Capítulo 16 #3
Ambos explotaron en risas nerviosas que llamaron la atención de los invitados.
La madre del novio observó la escena, la complicidad, cómo conversaban, los gestos que delataban algo más que amistad.
Desde el otro extremo del patio, la esposa de Ahmed hacía lo mismo.
Las miradas de las dos mujeres se cruzaron.
«Lo sé», parecieron decirse con un leve asentimiento, casi imperceptible.
La fiesta continuó hasta el atardecer, aunque el ambiente había decaído mucho antes.
No hubo músicos ni poetas que amenizaran el banquete.
Los invitados desearon a los novios una vida próspera, se despidieron y comenzaron a retirarse.
Desde el patio de su casa, Ibn Zamrak escuchó cómo los parientes de su esposa cuchicheaban.
«Una casa muy pequeña». «Un advenedizo, se nota que no tiene clase».
El secretario estaba junto a su esposa, que, avergonzada, bajó la mirada.
Él, en cambio, mantuvo la cabeza alta. Habían lanzado dardos contra su orgullo, pero no habían conseguido herirlo.
—Hiba, pronto te daré una vida mejor que la que tenías en Baza. —Estaba serio—. Pronto estaré por encima de los tuyos, por encima de todos menos de mawlana .
No pudo reprimir aquel arrebato con el que acababa de encauzar su ambición sin medida.
A primera hora de la tarde, Iqbal se presentó en los baños del palacio de Comares.
Butayna había organizado un encuentro de mujeres y Mu’mina había invitado a su amiga.
El emir les había pedido a su madre y a su esposa que aparentaran normalidad en la corte.
Quería suavizar la relación con la Gacela blanca después de haber enviado a su hijo a Guadix.
Iqbal accedió al establecimiento deliberadamente tarde.
Había oscurecido sus cabellos con aceite de mirto, había eliminado el vello de sus extremidades usando cal, había untado su piel con aceite de violeta y se había frotado los dientes con sosa y azúcar.
Llevaba puesto su mejor vestido, de seda teñida de verde, y lo había perfumado con polvos de sándalo.
Sus labios lucían un ligero tono bermejo, conseguido con colorante fecí, e incluso había pintado con kohl el contorno de sus ojos.
Cuando el elche que protegía la entrada le franqueó el paso se sintió secretamente decepcionada.
Poco después, mientras se desvestía y tomaba su futa , la decepción dio paso a una sensación de ridículo.
«¿Qué pretendías? ¿A quién querías impresionar? », se reprochó a sí misma con dureza.
Descendió las escaleras que conducían a la sala de reposo y caminó hasta la sala templada.
La joven esposa del emir festejó su llegada y la llamó para que se sentara a su lado.
Le agradaba su compañía, la sentía como una hermana mayor que le daba buenos consejos y protección frente a las cortesanas.
«Eres mi refugio, amiga», le susurró mientras el resto de las mujeres parloteaban.
Mu’mina le hizo confidencias a la esposa del visir, le habló de su matrimonio, de la dicha de estar unida a su primo, pero también del miedo, de la ansiedad que colmaba su pecho cuando pensaba en los intentos de envenenamiento.
«A Muhammad parece no afectarle, pero yo sé que le importa, que está preocupado».
Su amiga intentó consolarla, borrar de su mente esa angustia que, secretamente, también le afectaba a ella.
—¡Iqbal! —Maryam alzó la voz para hacerse oír por todas—.
Te habrás enterado de que en tu barrio han matado a un guardia, ¿no?
Parece que las sospechas se deben mover de la Sabika al Albaicín…
—La Gacela miró alternativamente a Butayna y a la esposa de Ibn al-Jatib—.
También sabrás que han mandado a mi hijo a Guadix.
—Su mirada se aceró—. Es todo un orgullo que mawlana cuente con su hermano para una misión tan importante.
—Todas en la sala captaron su ironía—. Espero que ahora estéis más tranquilas. —Volvió a mirar a la madre de Muhammad.
Poco a poco, las demás mujeres retomaron sus conversaciones, intentando aparentar que no habían escuchado nada. Sin embargo, la Gacela volvió a hablar, dirigiéndose en esta ocasión a Mu’mina.
—Tienes cara de embarazada —soltó mientras entornaba los ojos, como si estuviera valorando el cuerpo de la joven—.
No suelo equivocarme en estas cosas, así que prepárate.
—Instintivamente, la esposa del emir se llevó una mano al vientre.
Maryam sonrió con malicia—. Ten cuidado, durante el embarazo los hombres huyen y buscan otros brazos.
Luego, quién sabe si los recuperas. Muchos se quedan en esos lechos…
Butayna, con gestos pausados, se puso en pie. Caminó hasta la sala caliente para alejarse del veneno de aquellas palabras. La esposa del hayib Reduán no pudo contenerse y respondió al envite:
—Te llaman Gacela, pero tienes lengua de serpiente.
A continuación, sin perder la dignidad, siguió los pasos de la viuda de Yusuf I.
