El elegido Capítulo 18
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Capítulo 18

Después de la primera oración del día, Ibn al-Jatib se reunió con el hayib Reduán para hablar sobre la petición del rey Pedro I de Castilla.

El primer ministro le expresó la conveniencia de ese encuentro.

Granada necesitaba tener una buena relación con Castilla en aquellos momentos tan delicados, de modo que Reduán autorizó al visir para que asesorara al monarca castellano.

Juntos acordaron que el encuentro se celebraría en la almunia que el propio Lisan al-Din tenía cerca de la acequia de Aynadamar, a las afueras de Granada.

El emisario castellano que había traído la misiva salió esa misma mañana para informar a su señor, que se encontraba en Alcalá la Real.

La reunión se celebraría al día siguiente.

—Visir —lo llamó el hayib cuando se retiraba—. Me constan tus esfuerzos y tus avances en la investigación. —Ambos sabían a qué se refería—. No necesito detalles. Continúa y, por el bien de todos, atrápalo pronto.

Fiel a su compromiso de discreción, con el fin de mantener el velo de sospecha que cubría la Alhambra durante aquellos días, Ibn al-Jatib se calló las últimas informaciones que había obtenido.

«Si sospechas de alguien, mantén en secreto tu investigación.

A veces la tensión de la incertidumbre es el mejor delator».

Recordaba las palabras de su maestro, su segundo padre, Ibn al-Yayyab.

Envió a un mozo a despachar un recado en el barrio de Axares y luego regresó a la Secretaría.

Allí se encontró con Ibn Zamrak y decidió detenerse a hablar con él.

Lo felicitó formalmente por su ascenso a katib y le dio la enhorabuena por su matrimonio.

El poeta le agradeció su generoso regalo y le hizo una consulta sobre la carta que estaba redactando.

Enseguida el visir de la Pluma se dio cuenta de que solo buscaba complacerlo.

Lo cogió por los hombros y lo llevó al patio.

Una vez fuera, habló con él con franqueza:

—Te elegí entre cientos porque confiaba en tus habilidades.

No me equivoqué, a la vista está. Me siento orgulloso de ti.

—Ibn Zamrak mostró una resplandeciente sonrisa—.

Me recuerdas a mí mismo hace ya un par de décadas…

Un joven con talento, despierto, un gran poeta, un hombre ambicioso…

—Recalcó la última palabra—. Tienes un largo camino por delante, pero nunca olvides de dónde vienes.

Sé paciente y practica la humildad. La Alhambra es una amante hermosa, pero también es despiadada y devora sin pestañear a quien sobresale más de lo que debe.

¿Entiendes lo que quiero decirte? No te digo que no medres, sino que hasta para medrar hay que dar una serie de pasos, y saltártelos te puede salir caro.

—Apretó su hombro derecho—. Te aprecio, Ibn Zamrak.

He sido tu maestro y ahora soy tu jefe. Haz caso de mi consejo.

Llegarás muy lejos, pero con paciencia y humildad.

Los ojos del katib brillaron con astucia.

—Siempre aprenderé de ti, sidi . Nunca dejarás de ser mi maestro. Agradezco tus consejos. —Se llevó la mano al pecho—. A ti te debo todo lo que he logrado. Estoy en deuda contigo, puedes contar conmigo para lo que necesites.

Ibn al-Jatib sonrió y le palmeó con cariño la mejilla izquierda.

—No lo digas muy alto, que puede que pronto necesite tu ayuda.

Caminó riendo hacia su despacho. Ibn Zamrak repitió «lo que necesites» a su espalda.

El katib volvió al interior del diwan y se dirigió a la mesa de Ahmed.

El oficial trabajaba en un rincón, aislado del resto.

Allí contaba con algo de intimidad. El poeta se sentó a su lado, sobre la alfombra, y simuló hacerle una consulta de trabajo.

—Te echo de menos —le susurró mientras observaba el texto que tenían delante.

Ahmed esbozó una leve sonrisa y sintió cómo su corazón se aceleraba.

—Ahora eres un hombre casado —bromeó—. ¿Has cumplido con tu esposa?

—Sí —contestó, incómodo, Ibn Zamrak.

—Así debe ser. —Tomó su pluma y repasó las últimas líneas—.

Mañana quédate hasta que todos se hayan ido —le propuso, y el poeta asintió.

Mojó la pluma en el tintero—. El matrimonio es nuestra máscara.

Siempre ha sido así con los de nuestra condición.

Ándate con cuidado, el mundo no acepta nuestros anhelos.

El oficial continuó escribiendo la carta. Ibn Zamrak observó cómo la pluma, en su mano, se deslizaba sobre el papel dejando su rastro de tinta. Se levantó y se dirigió a su mesa. Llevaba el alma henchida de poesía.

Umm al-Hassan se presentó en el despacho del visir de la Pluma pasado el mediodía.

Vestía una túnica de seda bermeja con flores bordadas en blanco.

A los hombros llevaba un manto, con el que también cubría su cabello.

Ibn al-Jatib la observó en el umbral y se perdió en sus formas con embeleso.

«He probado a otras mujeres. Más jóvenes, más bellas incluso… Pero ninguna como tú», pensó.

—He recibido tu recado, sidi —dijo en tono formal mientras el guardia esperaba a que el visir lo despachara.

—Sí, sí. Entra, hay un asunto importante que tratar que atañe a mawlana .

Con un manotazo al aire despidió al guardia.

Cuando se quedaron solos, Ibn al-Jatib tomó un pliego y se lo pasó a la médica.

