El elegido Capítulo 14 #4
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Capítulo 14 #4

Los otros dos asintieron y los tres amigos explotaron en carcajadas.

Había ocurrido durante la epidemia de peste.

Una mujer enferma, mientras deliraba por la fiebre, afirmaba contemplar delante de sí cinco peras con patitas que bailaban formando un coro.

Cuando Umm al-Hassan se le acercó, la mujer dirigió la cabeza hacia ella con la mirada perdida y le preguntó si ella también era una pera danzarina.

Kamal e Ibn al-Jatib estaban presentes y tuvieron que salir de la sala para poder reírse a gusto.

La mujer murió poco después. Así fueron los tiempos desoladores de la epidemia.

En medio de tanta muerte, acosadas por el miedo y la enfermedad, las personas encontraban resquicios de luz por los que la risa se abría camino.

«La vida siempre empuja», solía decir Ibn al-Jatib para explicar ese fenómeno.

Cuando llegó la hora, Kamal y Umm al-Hassan se retiraron juntos. Compartían buena parte del camino hasta sus respectivas casas. Apenas hablaron durante el trayecto, pero antes de separarse, Kamal se dirigió a ella en tono amigable.

—Tened cuidado —le dijo sin más.

La mujer supo a qué se refería; sonrió y lo besó en la mejilla. Le dio las gracias y lo dejó plantado en la calle. Tal vez Umm al-Hassan intuyera más sobre él de lo que aparentaba saber.

Ismail al-Hassas jugaba con su trenza. Ese gesto, tan habitual en él, le ayudaba a tranquilizarse cuando estaba nervioso.

A sus quince años, era un joven corpulento y bien parecido.

Su hermano, el emir, dirigía el paseo por los jardines del palacio.

No se parecían demasiado. Maryam insistía en que tenían los mismos ojos, heredados de Yusuf I.

Pero, aparte de eso, ningún rasgo hacía adivinar que eran familia.

Muhammad era delgado y atlético, algo más bajo que su hermano, pero más fuerte.

A Ismail parecía costarle dar cada paso.

Era un muchacho carente de carácter y sin iniciativa.

—Necesito que hagas algo para mí, hermano —le pidió el emir.

—Lo que necesites, mawlana . —Desde la muerte del padre, Ismail al-Hassas trataba a Muhammad con el respeto debido.

—Debes ir a Guadix y visitar a su arráez.

Ha llegado un informe del recaudador. Dice que el arráez se queda con dinero que no le corresponde y que lo emplea en inversiones personales.

Irás con dos funcionarios que te ayudarán a averiguar la verdad.

Restablece el orden. Sé que podrás hacerlo.

No confío en nadie más que en ti para esta misión.

—¿Cuándo debo marchar? —preguntó Ismail a la vez que echaba hacia atrás su trenza con un gesto afeminado.

—Mañana. Quiero que salgas pronto para que estés de vuelta antes de la aclamación. Te necesitaré a mi lado en ese momento —añadió en un intento por ocultar sus verdaderas intenciones.

En el rostro de Ismail se dejó ver el fastidio que aquel viaje impuesto le provocaba. Sin embargo, complaciente, agachó la cabeza.

—Mañana mismo partiré. Voy a prepararme, mawlana .

—Gracias, hermano.

El emir lo vio alejarse por el patio en dirección a sus dependencias.

A la entrada lo esperaba su madre, que había observado la escena desde allí.

La Gacela blanca recibió a su hijo y lo interrogó.

Luego caminó con decisión hacia el emir.

Los guardias no la perdían de vista. Muhammad la esperó sin inmutarse.

—Quieres alejarlo, ¿verdad? —le espetó a la cara—. Ese visir estúpido te ha convencido —añadió, tratándolo como si él también fuera hijo suyo.

Muhammad alzó la cabeza y contestó sin perder la calma. En las últimas dos semanas había madurado lo suficiente como para saber manejar situaciones como esa.

—Con este encargo estoy reconociendo el valor de mi querido hermano. Siempre ha sido así, los miembros de la familia nazarí están al servicio de Granada para representarla cuando se hace necesario.

Sin esperar una réplica por su parte, dio media vuelta y, con aire altivo, se encaminó hacia el pabellón de su residencia.

La Gacela calló, pero las palabras ardientes que tenía atrancadas en la garganta parecieron recorrer su piel, enrojeciéndola.

Derrotada, regresó a su casa. Maryam tenía razón, Ibn al-Jatib estaba detrás de aquella decisión.

Mientras avanzaba en su investigación, el visir le había recomendado al joven emir que alejara unos días a su medio hermano de la corte.

Muhammad accedió a las dependencias privadas de su palacio.

Dando al norte, sobre el curso del río Darro, el pabellón contaba con un mirador abierto.

Allí se encontró con Mu’mina. Se sentó junto a ella y la besó en los labios.

La esposa observaba el cerro del Sol desde el costado oriental del mirador.

—¿Allí? —preguntó señalando un punto concreto de la ladera, en una cota superior a la del Generalife.

Su esposo asintió. Le había hablado de su proyecto, la casa de la Desposada.

Tardaría años en estar terminada. Antes tendría que acometer otras tareas, culminar las obras de su padre, construir una derivación de aguas en la acequia del Emir, poner en producción las tierras que coronaban el Generalife y, por último, crear una nueva acequia por encima de todas las demás.

Mu’mina lo miró de frente. Sus ojos todavía brillaban de emoción, evocadores. Sin embargo, enseguida su mirada se tornó sombría. En su pecho destacaba el amuleto que le había regalado la curandera Aixa.

—Sigo preocupada por ti. ¿Y si lo consiguen? ¿Y si hay un nuevo atentado y esta vez logran su objetivo?

El joven emir la volvió a besar, pero no respondió a sus preguntas. Se puso en pie y la tomó de la mano para llevarla a los baños de su palacio. Allí calmaron sus ansiedades, allí se amaron y dejaron que los vapores de las salas disolvieran las nubes grises que se habían posado sobre sus cabezas.