres con sendos hijos que aspiraban al trono.

—¿Lo entendéis, al-Jatib? Soy rey por ser hijo legítimo. —Dejó a un lado el plato y miró al visir—. Si tengo un hijo varón con María, quiero que sea mi heredero —afirmó con rotundidad.

—Pero eso solo puede suceder si convertís a María en vuestra esposa, lo cual es harto complicado, teniendo en cuenta que ya estáis casado y que vosotros los rumíes no podéis tener más de una esposa.

—Cierto. Qué fácil sería si fuera mahometano como vos —bromeó.

—No creáis, majestad, que a veces tener dos esposas complica las cosas.

Rieron juntos. El rey, sin perder la sonrisa, bebió de su vino.

—Vuestras palabras siempre son un bálsamo para mis problemas.

—Hizo un breve silencio para comer un bocado de carne—.

La última vez que nos vimos dijisteis cosas muy interesantes.

Puede que dierais con la solución a la crisis que vive mi reino.

—El visir enarcó las cejas, sorprendido—.

Dijisteis que necesito darles a los rebeldes un heredero legítimo.

Aquí, en vuestro reino, el rey decide libremente quién le sucede.

En mi tierra, los nobles pueden tener la última palabra.

Yo soy la prueba de eso. —Volvió a beber de su copa—.

También dijisteis que en Granada no hay nobles con poder suficiente como para hacer frente al rey.

Y ese es el verdadero camino. Disteis con la clave, al-Jatib.

Tengo que limitar el poder de los nobles.

No es algo que se consiga en dos días, pero es el único camino.

—Volvió a comer del guiso durante varios segundos—.

Ya os lo dije entonces, y os lo repito ahora: sois un zorro astuto.

Debería llevaros a mi corte. —Miró de reojo al visir mientras tomaba su copa de la mesa taraceada—. Como si eso fuera sencillo…

—Señor, mi lealtad es para Granada…

—No sigáis, lo sé. —Una vez descartada su propuesta velada, el rey optó por una alternativa—: Pero puedo pediros otra cosa mucho más fácil: vuestra amistad.

—Ya la tenéis, majestad.

—Hablo de pediros consejo, de contar con vuestro criterio para los asuntos de mi reino —aclaró.

Desde hacía tiempo, ambas cancillerías intercambiaban correspondencia, pero el rey don Pedro quería un trato más personal y un consejo más fluido.

El granadino valoró la propuesta. En la situación por la que atravesaba el emirato, la posibilidad de influir en Castilla era un regalo que no podía despreciar.

—Me honra vuestro interés en mis opiniones, y con gusto os las daré siempre que las pidáis —dijo, demostrando que su manejo de la lengua de Castilla era mucho mejor del que sugería.

—Pues eso es todo lo que quería pediros, que podamos hablar como buenos amigos, siempre que a vuestro rey no le importe.

—A mi señor Muhammad V no solo no le importará, sino que le complacerá. Granada y Castilla son primos hermanos, ramas de un mismo árbol.

Así quedó establecida la nueva relación entre los dos Estados, un acuerdo que alejaba las sombras de amenaza que se habían cernido sobre Granada durante el mandato del rey anterior.

Continuaron comiendo, terminaron el sikbay y se sirvieron empanadas con carne de cordero picada.

Ibn al-Jatib repasó mentalmente la conversación.

Había salvado una situación delicada. Aquellas lides eran su especialidad, el motivo por el cual los nazaríes descargaban sobre él buena parte del peso de la diplomacia.

Pensó en Pedro y en María, y en doña Blanca de Borbón, la esposa despechada.

«Los destinos de los hombres, por muy poderosos que sean, están condicionados por sus sentimientos.

La división de un reino tiene su origen en un muchacho de veinte años enamorado de una joven con la que no puede casarse», se dijo.

«Habrá más enfrentamientos. Enrique, el medio hermano, pronto dará más que hablar», vaticinó el granadino, agorero.

«Que Alá proteja a don Pedro. Si Enrique vence, ¿qué pasará con Granada?

Los amigos de tu enemigo rara vez se convierten en tus amigos».

Pasaron el resto del día juntos, charlando, bebiendo, riendo y disfrutando de los placeres que Ibn al-Jatib había preparado para su noble invitado.

Terminado el banquete, dos bailarinas accedieron al salón.

El visir constató que el joven rey no perdía de vista los movimientos insinuantes de las dos muchachas, que bailaron al son de los rabeles.

A media tarde, Pedro se retiró a descansar a una de las alcobas.

Ibn al-Jatib dio una orden y enseguida, con discreción, las dos muchachas siguieron los pasos del rey castellano.

Desde el madjlis , Ibn al-Jatib escuchó sus risas sofocadas.

«Rey, pero humano. Amas a María, pero eso no te impide disfrutar de otros placeres. Qué fácil puede resultar a veces manejar las voluntades», pensó el visir.