El elegido Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Las calles del Albaicín se habían vestido de luto por la muerte del joven Muhammad IV.

El emir había sido asesinado por miembros de un banu magrebí asentado en Granada.

Los africanos meriníes y los granadinos llevaban años enfrentados.

Muhammad IV, con ayuda del general Reduán, se enfrentó a ellos.

Sin embargo, a pesar de su carácter valiente e impulsivo, el emir decidió negociar una paz con Fez que le permitiera centrarse en estabilizar su emirato y hacer frente a los cristianos.

Pero, para su desgracia, aquel acuerdo que pretendía conseguir no interesaba a todos.

En las cercanías de Gibraltar, cuando había iniciado las conversaciones con los africanos, Muhammad IV fue asesinado por magrebíes opositores al poder meriní.

Por las cuestas que llevaban al río Darro, Amina se topó con un grupo de guardias que portaban una bandera en la que se podía leer: «Yusuf I, bendito por Alá».

Era el nombre del hermano del emir difunto.

En la Alhambra se habían apresurado a buscar un sucesor al trono nazarí.

La mujer sintió que su corazón se aceleraba y corrió para evitar a los guardias.

En la casa, Faray desenrolló la venda que le cubría la mano izquierda, cogió agua de la tina y se lavó la sangre seca.

Había tenido un accidente en la carpintería en la que trabajaba como aprendiz.

El dueño del taller aprovechó el percance para despacharlo.

«Eres un torpe, muchacho», le dijo cuando le liquidó lo que le debía y le pidió que no volviera.

«O espabilas, o no vas a encontrar ningún trabajo».

El joven renovó el vendaje y se reunió con su tía en el madjlis .

—¿Por qué no querías que madre saliera? —preguntó Faray.

Rasha bufó sonoramente.

—No sabes adónde va, ni con quién va a hablar. No debería hacerlo —sentenció.

—¿Es mi padre? —La pregunta estaba revestida de certeza.

—No, no es tu padre.

—Tengo diecisiete años. Algún día tendréis que hablarme de vuestros secretos.

La mujer suavizó la expresión. Comprendía aquel mar de olas que se debatía en el interior de su sobrino.

—Algún día… Pero, por el momento, solo debes saber que tu padre le hizo mucho daño a tu madre, y que se desentendió de ti. Ahora tu madre va a hablar con alguien para que nos ayude. Creo que es un error pedir esa ayuda, pero ojalá me equivoque.

Faray tuvo que conformarse con aquella explicación.

Tía y sobrino pasaron el día inquietos, esperando a que Amina regresara a casa.

Las horas transcurrían lentas y buscaban ocuparse en tareas sencillas del hogar.

Almorzaron, intentaron dormir una siesta, y la tarde cayó sobre ellos colmando de angustia sus corazones.

«Estúpida, te lo advertí. No tenías que haber ido», se decía Rasha.

—¿Cuándo volverá? —preguntó Faray cuando la luz comenzó a apagarse.

Su tía no tenía respuesta para esa pregunta. Abrazó al joven y se retiró al patio para que no la viera llorar. La noche se cerró y entonces, sin saber muy bien por qué, Faray acompañó el llanto de la mujer con el suyo.

El visir de la Pluma fue a la dirección que el maestro le había dado, pero la familia que vivía allí no sabía nada de Faray.

Le habían comprado la casa a un corredor del barrio hacía varios años.

También fue a la alhóndiga y su propietario le explicó que, primero Amina y luego Rasha, desaparecieron sin más.

«Atraían a muchos hombres, pero de un día para otro se esfumaron», le contó.

Lisan al-Din hizo aquellas averiguaciones solo. Decidió que a partir de ese momento se andaría con más cuidado y no compartiría información con cualquiera. Prefería que nadie bajara la guardia en la Alhambra y que al-Assad siguiera sospechando del sayj y la Gacela.

Sentía que había avanzado, pero que de nuevo se encontraba perdido.

Tenía más información, pero aún no podía actuar para eliminar la amenaza que se cernía sobre Muhammad V.

Esa misma mañana tenía que dar una clase en la madrasa, pero no se encontraba en disposición de ir.

Prefirió saltársela y acudir a su zawiya , al encuentro de al-Rundí y de su pozo de paz.

Regresó a su hogar y tomó un caballo del establo.

Llegó a la casa de oración pasado el mediodía.

El santón trabajaba con varios morabitos aplicando cal a una pared.

—¿Ahora te dedicas a eso? —le gritó Ibn al-Jatib cuando lo vio con los zaragüelles remangados trabajando sobre un andamio.

—Esto es una forma de meditar, tal vez la más efectiva. ¡Ven a probarlo!

