Capítulo 15
A primera hora de la mañana, el guardia deambuló por las calles de la alcazaba Cadima.
Visitó las placetas, los patios de las mezquitas y los pórticos de los palacetes.
Luego salió del recinto de la alcazaba y se internó en el arrabal del Albaicín.
Las calles comenzaron a llenarse, pero seguía sin encontrar lo que buscaba.
Cerca del mediodía decidió dirigirse a la zona de huertas que había al norte, anexa a la muralla recién construida.
En las inmediaciones de la mezquita de la Pureza, en la linde del cementerio del Albaicín, se topó con un hombre que parecía encajar en el perfil que le habían indicado.
Era un mendigo, un hombre maduro y enjuto con la barba larga y canosa.
Vestía una túnica corta y unos zaragüelles desgastados, hechos jirones por algunas partes.
El guardia se detuvo ante él y lo saludó, pero el mendigo rehuyó su mirada, abstraído en algún pensamiento.
—La paz sea contigo —insistió alzando la voz.
No había nadie más en aquella zona del barrio. El mendigo, intimidado, al fin respondió al saludo.
—Estoy buscando a alguien —dijo el guardia—. A lo mejor me puedes ayudar. Tengo con qué pagarte. —El mendigo pareció abandonar sus pensamientos y centró la atención en él—. Busco a un hombre como tú que se llama Faray.
Al escuchar el nombre, por primera vez desde que se había acercado a él, el guardia percibió un interés real.
—¿Lo conoces? —añadió.
El mendigo se tomó su tiempo en contestar. Observó los alrededores, luego miró hacia el cielo como si buscara una señal. Finalmente sonrió y asintió.
—Llévame a él y te daré un dinar de oro. Entero para ti.
El hombre se puso en pie y comenzó a caminar en dirección a la puerta de Fajalauza.
El guardia lo siguió a poca distancia. Se detuvieron a la entrada de una vivienda abandonada que daba a las huertas de la Alberzana.
El mendigo empujó la puerta desvencijada y entró.
El guardia lo imitó. Arrastró la puerta, que rozaba con el suelo, y se perdió en el interior de aquella construcción ruinosa.
Dentro, las sombras se apoderaron de él.
La mujer seguía gritando y llorando, todavía impactada.
Llevaba un pañuelo en la cabeza, atado bajo el mentón.
Sus manos estaban manchadas de tierra. Dos guardias la interrogaban, pero no habían conseguido obtener de ella ningún dato relevante.
Ibn al-Jatib llegó al lugar poco después y fue informado de los detalles.
Apartó a la campesina del bullicio e intentó calmarla.
—Necesito que te tranquilices. Respira hondo. —Hizo el gesto hinchando el pecho—. Bien, así. Cuéntame lo que has visto.
La mujer se sacó un pañuelo del pecho y se frotó los ojos para secar sus lágrimas.
—He salido de la huerta para llevar un cesto de verduras a mi casa.
—Lo señaló, a sus pies—. Al pasar por aquí he visto un charco de sangre que salía por ahí, de debajo de la puerta.
—Movió la cabeza hacia la casa en ruinas y volvió a enjugarse las lágrimas.
Negó con la cabeza—. Eso ha tenido que ser obra de Shaitán, de al-Waswas.
—Agarró el amuleto que le colgaba del cuello y lo besó tres veces.
«Al-Waswas, el susurrador de la tentación», pensó Ibn al-Jatib.
—¿Has podido ver a alguien cerca de la casa?
—Nadie, esta calle era un erial sin un alma. No he visto nada más que eso, y ojalá nunca lo hubiera visto. —Le estampó otros tres besos al amuleto de latón.
El visir de la Pluma la dejó marcharse a casa y se acercó a la escena del crimen.
Los guardias rodeaban la casa, pero no habían movido el cuerpo.
Primero vio el brazo. Había sido separado del tronco con algún arma rudimentaria, un hacha o algo similar.
