El elegido Capítulo 16
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Capítulo 16

Kamal recibió a su amigo en el patio interior de la casa de enfermos.

Ibn al-Jatib le dijo que había decidido aportar financiación a su obra.

Había constituido en habiz una pequeña finca cercana a su zawiya , frente a la sierra de Elvira.

Los beneficios irían destinados íntegramente a aquella institución.

—Con ese dinero ayudarás a muchos enfermos, Lisan al-Din. Te lo agradezco.

—¿En qué podría emplearlo mejor? Ojalá pudiera hacer más… Estoy hablando con mawlana sobre la necesidad de fundar un maristán.

Kamal lo miró con los ojos brillando de excitación.

—Convéncelo. Granada necesita un gran hospital. Aquí apenas llegamos a atender a los enfermos del barrio.

—Tu convicción también es la mía, amigo. Sin embargo, requiere tiempo y una gran inversión. Muhammad ahora mismo está centrado en terminar los palacios. Pero insistiré.

—Te conozco bien. —Kamal señaló al visir con el dedo sin dejar de agitarlo—. Lo acabarás consiguiendo. Mientras tanto, tu habiz aliviará la situación de esta humilde casa de enfermos. Gracias.

El médico se interesó por la investigación e Ibn al-Jatib le narró los últimos acontecimientos.

Kamal había escuchado la noticia del guardia asesinado, pero desconocía los detalles.

En ese momento tuvo una idea más clara del verdadero calibre que tenía el asunto.

El visir de la Pluma terminó su relato y se quedó pensativo durante unos segundos.

—Tengo que pedirte una cosa —dijo al fin.

Kamal suspiró. Fue un sonido leve, prácticamente imperceptible, pero no escapó a la atención de Ibn al-Jatib—.

No es una contraprestación. El habiz está constituido y seguirá estándolo pase lo que pase —aclaró.

Su amigo guardó silencio para dejarlo continuar—.

Necesito tu ayuda, pero eres libre de dármela o no.

Por aquí pasan algunos dementes del arrabal.

Podrías sacarles información útil para la investigación.

—¿Qué quieres que haga? —Su voz se tornó áspera—. Me acabas de contar que un hombre ha muerto de forma violenta por preguntar por Faray. Dime, ¿qué necesitas de mí? —Estaba serio y un anticipo de desesperación afloró en su mirada.

—Si no estuviera la vida de Muhammad en peligro, no te lo pediría.

Imagina lo que podría pasar en Granada si logran acabar con él, si su medio hermano Ismail le sucediese en el trono.

—Había alzado la voz, pero enseguida se percató y rebajó el tono—.

Amigo, no te pido que preguntes directamente por él, no soy tan estúpido.

Hablo de indagar sutilmente, de poner un cebo y ver si obtienes algo.

Puedes hablar sobre la baraka. Es la otra pista que tenemos.

Kamal meditó durante unos segundos.

—¿Te das cuenta? Siempre consigues lo que quieres. Estás acostumbrado a ganar. No puedo negarte nada.

—Sabía que dirías que sí, pero quiero que lo hagas convencido, que te sientas parte de mi lucha.

—Lo haré —dijo sin más el médico. Apoyó una mano en el hombro de Ibn al-Jatib y lo condujo a un banco de piedra. Se sentaron al sol de otoño—. La baraka… Me trae recuerdos de cuando éramos niños. ¿Recuerdas al Suertudo?

—¿El maestro? Vagamente. En esa época me interesaba más la medicina —reconoció Ibn al-Jatib—, pero fui a alguna de sus clases.

—Yo era un asiduo. Me gustaban sus lecciones de teología. Me he acordado de él porque siempre nos hablaba de la baraka, de esa especie de suerte que rige el mundo… —lo dijo emulando su voz—. Por eso lo llamábamos Suertudo.

Lisan al-Din rio.

—Pues ahora me entero. Pensaba que era por su esposa. A esa la recuerdo mejor…

Ambos se carcajearon. Aquel maestro de teología recibía a los alumnos en su propia casa, como muchos otros antes de que la madrasa abriera sus puertas.

—Era un buen hombre. Si algún niño no tenía dinero, pero quería seguir aprendiendo, le daba clases gratuitas. —Negó con la cabeza al recordar algo—. Tuvo más de un disgusto por sus clases. Algún faquí se fijó en él. Creían que al hablar así de la baraka estaba restando importancia a Alá.

Sorprendido, Ibn al-Jatib miró a Kamal a los ojos. Una idea comenzó a bullir en su mente.

—¿Sabes si sigue vivo?

—No pensarás…

—Cualquier pista es válida, Kamal. Estoy desesperado y desorientado. Ese maestro residía en el Albaicín y hablaba sobre la baraka. Si aún vive, me gustaría hablar con él.

—Vive, sí. En la misma casa, cerca de la puerta de Elvira.

—Cómo no se te ha ocurrido antes hablarme de él…

Kamal se encogió de hombros.

