El elegido Capítulo 19
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Capítulo 19

Al alba, el visir de la Pluma salió de Granada hacia su almunia de la acequia de Aynadamar.

Iba acompañado por una escuadra de guardias y personal de servicio para organizar el encuentro con la embajada castellana.

Poco después de que saliera de su palacete del arrabal del Albaicín, un mozo se acercó a la puerta y llamó con insistencia.

La esclava Sams abrió y el chico le dijo que portaba una carta para Iqbal.

—Yo se la entregaré —le propuso la esclava mientras extendía la mano abierta, pero el mozo se negó en redondo a entregársela a ella.

—Se la tengo que dar yo en persona —dijo con firmeza—. Si no, no me pagan el servicio —aclaró.

Sams entró para informar a su señora. Pasados varios minutos, Iqbal llegó al zaguán y recibió al chico. Tomó la misiva y la leyó delante de él. Se esforzó por no dejar traslucir su estado.

—Puedes decirle a tu señora que he recibido su mensaje. Dale las gracias y dile que no se preocupe por mí.

El mozo se marchó enseguida dando saltitos por las cuestas del arrabal.

Iqbal se quedó en la puerta unos instantes.

Volvió a leer la carta y luego la apretó con fuerza.

La Gacela la había redactado con un estilo ampuloso, lleno de retórica y buenas intenciones.

«Me pongo en tu lugar… Para ellos somos como el ganado…

En mí siempre tendrás una amiga». La última frase retorció sus entrañas.

—Maldita furcia —masculló—. Siempre te regodeas en la desgracia ajena.

Entró en la casa y se dirigió al establo. Allí, en soledad, rompió a llorar. Las lágrimas empaparon sus mejillas, sus labios temblaron y el dolor desfiguró sus facciones, convirtiéndola sin quererlo en la protagonista de uno de los dramas de los clásicos antiguos que su esposo coleccionaba.

«Puedo entender los desahogos de tu cuerpo, Lisan al-Din.

Pero esto va más allá. No es una chica joven con la que retozar, es una mujer madura con más años que yo.

Y menos agraciada», remató con ira incontenible.

«La amas, maldito seas. Amas a esa médica, a una mujer casada, y me condenas a mí a una relación fallida».

Imaginó a la Gacela blanca riéndose de ella, comentando con las otras mujeres la noticia.

Su corazón palpitó con fuerza y estuvo a punto de caer desfallecida.

Sabía que el rumor era cierto, que su esposo ya había estado con ella antes, y que le había costado olvidarla.

Nunca se lo había confesado, pero ella tenía sus propios medios para hacer averiguaciones.

También conocía a Ibn al-Jatib. «Es un hombre de carácter, enérgico y decidido, pero, para algunas cosas, es tan transparente como un niño».

Para ella siempre había sido el de las Dos Vidas, pero ahora ese apelativo cobraba un significado más profundo.

Siguió llorando, a sabiendas de que la pena no conseguiría arrojarla de su cuerpo ni con dos mares de lágrimas.

«¿Qué hago yo ahora? ¿Qué debo hacer?». La respuesta ya vivía dentro de ella.

Debía ser una buena esposa, soportar la infidelidad, mirar hacia otro lado, criar a sus hijos para que fueran hombres sanos y felices el día de mañana, y callar, sobre todo callar.

Guardar silencio siempre, enterrar sus sentimientos donde nadie pudiera verlos, como tantas otras mujeres habían hecho antes que ella.

«Tu padre es un buen hombre». Cuántas veces había oído a su madre soltar aquello, en un intento por convencerse a sí misma de que debía callar.

Caminó hasta la caballeriza y se acercó a su yegua favorita. Se la había regalado el emir Yusuf I de su propia yeguada. Tomó un cepillo y peinó sus crines. Le relajaba estar con ella. El animal bufó varias veces con inquietud, como si percibiera su tristeza.

—Tranquila, Alba. Me repondré y todo seguirá como hasta ahora…

Aquella era su intención, pero Iqbal no sabía que esa mañana algo se había roto dentro de ella, que la distancia que su esposo había interpuesto entre ambos se acababa de hacer insalvable.

La embajada del rey Pedro I de Castilla llegó cerca del mediodía. Desde Alcalá la Real, el monarca había atravesado la frontera con su propia escolta. En las inmediaciones de Moclín, una cuadrilla de caballeros nazaríes salió a recibirlo para guiarlo. Hicieron el camino sin sobresaltos.

En la almunia, todo fue dispuesto para un gran banquete.

Lisan al-Din desplegó todas sus habilidades diplomáticas y organizó la velada contando con un coro de baile y música.

El madjlis de la casona fue decorado con las insignias de poder de Granada y Castilla.