Ella lo leyó en silencio. Enseguida sus ojos brillaron y dos lágrimas resbalaron por sus mejillas.

El encabezamiento del texto rezaba: «Umm al-Hassan, para la Ihata ».

Cuando terminó de leer sus manos temblaban.

Miró a los ojos a Ibn al-Jatib y le formuló una pregunta con voz titubeante:

—¿Vas a incluirme en tu Ihata ?

—Es una obra sobre Granada, su historia, su geografía, sus bondades y sus personajes más ilustres. ¿Cómo no ibas a estar tú?

Ella dejó caer el papel al suelo y dio unos pasos hasta tenerlo cerca.

Lo besó en los labios mientras posaba sus manos con delicadeza en sus sienes.

Le quitó el turbante sin dejar de besarlo.

Luego lo desnudó y lo tendió en el suelo.

Se remangó la túnica y le hizo el amor en silencio, sin aspavientos, como un acto de entrega total en el que ambos se quemaron.

Terminaron jadeantes, abrasados por el deseo. Umm al-Hassan retomó los besos.

—Es lo más bonito que nunca nadie ha hecho por mí —le dijo clavando sus ojos en los de él.

Ibn al-Jatib, el visir estricto, el político fiero, se dejó contagiar por su llanto. Lloró mansamente mientras ella besaba sus lágrimas.

—Tu nombre será recordado, mi Estrella —susurró entre balbuceos—. Si no estuvieras casada, te haría mi segunda esposa, mi favorita…

Ella negó con la cabeza sin perder la sonrisa.

—No podría ir a tu casa y compartirte con Iqbal, lo sabes. Eso es imposible, por mí y por ti.

Se abrazaron y lloraron juntos hasta que el manantial de lágrimas se agotó. Después se levantaron y recompusieron sus vestiduras. Más serena, ella le lanzó un reproche:

—Te maldigo, Lisan al-Din. Me has vuelto a envenenar. Sabía que esto pasaría. ¿Cómo volvemos a nuestras vidas?

—¿Ha regresado? —Evitó nombrar a su esposo.

—Aún no, pero es cuestión de días.

—Aprovechemos entonces.

Umm al-Hassan asintió. Se enjugó las lágrimas y le pidió permiso para llevarse su biografía.

Salió del despacho sin decir adiós. Un mozo la siguió a cierta distancia hasta que atravesó la puerta de las Armas para salir de la Alhambra.

Luego, el muchacho regresó sobre sus pasos y se dirigió hacia el palacio del emir.

Ibn al-Jatib se quedó con el ánimo torcido. Decidió ir a visitar a su amigo al-Assad para serenar el alma con el buen vino que el visir de la Espada solía atesorar en la torre donde residía.

El mozo tocó a la puerta de servicio, que daba a la calle Baja del Emir.

Una sierva lo dejó acceder hasta la sala principal, donde su señora era atendida por una esclava.

La muchacha estaba tiñendo los cabellos de Maryam con alheña.

Repasaba las raíces, donde ya se atisbaban abundantes hebras de plata.

La Gacela blanca observó al muchacho, que permanecía en pie, cohibido por su presencia.

—Adelante, chico. Cuéntanos qué nuevas traes.

Fátima, la hija mayor de la Gacela, bordaba junto a una ventana.

A su lado, su esposo, Muhammad el Bermejo, repasaba algunas cuentas del patrimonio de su suegra.

Tras la muerte de Yusuf I, Maryam había recibido una sustanciosa herencia.

El Bermejo era un joven de menos de veinte años, pero en su mirada se adivinaba el fuego de la ambición, el ansia por acumular poder y riqueza que tanto contaminaba los corazones en la Alhambra.

—Mi señora Maryam —comenzó el mozo—, la médica de Axares ha visitado la Secretaría. No he podido entrar, pero ha estado dentro algo más de media hora. Luego se ha marchado por la puerta de las Armas.

La Gacela meditó en silencio esa información.

Tenía indicios suficientes para deducir que la vieja relación, la que todos sabían que había unido a Ibn al-Jatib con Umm al-Hassan durante la pestilencia, había vuelto a florecer.

Pasó varios minutos pensando, rumiando con satisfacción los pasos que podría dar.

Contra el visir no era viable un ataque directo, tenía demasiado poder.

Sin embargo, sí que podía golpear uno de los pilares más sólidos de su vida.

Sonrió, ajena a su entorno, y estuvo a punto de soltar una carcajada.

«Estúpido, te crees más listo que yo…», se dijo con suficiencia.

—Madre —la llamó Fátima, que se había dado cuenta de la situación.

La mente de Maryam regresó a la sala. El mozo seguía aguardando a que lo despachara, de pie, en silencio, cerca de la puerta de salida.

—Te puedes marchar —le dijo la Gacela, a la vez que hacía un gesto con la mano a una sierva para que lo acompañara a la salida—. Pero vuelve mañana a primera hora, tendré otro encargo para ti.

La sierva lo condujo hasta la calle por la puerta de servicio y le entregó tres dírhams. Cuando la muchacha regresó a la sala, Maryam le encargó que llamara a una qayna y que sacara vino de la alacena. Luego, la Gacela le pidió a la esclava que se apurara con la alheña.

—¿Tienes ganas de fiesta? —le preguntó Fátima, que había dejado a un lado sus bordados.

—Sí, hija mía. Cuando una gacela es capaz de revolverse contra un león y lo hiere, siempre es motivo de celebración.

Desde su asiento, el Bermejo asintió lentamente y esbozó una sonrisa lobuna. Admiraba a aquella mujer.