El elegido Capítulo 17
67%

Capítulo 17

Lisan al-Din se despertó sobresaltado. Tenía lágrimas en los ojos y su corazón temblaba en el pecho.

Aún conservaba el sabor del vino en la boca y se sentía aturdido.

Se incorporó y se asomó a una de las ventanas.

Densas nubes grises encapotaban el cielo, ocultando las estrellas.

La madrugada había avanzado, pero todavía faltaba para el amanecer.

Abandonó su poema y se puso a trabajar en su Ihata , su gran obra sobre Granada.

Renovó el aceite de las lámparas y releyó la biografía de Umm al-Hassan, la última que había escrito.

Se sintió satisfecho con ella y se dedicó a retocar los textos dedicados a la historia general del emirato.

Comenzó a llover, y el repiqueteo del agua sobre las tejas, así como el sonido de los pequeños arroyos que corrían por las cuestas, lo relajaron.

Amaneció un nuevo día, pero él continuó absorto en su trabajo, repasando sus libros de historia y redactando sus textos. Iqbal lo visitó y le llevó algo de fruta y leche caliente.

—Gracias, esposa. —Miró los libros—. La Ihata necesita retoques.

La mujer sonrió.

—Aprovecha. Los niños duermen todavía.

Se retiró, dejándolo solo.

A media mañana, Ibn al-Jatib se vistió, se ciñó su mejor turbante y salió de casa.

Caminó por el barrio hasta dar con la calle de la Cuesta, que desembocaba en la puerta de Elvira.

Había dejado de llover, pero el suelo aún estaba mojado.

Muchos hombres lo saludaban desde los trancos de las puertas.

Eran labriegos que no habían podido acudir a los campos por el aguacero.

Lisan al-Din encontró la casa del Suertudo sin dificultad. Tocó a la puerta y le abrió una joven con el rostro velado.

—La paz sea contigo —saludó él—. Vengo a ver al maestro. Soy un viejo alumno suyo.

La muchacha se perdió en el interior de la vivienda, pero regresó poco después para franquearle el paso.

Lo condujo al madjlis , donde el hombre permanecía sentado en una silla con respaldo.

Su tronco estaba encorvado y su cabeza, ligeramente ladeada hacia la derecha.

Ibn al-Jatib calculó que tendría más de setenta años.

—Buen día, muchacho. Disculpa que no te reconozca. Fueron muchos alumnos… Pero siéntate y háblame de ti. Siempre me alegra recibiros.

El visir obedeció y se sentó en un banco de madera, frente al maestro. El hombre vivía modestamente. Sin embargo, en una alacena sin puertas, guardaba una extensa y valiosa colección de libros. No había muchas bibliotecas como esa en Granada.

—Me llamo Ibn al-Jatib y soy el jefe de la Secretaría del emir. Fui alumno tuyo poco tiempo, pero te recuerdo con mucho cariño. Aquí mismo recibí alguna lección…

—Siempre he vivido en la misma casa, y aquí moriré, cuando Alá lo disponga. No creo que ya tarde mucho… Me honra tu visita, visir. Como ves, ahora no soy más que un viejo jorobado y viudo que navega en sus recuerdos. —Rio.

Lisan al-Din evocó en la memoria a la esposa del maestro, que en aquellos lejanos años le había provocado más de un desvelo.

Miró al hombre, derrotado, vencido por el paso del tiempo, y pensó que su mote había dejado de tener sentido.

Se abrió un silencio entre ellos. El maestro parecía esperar a que su visitante iniciara la conversación.

— Sidi , vengo a preguntarte por un asunto. Sé que has tenido muchos alumnos, pero necesito saber si alguno de ellos respondía al nombre de Faray. —Fue directo al asunto.

El hombre lo miró fijamente.

—Tuve unos cuantos Faray, pero ya sé por quién me preguntas. —Ibn al-Jatib se irguió en su asiento—. ¿Qué ha hecho?

—No puedo contarte mucho, sidi . —Mantuvo la actitud de respeto hacia el viejo maestro—. La muerte de Yusuf I, algún atentado fallido contra mawlana Muhammad V… Hay motivos para creer que alguien llamado Faray puede estar detrás de esos hechos. Y creo que ese Faray pudo haber sido alumno tuyo.

El anciano se esforzó por enderezar la cabeza. Un rictus de dolor se dejó ver en su expresión.

—¿Y por qué has llegado a esa conclusión?

Lisan al-Din ordenó sus pensamientos antes de continuar.

—La palabra «baraka» ha aparecido varias veces en la investigación.

—Ya… —dijo el maestro con una sonrisa en la boca—. Y has venido al Suertudo a preguntarle, claro. Hace tiempo que abandoné esa rama de pensamiento. ¡La baraka que lo rige todo! —soltó en tono ampuloso.

—Pero cuando dabas tus clases insistías en esa idea. Puede que a ese Faray le calara tu mensaje.

El viejo asintió.

—Ya te digo yo que sí, le caló, y echó raíces dentro de él.

