El elegido Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

Sus almas quedaron aliviadas con las mutuas confesiones.

Allí, en el salón de la vieja casa familiar, sellaron el acuerdo de su nueva relación.

La confianza y el amor incondicional fueron el soporte esencial de su contrato.

Ibn Zamrak comenzó a despedirse, debía regresar a la Secretaría para retomar su trabajo.

Dejó a su madre rezando, lanzando oraciones al aire aferrada a su collar de cuentas.

A pesar del momento de intimidad, el poeta no le había hablado de Ahmed, de la ilusión de aquel amor que amenazaba con arrastrarlo y quemarlo, ni de su intención de seguir viéndolo después de casarse.

Había verdades que prefería mantener ocultas.

Era un hombre complejo, como todo poeta.

Tal vez en la poesía encontrara el cauce para aliviarse de aquellos secretos.

—Es un compuesto común que se usa para el dolor y para mejorar el sueño.

—Umm al-Hassan parecía nerviosa. Había acudido a la Secretaría cerca del mediodía para encontrarse con Ibn al-Jatib en su despacho y contarle el resultado de sus indagaciones—.

Los boticarios lo llaman de diferentes formas, pero la más común es Sueño dulce.

Igual que la Muerte azul, en dosis altas actúa bastante rápido y es mortal.

El visir asintió lentamente. Él mismo había usado ese remedio para mejorar la calidad de su sueño. El asesino había cambiado de veneno, lo cual indicaba que sabía que lo buscaban.

—Es cauto. Sabe que la Muerte azul es una pista de la que podemos tirar.

—¿Por qué hablas en masculino? Podría ser una mujer.

—Tienes razón, podría serlo… —Meditó unos instantes sobre varias ideas—. Será complicado averiguar quién ha comprado ese tratamiento en los últimos días.

Umm al-Hassan lo confirmó. Antes de ir a la Sabika, había recorrido las principales boticas del Albaicín y la alcazaba Cadima, y en todas le dijeron lo mismo: había decenas de clientes que lo usaban regularmente.

El perfil de compradores era muy similar al del otro veneno, enfermos crónicos que buscaban alivio para sus dolencias.

—Es todo lo que puedo decirte —se disculpó la médica.

—Te agradezco el esfuerzo, Estrella. Debo actuar rápido, pero no sé dónde.

Sigo desorientado. —Hizo un repaso mental de lo que sabía hasta ese momento—.

En estos casos lo habitual es buscar el motivo.

Tratándose del emir, es evidente… He pensado en la Gacela blanca y en su hijo Ismail al-Hassas, pero no he encontrado pruebas contra ellos.

Sin embargo, hay pistas que apuntan fuera de la Alhambra: la palabra «baraka» y la locura como patrón.

Pero no he podido sacar nada en claro. —Recordó a Kamal y su casa de enfermos—.

Tal vez pronto tenga algo, pero ahora mismo no hay nada, y eso hace que me sienta impotente y ansioso.

Umm al-Hassan, su Estrella, se acercó a él y lo abrazó. «Te entiendo», le susurró al oído, e Ibn al-Jatib sintió una corriente sanadora que recorría todo su cuerpo. Abandonó sus preocupaciones y centró su atención en ella, en la razón de sus últimos desvelos.

—¿Cuánto tiempo nos queda? —le preguntó.

La médica no contestó, se limitó a besarlo en los labios.

Él apretó el abrazo y comenzó a acariciar sus formas sobre la túnica.

«¿Qué veneno me has dado a mí, Lisan al-Din?

». Se desnudaron con prisa, provocando algún desgarro en sus ropas, y con la misma urgencia se amaron sobre la alfombra de seda que ocupaba el espacio central del despacho.

Ella se sentó sobre él y pocos segundos después lo llevó al éxtasis.

No se preocupó por separarse de él antes del orgasmo.

Ibn al-Jatib quiso apartarse, pero ella rodeó su cuello y lo atrajo hacia sí.

—Ya tengo una edad. Que sea lo que Alá quiera que sea —dijo Umm al-Hassan.

El visir se vació en su interior, sintiendo el abrazo cálido de su sexo. De forma espontánea, sin previo aviso, rompió a llorar sobre su hombro. Ver así a su amante, al hombre inflexible y autoritario, conmovió a la mujer, que lo besó con dulzura.

—Dime, ¿cuánto tiempo nos queda? —insistió él con los ojos arrasados de lágrimas.

El dolor se acentuaba y atenazaba sus entrañas. Una oscura sensación de inevitabilidad los dominó, apagando la luz de sus miradas.

La médica se encogió de hombros y acompañó su llanto. Así estuvieron varios minutos, abrazados, piel con piel, reconfortándose en el calor de sus cuerpos tibios, anhelando traspasarse para no tener que separarse nunca.

Pasado un rato, un guardia tocó a la puerta del despacho y anunció la visita de Kamal. Ibn al-Jatib lo animó a entrar alzando la voz. El médico accedió al interior, donde el visir y Umm al-Hassan charlaban animadamente en torno a un libro depositado en un atril.

—Siéntate con nosotros, amigo —lo invitó Lisan al-Din—. Es un libro de medicina que recibí la semana pasada. Se trata de una traducción del griego.

Kamal saludó e impostó una sonrisa. No esperaba encontrar allí a su colega, la médica de Axares. La mujer tenía las mejillas arreboladas y el hiyab mal puesto sobre los cabellos revueltos. Se sentó a su lado y ella le señaló un párrafo del texto, que Kamal leyó con atención.

—De aquí debió de tomar la idea Ibn Sina —comentó la mujer.

Kamal asintió, huidizo. Solía cohibirse delante de ella.

Ibn al-Jatib los miró a ambos. Sospechaba que al médico le atraía Umm al-Hassan y en ese momento lo vio confirmado.

Ella, en cambio, parecía no percatarse; seguía hablando de forma animada, comentando el procedimiento que se describía en el texto.

Cuando terminó su exposición, Kamal la validó con un escueto «es cierto», y enseguida se dirigió a su amigo.

—Tengo el nombre —soltó sin más.

—Puedes hablar —le dijo Ibn al-Jatib—. Umm al-Hassan está al tanto de todo.

—Solo he encontrado su nombre, no hay ninguna referencia más. Imagino que no dio más datos. Ocurre a menudo con los dementes. —El visir de la Pluma enarcó una ceja, impaciente—. Faray, se llamaba Faray.

El nombre revoloteó por el aire cálido de la estancia, como si escondiera un profundo secreto que pretendieran atrapar. Era una sola palabra, pero representaba un comienzo, una primera pista sobre la que investigar.

—No es mucho —comentó Ibn al-Jatib—, pero es algo. Gracias, Kamal.

Los tres permanecieron más de una hora en el despacho del visir. Charlaron, recordaron anécdotas pasadas y se recomendaron lecturas, disfrutando de la mutua compañía y olvidando por unos instantes sus problemas.

—¿Recordáis las peras danzarinas? —preguntó Kamal a sus colegas.