El visir rio. Desmontó y buscó la sombra de la higuera. Al-Rundí no tardó en descender del andamio y unírsele.

—Ya estás mayor para estas tareas —le dijo, socarrón, Lisan al-Din.

—No me infravalores, todavía quedan fuerzas en este cuerpo seco. —Le palmeó una rodilla al benefactor de la zawiya —. Dime que traes buenas nuevas esta vez.

Ibn al-Jatib negó con la cabeza.

—Vengo buscando sosiego. Sigo sin dar con el asesino.

Estoy desorientado. Vivo tiempos extraños, me colma la ansiedad.

No sé por qué alguien puede querer acabar con mawlana …

—Al-Rundí lo miró alzando una ceja, como si quisiera decirle que la respuesta era evidente—.

Sí, lo sé. No es la primera vez que asesinan a un emir para poner a otro en su lugar.

Pero siempre ha sido alguien directamente interesado, alguien que quería gobernar, o a quien perjudicaba gravemente la política del emir anterior.

Ahora es distinto. —Bajó la voz—. Mis sospechas ya no se centran en la Alhambra.

He encontrado alguna pista fuera de la Sabika.

El santón respiró profundamente varias veces y terminó con un suspiro.

—Tiempos extraños, sí. Vivimos una época en la que se cuestiona el poder, y no hablo solo de aspirantes al trono.

Hablo de los barrios, de vecinos de la medina, del Albaicín o de la alcazaba Cadima.

Nunca antes lo había visto. Puede que me esté haciendo viejo, pero me da la sensación de que las nuevas generaciones están cambiando nuestros valores tradicionales.

No sé qué harán mañana con Granada los que ahora son niños…

—Volvió a suspirar—. Hace un par de días fui a la ciudad a visitar a miembros de la cofradía del Albaicín.

Cuando subía la calle de la Cuesta, dos chiquillos me tiraron piñas de ciprés y me llamaron «viejo».

Críos desvergonzados —soltó con una mueca de desprecio impropia en él—.

No hay respeto, Lisan al-Din. Y, sin respeto, nuestro mundo se viene abajo.

—Falta educación, maestro. En la escuela y en la casa. —Negó y se rascó la barba—. ¿Qué tal en la cofradía? —preguntó para cambiar de tema.

—Llevaba tiempo sin verlos. No me gusta la deriva que están tomando, pero me habían invitado a una oración común y decidí ir.

La oración estuvo bien. Improvisaron una musalla frente a la puerta de Fajalauza.

Acudieron muchos cofrades, y también vecinos del Albaicín.

En tiempos de crisis, la gente busca refugio en la espiritualidad.

Luego organizaron un modesto banquete a base de pescado asado.

A esos les encanta el pescado… —comentó el santón—.

Dos cabecillas hablaron conmigo. Quieren que nos hermanemos, que trabajemos juntos, pero les he dicho que aquí somos independientes.

—Ibn al-Jatib asintió, complacido con su actitud—.

Acabarán mal, ya te lo he dicho alguna vez.

Ahora se niegan a pagar el impuesto. Dicen que hacen buenas obras con los pobres del barrio y que no deberían pagar por ello, sino al contrario.

Insisten en que el emir debería asignarles una renta.

¿Te imaginas? —Se palmeó las rodillas, un gesto habitual en él—.

Algunos aprovechan los tiempos de inestabilidad para sacar tajada.

—Llevo muchos años sin ir por allí. Podemos disculpar el impago si trabajan con la comunidad. Daré aviso al recaudador para que verifique si realmente hacen buenas obras.

—¿Ese recaudador es que el que dirige tus negocios? —preguntó al-Rundí, incisivo.

—Sí, le he dado poderes. No puedo estar en todo. Él se encarga de mis principales inversiones.

—Si no llegas a todo, suelta…

Ibn al-Jatib asintió ante la obviedad. Era consciente de cuál era el buen camino, pero, como siempre, la dualidad se manifestaba en su alma.

Dentro de él había dos mares cuyas corrientes se batían entre sí.

Lo terrenal y lo divino, el dinar y el espíritu.

Siempre había creído que atendía a ambos, pero comenzaba a pensar que en realidad lo que hacía era alejarse de los dos, que vivía en la orilla, sin valor para decantarse de forma definitiva por una única vía.

El santón no quiso ahondar en la cuestión.

Siempre que podía, le recordaba al visir cuál era el camino, pero evitaba insistir para no contrariarlo.

Como buen conocedor del alma humana, al-Rundí sabía que las personas aquejadas de aquella dualidad debían alcanzar la iluminación por sí mismas, que la intervención exterior debía ser mínima y discreta.

—Sé lo que necesitas —le dijo a su amigo.