Los huesos estaban astillados y lucía laceraciones cerca de su extremo.
Aquel desmembramiento no se había ejecutado con precisión.
El brazo reposaba sobre un charco de sangre que comenzaba a coagularse.
La muerte había sido reciente. A dos pasos del miembro cercenado reposaba el resto del cuerpo, empapado de sangre y tumbado bocabajo.
Ibn al-Jatib lo rodeó poniendo cuidado en no mancharse el calzado.
Observó la cabeza con detenimiento. Entre los restos sanguinolentos distinguió un abultamiento y el rastro de un golpe.
Tal vez esa fuera la primera herida. Luego se centró en la espalda, donde el asesino parecía haberse ensañado.
Contó cerca de quince cuchilladas. Algunas comenzaban a ocultarse por los coágulos de sangre.
—Dadle la vuelta —ordenó Lisan al-Din a dos guardias.
Los hombres obedecieron y el cuerpo del guardia asesinado quedó bocarriba.
Negaron con la cabeza y apretaron los puños al contemplar el rostro de su compañero.
En su pecho no había rastro de violencia.
Ibn al-Jatib imaginó que el asesino había golpeado su cabeza, matándolo o dejándolo inconsciente, y luego lo había acuchillado tal y como había caído al suelo.
Por último, le había cortado el brazo. El olor intenso de la sangre comenzó a marearlo.
Las moscas habían empezado a acudir a ella.
«Shaitán…», las palabras de la campesina acudieron a su mente.
«Esto no es obra del diablo, es obra de un demente», concluyó.
—¿Habéis encontrado algo? Una nota, algo escrito, alguna señal…
No había nada. Aquel guardia había sido enviado a indagar sobre Faray.
Su cuerpo mutilado era el mensaje del asesino.
«No vengáis a buscarme», parecían decir sus restos sanguinolentos.
Al menos Ibn al-Jatib había visto confirmados dos datos: el loco que tenía por nombre Faray guardaba relación con todo lo que estaba ocurriendo, y ese hombre misterioso se escondía en algún lugar del Albaicín.
Un guardia entró en la sala desde la parte trasera de la vivienda, donde había un patio con las tapias a medio derruir. Traía una hachuela roja de sangre agarrada por el extremo del mango.
—Esto estaba ahí fuera, entre las hierbas, sidi .
El visir salió al patio y vio varias huellas de sangre seca.
Siguió su rastro, pero enseguida se perdían, borradas por la maleza.
Observó los alrededores, las huertas que comenzaban al otro lado de la casa, la muralla cercana, las últimas viviendas del arrabal.
No podrían dar con el asesino fácilmente.
Cuando Lisan al-Din salía de la casa, el general al-Assad estaba llegando. El León de la Alpujarra desmontó de su caballo, se asomó al interior y contempló la macabra escena. «Maldito loco», masculló. Se dirigió hacia el visir de la Pluma y lo apartó de los guardias.
—Ya está bien de pesquisas, de preguntar a unos y a otros. La vida de mawlana está en peligro. Hay que tomar medidas más drásticas. —Ibn al-Jatib asintió, pero guardó silencio—. Por el Altísimo, ¿estás conmigo?
—Sí, lo estoy. Haz lo que debas —concedió su amigo. Estaba aturdido.
Al-Assad llamó a un capitán de la guardia y le transmitió una orden sencilla:
—Recorred todo el arrabal y llevad a los pozos a todos los mendigos trastornados que encontréis. —El capitán iba a preguntar cómo debían identificar el trastorno, pero el visir de la Espada se adelantó y le ofreció una respuesta—: Si tenéis dudas con alguno, lleváoslo también.
Al finalizar la oración de Asr, el hayib Reduán se reunió con sus dos visires en el patio de la mezquita de la Alhambra.
Estos le informaron sobre los detalles del asesinato del guardia que ellos mismos habían enviado al Albaicín.