—Es un viejo que apenas sale a la calle. Igual hasta ha muerto y no me he enterado. La última vez que lo visité fue hace unos cuantos meses.

Ibn al-Jatib se puso en pie y comenzó a despedirse.

—No pierdo nada por intentarlo. Iré a verlo mañana. Ahora debo acudir a la Alhambra. Tengo una reunión con mawlana . —Kamal se había levantado y el visir lo abrazó—. Gracias por todo, amigo. Si averiguas algo, házmelo saber.

—Descuida, Lisan al-Din. La paz sea contigo.

—El visir comenzó a caminar hacia la salida y Kamal lo siguió—.

Hay algo que debo decirte. —Ibn al-Jatib se detuvo—.

Vi a Umm al-Hassan en tu despacho… No soy tonto —añadió enseguida, ahorrándole a su amigo el intento vano de mentirle—.

No es asunto mío, pero te lo digo como amigo: ve con cuidado.

—El otro hizo amago de replicar, de excusarse, pero Kamal no le dio opción—.

Nos conocemos, no intentes engañarme ni te engañes a ti.

Está casada y su esposo no es estúpido. Ten cuidado.

Visiblemente incómodo, Ibn al-Jatib asintió y le dio las gracias por el consejo. Hizo el camino hacia la Sabika con un dolor impreciso en el pecho. «Lo sé, viejo amigo. Todo eso ya lo sé. Pero lo que tú no sabes es que al amor no hay quien pueda ponerle puertas».

El niño descargó los canastos de la carreta y los fue introduciendo en el patio de la vivienda. Eran verduras de las huertas de la Alberzana que un mercader había comprado esa misma mañana. El hombre tenía tres puestos de venta repartidos por las plazas del arrabal.

—Toma, mozo. Te llamaré cuando haya más trabajo.

Faray contó las monedas. Había medio dírham de más.

Le dio las gracias y se fue a Fajalauza, donde le habían dicho que buscaban mozos de carga para tres carros de telas.

El niño había enreciado y soportaba bien el trabajo.

Nunca se quejaba ni regateaba con el precio.

No ganaba demasiado, pero aliviaba en cierta medida las penurias de la familia.

Hacía dos años que su benefactor había dejado de enviar dinero, lo cual había animado a su madre y a su tía a buscar otras fuentes de ingresos.

En Fajalauza había bullicio. Siete carros permanecían apostados entre los almendros del collado mientras los mozos hacían los últimos viajes para desplazar la mercancía al interior del arrabal. Uno de los mozos, un niño de unos diez años, reconoció a Faray.

—Ya te puedes ir —le dijo mientras acarreaba un gran hatillo de telas asegurado con cuerdas—. Aquí ya está todo hecho.

Faray se dio la vuelta y se marchó. Camino de su casa, pasó cerca de la de su maestro. Ya no tenía edad para asistir a la escuela coránica, pero aquel hombre lo había animado a seguir formándose en su propia vivienda. Decidió pasar a verlo.

El maestro lo recibió en su madjlis . Se alegró de verlo y lo invitó a sentarse frente a él. Estaba estudiando un tratado filosófico de los antiguos griegos que había sido traducido al árabe en Bagdad.

—Poco trabajo hoy, ¿no? —Faray asintió—.

¿Sabes de qué habla este libro? —Lo levantó ligeramente del atril, dispuesto a hablarle sobre él—.

De la necesidad de Dios. —El niño frunció el ceño, sin acabar de comprender—.

Necesitamos a Dios para explicar el mundo.

Por eso los pueblos que no conocen al Altísimo inventan otros dioses —aclaró.

Faray meditó sobre esas ideas y el maestro lo dejó pensar durante unos segundos. Ya conocía su manera de razonar.

—Hay pueblos que inventan dioses, ¿no? —El hombre asintió—. Dioses falsos… —razonó, dejando en suspenso sus palabras—. Pero Alá se revela al hombre. Entonces, ¿por qué no se revela a esos pueblos?

El maestro sonrió. Ahí estaba la mente despierta de un niño de poco más de diez años que tenía la madurez de un adulto.

—La verdad de Alá es eterna e inmutable. Lo que hagan esos pueblos no altera su esencia. Lo que ocurre es que no todos los hombres están preparados para verla. Por eso hay que predicar, llevar esa verdad a todos los hombres.

—Todos nacemos creyentes de Alá, aunque no sepamos verlo.

—Sí, Faray. Todos somos hijos del Altísimo. Sin embargo, unos nacen en el pueblo elegido y otros no.

—Maestro, ¿y qué determina que nosotros hayamos nacido en el pueblo musulmán y otros hayan nacido entre infieles?

El hombre volvió a sonreír. Su esposa, una mujer hermosa y elegante, atravesó el salón camino de la cocina.

—Hijo —el maestro habló con voz calmada—, a estas alturas creo que tú mismo puedes responder a esa pregunta…

—La baraka —dijo el niño al instante.

—Exacto, la suerte de haber recibido la bendición del Altísimo. No hay más.