El elegido Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

Lo condujo a la sala de oración de la zawiya , donde meditaron juntos.

El espacio era reducido pero cálido. Los muros eran gruesos y permitían apagar los sonidos de fuera.

Disponía de una única ventana que siempre permanecía a medio cerrar, de manera que la luz, escasa, daba una extraña sensación de atemporalidad, como si en aquella sala no rigieran los ritmos del sol.

Lentamente, Lisan al-Din percibió cómo los latidos de su corazón frenaban, cómo la tensión acumulada en su nuca se deshacía, dejándole respirar con amplitud.

«Cuando acabe esta locura me vendré un mes entero», se propuso, como si esa esperanza le diera fuerzas para volver a encarar los problemas.

Pasado un rato, cuando sus espíritus se hubieron limpiado de las impurezas de la mente, el santón comenzó una salmodia en la que cantó algunos de los versos más hermosos del sufismo andalusí.

Las vibraciones de su voz arrastraron las esquirlas de ansiedad que se habían quedado incrustadas en el pecho de Ibn al-Jatib.

El visir disfrutó de la meditación durante cerca de dos horas.

Luego almorzó con los morabitos y paseó por las huertas para comprobar cómo habían crecido los plantones.

Regresó a Granada a media tarde. Se sentía aliviado, pero también cansado.

Entró en la ciudad por la puerta de Elvira y allí le encargó a un mozo que avisara a su esposa de que esa noche no iría a casa.

Atravesó la calle de Elvira hasta dar con el puente del Baño de la Corona.

Cruzó el Darro y, a la entrada del barranco, tomó el camino que ascendía hasta la puerta de las Armas.

Dejó el caballo en el establo, accedió a la Secretaría y se encerró en su despacho a trabajar.

Sobre la mesa, su secretario personal había depositado una carta con sello castellano.

La abrió y leyó el contenido. Tras las fórmulas protocolarias de la diplomacia, Pedro I le solicitaba que recibiera a su embajador, un hombre de su plena confianza a través del cual quería pedirle consejo sobre un asunto.

Enseguida Ibn al-Jatib supo que aquel embajador era el propio rey.

Don Pedro le pedía discreción, y que el encuentro se llevara a cabo en secreto en un lugar apartado de Granada.

El visir decidió que el asunto era lo suficientemente importante como para consultarlo con el hayib Reduán.

Dejó a un lado la misiva y se ocupó de otra tarea.

Prendió varias lámparas de aceite para compensar la falta de luz y se dirigió a los estantes en los que se almacenaba el archivo del diwan .

Allí se guardaban las sentencias de las audiencias del emir.

Buscó las que correspondían a Yusuf I y se puso a revisar las del último año.

Estudió los casos desestimados, aquellos en los que se había perjudicado a alguien de forma relevante.

Encontró varios llamativos, pero ninguno encajaba con lo que buscaba.

Cuando terminó la revisión, la noche se había cerrado y los funcionarios de la Secretaría se habían marchado a sus casas.

Entonces Ibn al-Jatib se puso a repasar los proyectos arquitectónicos del joven Muhammad V.

Su ministerio incluía aquellas cuestiones.

El visir de la Pluma debía proveer los medios necesarios para acometer las principales obras públicas, sin olvidar la atención a los gastos comunes que salían del presupuesto general del emirato.

Sin embargo, Ibn al-Jatib iba más allá de lo puramente económico.

Participaba en los diseños y aportaba ideas que luego consultaría con el arquitecto Hassan.

La madrugada lo sorprendió revisando cotas para las acequias nuevas y estudiando los planos de Comares y del palacio de Ismail I.

Su vista comenzaba a cansarse y decidió abandonar todo aquello para otro momento.

Aún no tenía sueño y tomó el diseño del horologio.

Todavía debía idear cómo el artefacto avisaría del paso de cada hora.

Pensó que tendría que producir un sonido agudo, como el de una bola de metal cayendo sobre un platillo.

Cogió la vela que habían fabricado para él.

Tenía marcas numeradas y le habían asegurado que, entre una y otra, la cera tardaría exactamente una hora en derretirse.

Solo necesitaba clavar las agujas con los hilos que sujetarían las trampillas del artilugio.

Quedaba trabajo por hacer, pero ya tenía lo fundamental para su versión simplificada.

Pensaba usarla en la fiesta de la aclamación del emir.

Al pensar en ella, la ansiedad regresó a su pecho.

La fecha establecida por el astrólogo se acercaba, faltaban nueve días, pero seguía sin dar con el asesino.

Se le acababa el tiempo. Muhammad V estaría demasiado expuesto ante su pueblo. No podía permitirse asumir ese riesgo.

Sus pensamientos comenzaron a hacerse densos y comprendió que había llegado la hora de descansar.

Salió al patio y se encontró con el guardia que rondaba la Secretaría.

Se saludaron en la distancia. Ibn al-Jatib se sentó en un banco a contemplar las estrellas.

No había luna ni nubes, y el firmamento le provocó una sensación de aturdimiento que excitó su melancolía.

Los versos brotaron de un oscuro rincón de sus entrañas y enseguida lo invadieron por completo.

Pensó en Umm al-Hassan, su Estrella, la que hacía palidecer a todas las constelaciones.

Regresó a su despacho y se puso a escribir.

Así recibió al amanecer, expresando en versos los sentimientos que se escondían dentro de él, en el pozo de sus secretos.