Capítulo 16 #2
Faray permaneció en silencio. Las ideas daban vueltas en su cabeza.
Observó el libro de filosofía. Había pueblos que inventaban dioses y que vivían en la ignorancia, pero ¿quién podía confirmar qué dios era el verdadero?
Pensar aquello constituía en sí una herejía.
¿En qué consistía aquella suerte en la que tanto insistía su maestro?
¿Escapaba al control de Alá? ¿O acaso era el propio Dios el que determinaba cada destino?
En esa ocasión prefirió guardarse las dudas.
Simuló estar conforme con aquellas cuestiones y pasaron a leer juntos algunas suras del Corán.
Luego repasaron los fundamentos de la aritmética y terminaron realizando ejercicios de redacción y oratoria.
Cuando la esposa se asomó al salón por segunda vez, el maestro dio por terminada la clase.
Faray echó mano a su bolsa y extrajo varias monedas.
El hombre lo detuvo extendiendo la mano con la palma hacia abajo.
«Ni lo intentes», le dijo con la mirada.
—Nuestras cuentas están saldadas. Ven cuando quieras y no dejes de estudiar. Sería una pena que una mente como la tuya se desperdiciara.
Le guiñó un ojo y lo acompañó al zaguán, donde se despidió de él. Enternecido, lo observó mientras se alejaba caminando por las callejas del barrio.
«Entiendo tus dudas, Faray. Si alguien como tú hubiera nacido en otro ambiente, habría podido llegar adonde hubiera querido», se dijo el maestro.
Muhammad V accedió al recinto del nuevo palacio escoltado por cuatro guardias elches.
Ibn al-Jatib lo esperaba junto al seto oriental de arrayán.
Un rato antes, los operarios habían estado instalando una de las fuentes de la alberca, pero dejaron de trabajar allí y se trasladaron al interior del pabellón residencial, donde otros trabajadores se afanaban en enlucirlo.
El emir y su visir pasearon por el patio.
El propio Muhammad había solicitado aquella reunión.
Quería hablar con Lisan al-Din sobre los diferentes proyectos que tenía en mente.
En primer lugar, le habló sobre la idea de poner en producción más tierras en el cerro del Sol, sobre las huertas del Generalife.
El visir conocía bien aquel empeño. Él mismo había trabajado sobre él para Yusuf I.
—Se podría extraer un tercio del agua de la acequia sin que afectara al abastecimiento de la Sabika —afirmó con seguridad, confirmando la información que el propio emir manejaba.
Luego, Muhammad explicó su idea de construir una segunda acequia en una cota superior, que irrigaría una zona más elevada del cerro.
También le habló sobre su intención de construir una almunia que dominara toda Granada y sus colinas, como una piedra preciosa engarzada en su corona.
Ibn al-Jatib escuchaba con atención, complacido al constatar que el joven emir se abstraía de los problemas, que conseguía evadir la mente de la amenaza que se cernía sobre él como una nube oscura y ponzoñosa.
—Con los medios de que dispones es posible, y aportaría una buena renta.
El joven Muhammad asintió con entusiasmo. En ese gesto Ibn al-Jatib reconoció al niño que había instruido durante tantos años. «Has madurado. Has sabido revestirte del aura regia, pero sigue estando ahí el zagal inteligente y despierto».
—Hay algo más de lo que quiero hablarte.
—El emir dirigió el paseo hacia el salón del Trono.
La atmósfera del interior los envolvió y los sonidos de fuera se atenuaron—.
Mi padre quiso tener el cielo en su palacio.
—Alzó las manos hacia la bóveda de artesonado que representaba un mar de estrellas—.
Durante una visita a estas obras él me dijo que cada emir debe acometer empresas en la Alhambra que hagan que su nombre perdure.
Este es el palacio de Yusuf, Alá lo colme de gloria.
Yo tendré el mío propio, y en él representaré el Paraíso.
Ibn al-Jatib se tomó su tiempo antes de responder.
Procesó la idea de Muhammad y la analizó durante varios segundos.
Todo hijo debe aspirar a superar la obra de su padre, pero Granada también necesitaba otras obras que no estuvieran al servicio de la vanidad del emir.
Eligió bien las palabras para no generar una confrontación.
—Lo que decidas, mawlana , será hecho. —Agachó la cabeza en señal de sumisión—.
Me tendrás a tu servicio en la ordenación de esos proyectos.
—Hubo un breve silencio—. Pero si aceptas mi humilde consejo, opino que, además de construir mejores palacios en la Alhambra, hay que acometer obras necesarias en la ciudad y en el resto del emirato.
Los castillos de la frontera necesitan reparaciones, a Granada no le vendría mal un maristán, la muralla del Albaicín tiene zonas por terminar…
—No descuidaré esas tareas, visir. —El emir marcó distancia nombrándolo por su cargo—.
No hablo de algo inminente. Primero terminaré este palacio.
Luego ya se irá viendo lo demás. Llevo dos semanas en el trono y mi cabeza es un hervidero de ideas.