También le contaron que esa misma mañana habían arrestado a tres dementes que mendigaban por las calles del barrio, y que los estaban interrogando en las mazmorras.
Reduán estaba consternado. Los asuntos políticos y diplomáticos del emirato lo mantenían ocupado, pero ese asunto estaba tomando un cariz oscuro y requería una mayor atención.
—Habéis hecho bien —les dijo. Solía ser duro con ellos, pero ahora los necesitaba. No sabía cómo manejar la situación—. Informadme cuando haya terminado el interrogatorio.
Los dos visires atravesaron la Alhambra hasta llegar al barrio artesanal.
Se encaminaron hacia la puerta de los Pozos y por ella salieron del recinto amurallado.
Frente a la Alhambra, en dirección sur, se encontraron con los guardias que custodiaban las entradas de las mazmorras.
Delante de la puerta enrejada de una de ellas había dos cuerpos tirados en el suelo.
—¿Habéis terminado? —preguntó al-Assad.
—Sí, sidi —respondió el guardia de mayor rango—. No les hemos sacado nada. Nos hemos esmerado con ellos, pero no han dicho nada que pueda servirnos. Dos han perdido la vida durante el interrogatorio. —Agachó la cabeza y la ladeó hacia los cuerpos.
—No era necesario —dijo Ibn al-Jatib, visiblemente irritado.
El guardia carraspeó y miró al visir de la Espada, esperando que saliera en su defensa. El propio al-Assad había dado la orden de llegar hasta el final si era preciso.
—¿Habéis preguntado por Faray y por la baraka? —preguntó el León, intentando desviar la conversación.
—Sí, pero no han reaccionado. Bueno, al oír la palabra «baraka», uno de ellos se puso nervioso y comenzó a soltar palabras absurdas.
—Tráemelo, estúpido. Eso es lo que nos interesa.
El guardia se giró un instante y señaló uno de los cuerpos inertes.
—Es el de la túnica parda. Intentamos tirar del hilo, pero no sacamos nada coherente. —Bajó la voz para expresar su opinión—: Con esta gente no sirve la tortura, sidi . Parece darles igual. Están locos.
Ibn al-Jatib asintió, dándole la razón. Luego transmitió una orden:
—Si habéis terminado, liberad al que está vivo.
Enseguida los guardias obedecieron. Abrieron la cancela de la mazmorra y buscaron dentro al mendigo.
Poco después salieron con él. Era un anciano decrépito, sin apenas carne recubriendo sus huesos.
Lucía varios moratones en el rostro y se apretaba el brazo derecho con la mano izquierda.
Al percibir la luz del atardecer tuvo que taparse los ojos. Caminó inseguro, desorientado.
—¿Ya ha venido la novia? —preguntó—. Se hace de día, vamos a llegar tarde.
Los hombres a su alrededor se miraron. Era evidente que no estaba en su sano juicio. Ibn al-Jatib se acercó a él y lo miró a los ojos.
—Tranquilo, es pronto —le dijo—. Ya puedes irte con Faray.
El viejo lo miró como si intentara reconocerlo.
—¿Con quién?
—Con nadie. Ve en paz —respondió el visir de la Pluma.
Dio la orden de que lo alimentaran antes de dejarlo marchar, y que le entregaran algo de dinero. También ordenó que enterraran a los otros dos en el cementerio de la Sabika. Él correría con los gastos.
—Este camino no nos conduce a nada —le dijo a al-Assad mientras regresaban a la puerta de los Pozos—. Podemos matar a todos los mendigos de Granada, pero no hallaremos lo que buscamos.
El general se encogió de hombros y abrió los brazos.
—¿Se te ocurre algo mejor?
Lisan al-Din no respondió. Siguió caminando con las manos unidas a la espalda, cabizbajo, meditando sobre los pasos que debía dar para encontrar al asesino antes de la ceremonia de aclamación.
Faltaban doce días para que se celebrara, y la fecha pesaba en su conciencia como un recordatorio constante de su objetivo.