Ibn al-Jatib acercó su banco al maestro y apoyó los codos en las rodillas.

—Necesito que me hables de él —solicitó suplicante.

El anciano cerró los ojos y suspiró profundamente.

—Era un chico pobre cuando su madre lo trajo a la mezquita para que le diera clase —comenzó su relato.

Luego desgranó su narración repasando sus principales hitos.

Habló de un niño muy inteligente que sobresalía sobre el resto de sus compañeros, un niño solitario al que los demás excluían de sus juegos.

También explicó que a veces le preocupaban ciertos rasgos de su personalidad.

Era un hábil manipulador que en ocasiones utilizaba a otros niños para conseguir sus fines.

—Estaba muy unido a su madre y a su tía.

No tenía padre. Ellas lo mimaban y él no se despegaba de ellas.

Sobre todo, la madre protegía a su cachorro como una leona.

—Negó con la cabeza y resopló sonriente—.

No podías ni insinuarle nada malo sobre su hijo.

Y precisamente ese era en parte su problema: no tuvo a nadie que lo corrigiera…

—Detuvo su narración y perdió la mirada en el hieratismo, como si estuviera viendo el pasado más allá de las paredes de la estancia.

— Sidi , entre tantos alumnos, ¿por qué lo recuerdas a él? ¿Por qué sabías que venía a preguntarte por él?

—Seguí viéndolo cuando terminó sus clases en la escuela coránica.

Primero venía porque su madre le insistía, pero luego vino por voluntad propia.

Aquí, en mi casa, continuó su formación.

Seguía siendo un alumno prometedor, su inteligencia era sorprendente, pero empecé a ver ciertas rarezas…

Síntomas de algún trastorno. —Ibn al-Jatib escuchaba con atención.

Era la primera vez que obtenía información de primera mano sobre el asesino—.

Más tarde perdió a su madre. Nunca supe cómo, creo que él tampoco lo tenía claro.

—Endureció la mirada—. Ahí empezó su caída al abismo.

Los rasgos se manifestaron y se volvió un ser oscuro, resentido con el mundo, deprimido.

Siempre le había hablado de mi teoría de la baraka, pero fue entonces cuando se obsesionó con ella.

Sufría mucho, se le notaba, y no tenía ningún amigo.

Le recomendé que practicara la meditación para sanar su alma, que fuera a ver a alguno de los santones del barrio.

Poco después dejé de verlo. —Volvió a esforzarse por enderezar el cuello—.

Mantuve una relación estrecha con él durante años. Como ves, no fue un alumno cualquiera.

—Entiendo. Maestro, ¿no tienes idea de dónde puede estar ahora? —El viejo negó—. ¿Dónde vivía? ¿Cómo se llamaban su madre y su tía? Dame algún hilo del que poder tirar. La vida de mawlana corre peligro.

—Visir, si él está detrás de la muerte de Yusuf I y se ha propuesto acabar con Muhammad V, ándate con mucho cuidado. —Ibn al-Jatib sintió cómo una corriente paralizante recorría todo su cuerpo—. Su madre se llamaba Amina y su tía, Rasha. Ambas eran prostitutas. Poco más te puedo decir.

—¿Por qué Faray podría estar interesado en asesinar a mawlana ? —preguntó Lisan al-Din.

—Solo Alá puede saber lo que pasa por la cabeza de alguien así —respondió con un encogimiento de hombros.

El maestro le dio las señas de la vieja casa familiar de Faray y el nombre de la alhóndiga en la que las mujeres ejercían su oficio.

Ibn al-Jatib le dio las gracias y le pidió que mandara a alguien a la Alhambra si recordaba algún dato importante que pudiera servirle.

También le pidió discreción, por el bien de la investigación y por el suyo propio. Luego se despidió.

— Sidi , tu generación hizo mucho por Granada —reconoció Lisan al-Din—. Ahora tenemos una madrasa donde enseñamos a los mejores, pero hombres tú ejercieron su oficio durante décadas con sus propios medios. Admiro vuestra labor. —Inclinó la cabeza para mostrarle respeto.

El viejo intentó erguirse y le agradeció el reconocimiento.

Ibn al-Jatib salió de la casa excitado. Toda la información que había recibido se acrisolaba en su cabeza, dando lugar a una extraña sensación de miedo y euforia.

«Ahora estoy más cerca de ti, maldito Faray».

Amina besó a su hijo en la frente y se ajustó el hiyab al cabello para salir a la calle.

Rasha la observaba desde el otro extremo de la sala.

Contempló sus miembros menudos, consumidos por la escasez de alimentos, su rostro demacrado y triste, que albergaba cien tormentas, sus ojos sin luz, cansados de llorar.

—Anda con cuidado. Ya sabes lo que opino —le dijo.

Amina se alisó la túnica. Era la mejor que tenía. Miró a su hermana y encajó su reprobación. Sin embargo, no contestó. Soltó un escueto «os quiero» y se marchó.