—Sonrió—. Soy consciente de mi edad, tengo muchos años por delante, si Alá lo permite…
La sombra de la preocupación apagó su mirada al pronunciar la última frase. Ibn al-Jatib se dio cuenta e intentó empujarlo hacia la luz:
—Háblame de tu palacio, de ese Paraíso que quieres representar.
Muhammad salió de nuevo al patio y señaló hacia oriente, donde estaban los jardines y el palacio de Ismail I, su residencia actual.
—Estará ahí, a continuación del de mi padre. —La mirada se volvió a encender—. Tendrá un patio, pero sin alberca. En el centro he pensado que habrá una gran fuente con cuatro canales que llegarán a ella. Así el patio se partirá en cuatro jardines.
—Los cuatro ríos del Paraíso… —comentó Ibn al-Jatib.
Muhammad volvió a asentir con ilusión infantil.
—Es un proyecto hermoso, mawlana , y el Compasivo te permitirá ejecutarlo.
—Espero que así sea, y que tú estés a mi lado para ayudarme a llevarlo a cabo. Pero si el Altísimo no me permite vivir lo suficiente, poco me importa…
—¿Qué quieres decir?
El joven miró a los ojos a su visir. En su mirada había fuego, pero también una melancolía fría que pugnaba con él.
—Que empiezo a estar cansado del miedo, de las precauciones, de no poder dar un paso sin tener cinco guardias a mi alrededor…
Lisan al-Din caminó hasta situarse junto al seto de arrayán. Arrancó una ramita y la dejó caer sobre el agua verdosa de la alberca. Las ondas difuminaron el reflejo.
—Lo atraparé —dijo, expresando en voz alta su determinación—. Te juro por mi vida que daré con él y terminaré con esta pesadilla.
Aquel mismo día, la casa de Ibn Zamrak se vistió de fiesta.
La sobrina del arráez de Baza había llegado a la capital para desposarse con el katib de la Secretaría.
Los invitados apenas llegaban a diez. Por parte de la novia estaban sus padres, un hermano mayor y un tío paterno junto a su esposa.
Todos habían viajado desde la frontera para asistir al enlace.
Por parte del novio habían sido invitados su madre, su hermano, el oficial Ahmed e Ibn al-Jatib, aunque este último se excusó y declinó la invitación.
«Tengo asuntos urgentes e importantes que me impiden acompañarte», le había dicho a su pupilo.
El visir asumió íntegramente el coste del convite con el que Ibn Zamrak obsequió a todos los presentes.
La dote de la novia la costeó el emir. El secretario no tenía ahorros suficientes como para pagarla de su bolsillo.
Por el reducido número de asistentes, en la fiesta no hubo separación entre hombres y mujeres.
La madre del secretario lloraba a cada instante, emocionada después de ver la casa de su hijo en mitad de la Alhambra, por saber que su trabajo era importante y que el propio emir lo tenía en alta estima, por ver a su Ibn Zamrak tan sonriente, tan contento por su casamiento con una mujer elegida para él por Muhammad V.
«Hoy se van todas mis penas, hijo mío», le dijo en un arrebato.
«Empieza una nueva vida para ti, y también para mí, y veo luz donde antes solo había sombras».
Ibn Zamrak la abrazaba con cariño y no la dejaba sola.
También cuidaba de que su hermano no se pasara con el vino.
El muchacho lo había probado y, en cuanto el novio se despistaba, se echaba un trago al coleto.
«Mira, Zamrak. Vino», le decía y, sin malicia, se lo bebía antes de que el hermano le diera alcance.
No tardó en caer derrotado por el sueño dulce de la borrachera.
Ahmed había asistido con su esposa, una mujer joven de tez oscura y mirada intensa.
El matrimonio no tenía hijos, pero ella mostraba una incipiente barriga de embarazada.
El oficial permanecía apartado. Aguardaba el momento adecuado para poder hablar a solas con su amante.
Cuando todos hubieron terminado de comer, se sirvieron dulces e infusiones.
Los invitados charlaron en corrillos e Ibn Zamrak aprovechó el momento para acercarse a Ahmed.
El oficial lo felicitó y ambos simularon la cortesía de dos compañeros de trabajo.
—Me alegro por ti sinceramente. Ahora tienes lo que se espera de ti.
Todos debemos tenerlo. —Ahmed miró a la novia—.
Has tenido suerte, es hermosa. —Ibn Zamrak asintió—.
¿Te atraen las mujeres? —Hubo un nuevo asentimiento—.
A mí también, aunque prefiero el otro placer.
—Miró a su alrededor para cerciorarse de que tenían intimidad—.
Debes cumplir con tu esposa. Es importante.
Estamos condenados a tener dos vidas, y en las dos debemos ser eficaces.
El corazón de Ibn Zamrak latía con fuerza. Los sentimientos se agolparon en su pecho y estuvo a punto de llorar.
—¿Nos seguiremos viendo? —preguntó con un hilo de voz.
—Claro que sí, estúpido.