El rey iba vestido de forma sencilla, acorde con su mascarada de ser el embajador.

Ningún atributo desvelaba su verdadera identidad.

Sin embargo, el visir granadino lo recibió con el honor que merecía su real persona.

Se sentaron en almohadones dispuestos en torno a una mesa baja, donde los criados habían servido varios aperitivos.

En el salón no hubo más comensales que ellos dos.

Sus respectivos séquitos tuvieron su propio banquete en una sala anexa.

Una veintena de guardias nazaríes y rumíes vigilaron el gran salón desde el exterior para preservar la privacidad del encuentro.

El vino que se sirvió lo habían traído los castellanos, aunque el anfitrión había llevado a la almunia un excelente caldo malagueño.

—Me complace teneros en mi casa —insistió Lisan al-Din antes de que comenzara el festín—. Disculpad mi mal uso de vuestra lengua.

—No seáis modesto, al-Jatib, que tenéis mejor romance que muchos castellanos.

Ambos rieron. El tono era cordial. El rey se sentía cómodo en presencia del granadino. Don Pedro se recreó en los detalles de la sala, los zócalos de azulejo, las pinturas y las yeserías.

—Todo esto me recuerda a Sevilla —dijo espontáneamente—.

Me crie con mi madre en los alcázares. Por allí todavía se ve mucho de vuestro pueblo.

No me desagrada. Es… elegante —declaró, e Ibn al-Jatib le agradeció el cumplido—.

Pasé mi niñez allí, apartado de la corte de mi padre —retomó el hilo—.

El gran Alfonso XI, el látigo de los infieles.

—Se carcajeó—. Murió a manos de un enemigo tan pequeño que resulta invisible.

—Alfonso XI de Castilla había muerto por la peste negra durante el asedio de Gibraltar—.

Fue un mal padre, ni siquiera fue padre para mí.

Prefería a los hijos que había tenido con su amante.

—El rey mantuvo una relación de muchos años con Leonor de Guzmán, que pertenecía a un linaje castellano muy destacado.

Con ella había tenido diez hijos, a los que había amado por encima de Pedro.

En el tono del castellano se adivinaba el rencor.

Perdió la mirada en un tapiz y sonrió—. Y ahora yo estoy igual que él, ¿os dais cuenta?

Rechazo a mi esposa por otra mujer, que es a la que en verdad amo.

—Se inclinó hacia delante y habló como si hiciera una confidencia—.

Creo que he heredado la maldición de mi padre.

Ibn al-Jatib sondeó su mirada y soltó un sonoro suspiro antes de contestar.

—El amor no es una maldición, señor. Al contrario, es una bendición que da sentido a nuestras vidas. Pero no entiende de reglas ni de leyes, y puede alterar la vida de todo un reino.

—Sois un hombre sabio, al-Jatib. Disculpad mi perorata. Sé que el amor me trae problemas, y me los seguirá trayendo, pero no puedo dejar de amarla… Tendríais que ver a María. Es una mujer soberbia, no hay otra como ella.

El visir granadino observó al rey. Tenía veinte años, los mismos que su amante.

A ambos les quedaba mucho por vivir, tal vez otros amores que experimentar.

Sin embargo, Ibn al-Jatib sabía que no había amores como los de la juventud.

«El corazón no está aún contaminado por la experiencia, y los sentimientos nacen y crecen inmaculados», se dijo.

—Soy un hombre preso —soltó Pedro. El granadino asintió—.

No es una metáfora, al-Jatib, soy un preso en el sentido más literal.

Mi propia madre se ha puesto en mi contra.

Acogió a los rebeldes para que pudieran obligarme a devolverles sus cargos.

Me tienen retenido en Zamora. He cedido en muchas cosas, pero no volveré con Blanca.

Los franceses no han pagado la dote, ni siquiera debería ser mi esposa.

Lisan al-Din recordó lo que el rey le había contado en la anterior embajada, las mercedes y puestos que había otorgado a los parientes de su amante, la rebelión de los nobles e incluso la batalla que había tenido lugar apenas un mes atrás.

—Si vuestra majestad me permite ser sincero, una cosa es vuestro amor y otra cosa, vuestro gobierno. La relación que tenéis con María no debería afectar a vuestra manera de llevar los asuntos de Castilla.

El aire amistoso de la reunión quedó enseguida en suspenso.

Ibn al-Jatib pensó que debería haberse guardado aquella opinión.

Pedro I de Castilla miró fijamente a los ojos del visir.

Este se percató del peligro que acechaba en aquella mirada de hielo.

Debía andarse con cuidado con un hombre como él, un mal paso podía suponer una ruptura diplomática.

Pasados cerca de dos minutos de silencio, el rey habló: