El elegido Capítulo 16 #4
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Capítulo 16 #4

Ibn al-Jatib le palmeó las manos, unidas en su vientre.

El contacto hizo que ella sintiera el azote de la culpa.

Recordó los sueños y los encuentros con el amigo de la infancia.

No había rebasado ninguna frontera, se mantenía fiel a Lisan al-Din.

Sin embargo, en su imaginación, donde reinaba la libertad, guardaba el secreto de un deseo inconfesable, una llama que no conseguía apagar.

—Lo sé, Iqbal, lo sé. Vivimos días difíciles. Ya pasarán y todo volverá a ser como antes. —Se hablaban con cordialidad, pero sin cariño. Ambos se habían acomodado en la distancia que solía separar a las parejas pasados los primeros años de amor—. ¿Alguna novedad en los baños?

—Sigue habiendo tensión entre las viudas, y Mu’mina parece sufrir con todo eso. —Soltó una risita al recordar las palabras de Maryam—. ¿Sabes? La Gacela dice que la muchacha está preñada, que se lo nota en la cara. —Rio.

Su esposo, sin embargo, permaneció serio.

—Pocas veces se equivoca en esos temas —repuso—. Actúa como una curandera…

—Eso mismo ha dicho ella, que no se suele equivocar. En fin, en menos de un mes lo sabremos.

Lisan al-Din permaneció en silencio. Parecía dar por bueno el vaticinio.

Era una buena noticia para el emirato. Lo primero que necesitaba Muhammad V era un heredero.

Tal vez el Compasivo le diera un primer hijo varón.

Eso haría que los partidarios de Ismail al-Hassas tuvieran menos argumentos contra él.

Luego pensó en el propio Muhammad, un muchacho de quince años que en apenas dos semanas acababa de perder a su padre y lo había sucedido como emir, que se había casado con su prima y vivía acosado por la amenaza de un hombre extraño llamado Faray.

Necesitaba encontrarlo, localizar a ese individuo que se esfumaba como la niebla cada vez que intentaba dar con él.

«¿Quién eres?», se preguntó una vez más. «¿Y por qué quieres matar al emir?». Quizá la segunda pregunta fuera la realmente importante.

Tan pronto como llegaron a casa, con la noche a punto de cerrarse, Ibn al-Jatib se retiró a su estudio. «No tengo hambre. Cena sin mí. Debo terminar un asunto», se excusó con Iqbal. Prendió dos lámparas de aceite y se sirvió una copa de vino dulce. Solo bebía cuando pretendía componer poesía.

A la luz escasa de las lámparas organizó su mesa de trabajo.

Abrió su escribanía, tomó una pluma y la mojó en tinta, dispuso un papel limpio frente a él y bebió de su copa mientras esperaba que la inspiración acudiera a su llamada.

«Nada como la poesía para borrar el rastro de la amargura», solía decirse el visir.

El vino comenzó a relajar sus nervios, expandiendo la calma por todo su cuerpo como un bálsamo reparador.

Recordó sus mejores poemas, los que ya decoraban algunas salas palaciegas, y afloró el orgullo del poeta que había rubricado la Alhambra con sus versos.

Luego vino a su memoria Ibn al-Yayyab, su maestro, el primero cuya poesía adornó los palacios nazaríes.

«Cuánto te echo de menos…». La herida de su pérdida todavía palpitaba en su corazón.

La imagen del hombre a punto de morir, tendido en su lecho, le hizo llorar.

«Fuiste mi segundo padre». La melancolía se cebó con él y los recuerdos de la batalla del Salado atizaron su dolor.

Su hermano y su verdadero padre también lo visitaron en la soledad silenciosa del estudio.

«Eras mejor que yo», le dijo a su hermano, que le sonreía desde la penumbra de un rincón.

«Espero algún día ser igual que tú», le dijo al fantasma de su padre, que lo miraba con gesto sereno, confundido en el halo de luz de una de las lámparas.

