El elegido Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—Escuece. —Señaló al granadino con el índice—.

Pero eso es lo que más me gusta de vos, que sois sincero.

Mis consejeros castellanos se dedican a lamerme el trasero.

Ninguno tiene valor suficiente como para decirme lo que piensa de verdad.

¿De qué me sirven esos hombres? No necesito halagos, necesito consejos válidos.

—Tomó un puñado de uvas pasas de un cuenco y se llevó varias a la boca.

Se mostró más relajado—. Os lo explicaré.

El problema es que no quiero que María de Padilla sea la amante del rey, quiero que sea algo más, que sea mi reina.

—Masticó las pasas y emitió un gemido de placer—.

Dios bendito, ¿cómo hacéis estas golosinas?

—Son uvas secadas al sol —contestó Ibn al-Jatib sin emoción, concentrado en toda la información que Pedro le acababa de dar.

Debía ser cauteloso, pero también sabía que la estima del rey se basaba en su sinceridad—.

Decís que estáis preso en Zamora, pero… yo os veo aquí…

—y extendió las dos manos con las palmas hacia arriba para mostrar lo evidente.

El monarca castellano intentó mantenerse serio para explicarlo, pero explotó en carcajadas que se contagiaron a su interlocutor.

—¡Me veis porque aquí estoy! —Ambos volvieron a reír—.

Me han dejado venir para renovar los pactos.

Esta paz nos interesa a todos a ambos lados de la frontera.

Pero vengo bien vigilado. —Movió la cabeza hacia las paredes vacías, tras las cuales permanecían atentos los guardias que le habían acompañado—.

Me han concedido esta merced por nuestra vieja amistad —señaló al visir—, sabían que nadie como yo mismo podía tratar este asunto con Granada.

Para este segundo encuentro he tenido que inventar algunos asuntos por concretar.

—Rio. Se había anticipado a la pregunta de Ibn al-Jatib.

El visir caviló. Su percepción del rey cambió.

Le fue revelada su auténtica condición, su poder enjaulado, su vulnerabilidad.

Comprendió por qué Pedro había querido tener esa reunión privada con él, pero aguardó a que el castellano le mostrara el verdadero motivo—.

Me pregunto si en virtud de esa amistad que nos une podría contar con vuestra ayuda en esta situación…

Ibn al-Jatib recibió su dardo. No esperaba el veneno que emponzoñaba su punta. Calculó sus opciones y midió las palabras antes de responder al envite.

—Hay que tener cuidado con lo que se pide a un amigo, porque puede concedérnoslo…

—Era un viejo refrán granadino—. Si pedís ayuda a Granada para huir de vuestros rebeldes, la tendréis —declaró con firmeza—.

Pero, antes de hacer esa petición, pensadlo en profundidad, majestad.

Tal vez no os convenga, tal vez perdáis los apoyos que os quedan si os refugiáis en Granada, aunque solo sea durante unos días.

—Mientras hablaba, sentía el filo afilado de la daga sobre la que estaba caminando.

La paz y la futura estabilidad del emirato de Muhammad V dependían del resultado de aquella conversación.

Debía conseguir eludir la petición sin ofender al rey—.

Mi señor don Pedro, no os lo recomiendo, pero si aun así nos lo pedís formalmente, pondremos todos los medios de Granada en vuestras manos.

A un chasquido de mis dedos, los guardias nazaríes acabarán con los vuestros y quedaréis libre —se permitió ser más explícito.

Se sostuvieron la mirada durante unos segundos. Pedro meditaba sobre sus opciones.

—Tenéis razón, al-Jatib. Si quedo libre ahora y aquí, cuando vuelva a Castilla nadie me seguirá.

—Negó con la cabeza—. Si he de huir de mi cautiverio, no debe ser así.

—Extendió su brazo con la mano abierta, invitando al granadino a estrechársela.

Este respondió al gesto—. Nunca olvidaré lo que estabais dispuesto a hacer por mí.

Nunca. Si alguna vez os veis necesitado, acudid a mí.

Lisan al-Din sintió cómo el alivio recorría todo su cuerpo en forma de sacudida placentera que lo puso de buen humor.

Agradeció al rey Pedro su ofrecimiento y pensó que un visir de la Alhambra nunca sabía si algún día tendría que recurrir a esa ayuda.

Una sierva accedió al salón con una jarra de vino y, tras ella, otra cargaba con el primer plato.

Se trataba de sikbay , un antiguo guiso de carne escabechada a la vinagreta.

El visir tomo la jarra y sirvió personalmente el vino. Luego brindó con el rey.

—Por la amistad de nuestros pueblos, y por la libertad. Hallaréis la manera de conseguirla muy pronto.

Comenzaron a comer y dos músicos se instalaron al fondo de la sala para amenizar el banquete con sendos rabeles. El uno frente al otro, ejecutaron su música simulando retarse en un alegre juego de sonidos y respuestas.