Maryam pareció crecerse con el ataque, complacida por saber que su reflexión había acertado en el corazón de su rival.
Aunque no era su principal objetivo, Mu’mina también recibió su dardo.
Iqbal se percató y trató de restarle importancia:
—Ni caso. Tengo tres hijos y sigo teniendo a mi esposo a mi lado.
Antes de terminar de decirlo, se dio cuenta de que ella también había sido herida por la ponzoña de la Gacela. Hacía meses que sentía que estaba perdiendo a Ibn al-Jatib.
Las mujeres salieron de los baños cuando el sol ya se había perdido en el horizonte. Mu’mina se despidió de su amiga y le pidió que volviera cuando tuviera ocasión. Iqbal le aseguró que lo haría, que no la dejaría sola.
Decidió encaminar sus pasos a la Secretaría. El elche que custodiaba la puerta llamó a voces a otro guardia para que la escoltara. Al instante, al-Baaz apareció al otro lado del callejón que daba acceso al baño.
—Señora —se recreó en la palabra e inclinó la cabeza con gestos exagerados—. Cuando gustes.
Iqbal echó a andar y ambos se alejaron de los baños en dirección a la zona administrativa.
—Conmigo puedes dejar los formalismos —le dijo la mujer. En cuanto lo vio aparecer, un extraño rumor agitó su estómago, a medio camino entre la excitación y el miedo.
—Veo que te has maquillado antes de venir. —El guardia señaló su rostro, en el que podía verse el kohl difuminado y corrido por sus mejillas. Iqbal imaginó que los vapores del baño lo habían desmejorado y se llevó las manos al rostro, apurada—. Con maquillaje o sin él, eres preciosa.
La mujer calló, incapaz de reaccionar. Al-Baaz miró a su alrededor para asegurarse de que nadie podía escucharlo.
—Iqbal, apenas duermo —comenzó su confesión—.
Te has metido en mi corazón y no puedo sacarte.
Sueño despierto contigo y siento que muero de amor.
—Al fin, como si hubiera destapado la fuente de sus sentimientos, las palabras brotaron a borbotones, atropellándose unas a otras con ansia—.
El destino ha hecho que nos volvamos a encontrar después de tantos años…
y te ha puesto a mi alcance. Debe ser por algo.
—Estaban a pocos pasos del Mexuar, ella seguía en silencio—.
Habla, di algo. Si no lo haces, me alejaré de ti para siempre. Te dejaré tranquila.
Iqbal se detuvo, pero evitó mirarlo. Su corazón repicaba con fuerza contra su pecho.
—¿Qué esperas que te diga, al-Baaz? —Sus palabras escondían una emoción latente, pero aun así perceptible, como el sol detrás de las montañas cuando clarea el alba—. ¿Qué importa lo que tú o yo queramos? Somos amigos, siempre lo hemos sido. Y no seremos más que eso.
Retomaron la marcha. El guardia tuvo su respuesta y, mientras caminaba, sintió cómo la ilusión crecía en su pecho y contaminaba todo su ser. «Ahora sé que tú también me amas». Había sabido leer los silencios, las palabras no pronunciadas.
Llegaron al patio de la Secretaría, e Iqbal se alejó de él sin despedirse.
«Me equivoqué. Debí haber peleado por ti con mi padre», se dijo al-Baaz mientras la razón de sus desvelos se acercaba a paso ligero al despacho de Ibn al-Jatib.
El visir de la Pluma estudiaba los planos del cerro del Sol y de sus alrededores cuando su esposa llegó. Las ideas del emir bullían en su cabeza y se había puesto a trabajar en ellas de forma inmediata.
—Al final no has ido… —dijo la mujer a modo de saludo.
Ibn al-Jatib se volvió hacia ella con el rostro extrañado, sin descifrar a qué se refería. Enseguida pareció recordar y esbozó una sonrisa.
—La boda… No tengo tiempo para esas cosas. No creo que Ibn Zamrak me haya echado en falta.
—Trabaja para ti. Es tu pupilo, y a veces te he oído hablar de él como de un hijo.
El hombre manoteó el aire para quitarle importancia a sus palabras.
—Ya he hecho bastante por él. Lo metí como auxiliar en el diwan y ya ha ascendido a katib . Si le das tiempo, acabará quitándome el puesto —soltó, agorero, como si se arrepintiera en cierta medida de haberle ayudado—. Es demasiado ambicioso, como la mayoría aquí, en la Alhambra.
Iqbal se encogió de hombros. Conocía a su esposo lo suficiente como para saber que no le gustaba que cuestionaran sus decisiones.
Ibn al-Jatib recogió los planos y apagó la lámpara que usaba para leer.
Su vista comenzaba a resentirse. Las horas de trabajo extenuante, tanto de día como de noche, hacían mella en su salud.
Salieron de la Secretaría y tomaron la montura del visir. El hombre despachó al guardia que solía acompañarlo a casa. Iqbal montó tras él y se abrazó a su cintura.
—Estás más delgado —le dijo mientras atravesaban la puerta de las Armas—. Vas a caer enfermo, esposo.