Recordó Loja y su infancia feliz, cuando solo se dedicaba a correr por los montes y los bosques, y a bañarse en los ríos de la comarca cuando el tiempo lo permitía.

«Un día de estos te va a llevar la corriente del río Frío».

Creyó oír la voz de su madre como un eco del pasado que se hacía presente filtrándose como la brisa por los huecos de las ventanas.

El dolor se hizo más intenso. Apenas era un niño cuando la perdió, pero había tenido tiempo de amarla y de recibir su amor.

Las caricias que ella no le pudo dar seguían siendo un vacío insoportable en su alma.

Guardaba en la memoria imágenes de aquel tiempo, escenas confusas en las que su padre se escondía de él para que no lo viera llorar.

Pensó que una sola pérdida podía dañar todo un universo.

«Lograré recordarte sin sufrimiento», se dijo, convencido de que se lo debía a su madre.

Observó el papel. Una gota de tinta se había derramado de su pluma, manchando su blancura. Se sintió capaz de vomitar su melancolía en forma de versos y comenzó a dibujar trazos que, lentamente, fueron conformando palabras.

Vuelan oscuras mariposas,

en la madrugada de mi alcoba,

busco tu calor en mi memoria,

y solo encuentro un témpano

de dolor y rabia afilado…

En el trance de los recuerdos había conseguido olvidar por unos instantes los problemas que sacudían la Alhambra.

Sin embargo, enseguida resurgieron con fuerza, imponiendo su ansiedad sobre la calma poética.

Dejó a un lado la pluma. Había comenzado a sentir la vieja presión en la nuca.

Se sirvió más vino dulce. «Donde no llegan los versos, llega el sueño etílico».

Sorbo a sorbo, fue apagando su conciencia.

Volvió a llorar, con más fuerza incluso.

Los fantasmas, insistentes, lo acosaban.

Finalmente, vencido por el alcohol, cayó derrotado sobre la alfombra.

Ni siquiera el sueño pudo hacerle olvidar.

La sala del Mexuar permanecía en penumbra.

Las lámparas de aceite estaban prendidas, pero su luz no tenía fuerza; sus pobres llamas titilaban como pequeñas estrellas en un firmamento de luna nueva.

El emir permanecía sentado sobre un almohadón entre las columnas de la linterna.

Ibn al-Jatib, frente a él, leía un informe.

A veces Muhammad V asentía y sonreía, conforme con lo que su visir le decía.

Desde el patio trasero, una sombra accedió a la sala.

Ibn al-Jatib distinguió su forma deslizándose por las paredes, oscura y silenciosa, como una amenaza que solo él pudiera percibir.

El emir abrió la boca y dijo algo, pero su visir no lo entendió.

Toda su atención estaba dirigida hacia la negrura que se acercaba sigilosa.

La sombra se situó bajo la linterna y, cuando tuvo a Muhammad al alcance, dejó ver una pequeña hacha que voló diestra en sus manos.

Ibn al-Jatib abrió la boca para gritar, pero no emitió sonido alguno.

El emir parecía no enterarse de lo que estaba ocurriendo.

Recibió un tajo del arma en el cuello y cayó hacia atrás lentamente, sin gritar, sin aspavientos de dolor.

Su asesino se deslizó hacia la salida sin que Ibn al-Jatib pudiera distinguir su rostro.

El visir gritó, los muros de la sala temblaron y algunas yeserías se desprendieron de ellos, cayendo al suelo y partiéndose en varios pedazos.

Luego se dirigió hacia el cuerpo del emir para comprobar su estado.

Cuando lo tuvo frente a sí, un estremecimiento lo sacudió.

Se encontró cara a cara con su alumno, el niño de poco más de cinco años al que había instruido en la casa de Yusuf I.

Sin embargo, su cuello seguía atravesado por el tajo, una herida infame que desfiguraba el cuerpo infantil.

Ibn al-Jatib lloró sobre el cuerpo menudo y se golpeó el pecho con desesperación.

—¡Maldito! —gritó a la soledad del Mexuar.

Las lámparas se apagaron súbitamente.