Capítulo 14 #2
—A mí dame uno para encender el amor. —Las tres mujeres callaron e Iqbal se vio en la obligación de aclarar su motivación—: Son muchos años juntos, y están los niños, su trabajo, que lo absorbe… Nos hemos alejado el uno del otro.
Mu’mina le agarró la mano para transmitirle su comprensión. Aixa seleccionó el amuleto adecuado y se lo colgó del cuello, absteniéndose de lanzar ninguno de sus chascarrillos.
—Es el amuleto más solicitado —le dijo para que comprendiera que no era la única que sufría por aquellas cuestiones.
Butayna pidió a una sierva que trajera vino dulce y la reunión recuperó el aire festivo.
El recuerdo del intento de envenenamiento se fue difuminando entre risas y voces.
A Iqbal, sin embargo, le costó participar del jolgorio.
«Debería haber pedido otro talismán para ahuyentar al amor», se dijo, sin poder evitar acordarse de al-Baaz.
Ibn Zamrak repasaba el panegírico dedicado al emir.
Prefería la poesía libre; en ella era donde su habilidad florecía.
Pero era consciente de que, como funcionario al servicio del emirato, debía trabajar por encargo.
Los versos se ajustaban al canon, pero sus metáforas eran originales.
Nadie como él sabía construir aquellos poemas.
Necesitaba componer la estrofa final, pero tenía dudas sobre cómo debía terminar. Llamó al oficial para consultarle.
— Katib —lo saludó Ahmed cuando se acercó a su puesto.
Desde su ascenso a secretario, Ibn Zamrak había recibido encargos de mayor responsabilidad y estaba superando con creces las expectativas depositadas en él. Hizo su consulta y Ahmed le dio su opinión sobre la cuestión. Luego, el oficial se sentó a su lado y simuló seguir trabajando en el poema.
—Sabía que mawlana no tardaría en reconocer tu valía —le dijo en voz queda—. Algún día dirigirás esta Secretaría.
No ocultó la admiración que sentía por el poeta. Con disimulo, posó una mano sobre la de Ibn Zamrak y acarició su piel suave. Este lo miró con embeleso, procurando no llamar la atención del resto de los funcionarios.
—Necesito verte.
El corazón del poeta se desbocó y sus ojos brillaron de emoción.
—Yo también —dijo al fin.
—Iré a tu casa esta tarde. Espérame.
Ibn Zamrak asintió con una sonrisa. Ese hombre estaba sanando sus heridas, normalizando una tendencia que él mismo se había esmerado en rechazar.
«Pronto conocerán lo que eres en verdad y te echarán a patadas de la Alhambra», recordó las palabras de su padre, duras, envenenadas de desprecio.
Ahora su padre estaba muerto, no era más que un recuerdo doloroso que a veces castigaba su conciencia.
No podía evitar sentirse liberado. Su alma, después de tantos años de reclusión, podía mostrarse tal cual era, en su pureza extraña y delicada.
Sin embargo, sabía que debía andarse con cuidado.
El propio Ahmed se lo había advertido. En la Alhambra se daban aquellos juegos prohibidos, pero en las sombras.
Si salían a la luz, se castigaban con dureza.
«Hay que aprender a jugar a la escondida.
Todos lo hacen en la Sabika», le decía Ahmed.
Ibn Zamrak estaba aprendiendo a desenvolverse en aquel juego excitante.
El oficial se retiró a su puesto y dejó a su amante con el pecho henchido de flores.
El poeta terminó el panegírico y decidió aprovechar el descanso del mediodía para visitar a su madre.
Desde la muerte de su padre no había vuelto al Albaicín.
Se adentró en su viejo barrio con temor, esperando el juicio de sus antiguos vecinos.
Sin embargo, llegó a las inmediaciones de su casa sin sobresaltos.
En su calle se encontró con una viuda sentada a la sombra.
En cuanto lo vio, la mujer se puso en pie con dificultad y caminó hasta él, lo agarró del brazo y lo zarandeó con suavidad. Ibn Zamrak se puso tenso.
—Muchacho, mira que te diga una cosa —empezó, acercando la cabeza a su hombro—. No se te ocurra dejarla sola.
El katib le palmeó la mano con cariño.
—Tranquila, no pensaba hacerlo. —La reacción de la mujer lo relajó. Había demorado aquella primera visita por el miedo que sentía a la reacción del barrio frente a la muerte de su padre.
La viuda tiró de su brazo para atraerlo hacia sí.
—Era un hombre malo, tenía el corazón de carbón. —Escupió al suelo—. Hiciste bien. —Apretó el agarre para que le prestara atención—. Bien muerto está.
Dicho eso, lo liberó y lo dejó ir a la casa de su madre.
El interior estaba en penumbra y olía a humedad.
Parecía no haber nadie. Contempló la mancha oscura que destacaba sobre el mortero del suelo y sintió que le faltaba el aire.
Llamó a su madre, que enseguida apareció desde la puerta que daba a la alcoba.
Vestía una ghilala holgada y llevaba el pelo suelto y enmarañado.
Miró a su hijo con sorpresa, como si estuviera contemplando el fantasma de un ser querido.
Corrió hacia él y lo abrazó, provocándole un estallido de emociones que se manifestó en una sonora llantera.
—Acabó la pesadilla, hijo mío. Gracias, gracias… —le dijo la madre entre lágrimas.
Habían enterrado al padre hacía dos días.
Muchos vecinos del barrio acudieron al funeral para manifestarle su apoyo a la viuda.
Todos conocían al mulero y sabían cómo era su temperamento.
Madre e hijo se sentaron y lloraron juntos durante varios minutos.
En aquel desahogo no hicieron falta palabras.
Los recuerdos del infierno compartido se derramaron con sus lágrimas y enseguida ambos comenzaron a sentirse aliviados.
El hermano de Ibn Zamrak dormía la siesta.
La madre, una vez recuperada la calma, le contó que nadie lo juzgaba por lo que había hecho.
Le dijo también que la estaban ayudando a recomponerse, que le traían comida a casa y, a ratos, se llevaban a su hermano para entretenerlo.
—Venderé los mulos y trabajaré en lo que pueda, en las huertas o haciendo ropa. Fátima me ha dicho que me va a ayudar. Ella hace túnicas para un mercader y no tiene que salir de su casa.
Ibn Zamrak negó mientras tomaba sus manos entre las suyas.
—No tienes que preocuparte por nada de eso. Ya has trabajado y sufrido bastante. El emir me ha ascendido a secretario. Cobraré un buen sueldo y tengo una casa en la Alhambra. Mi hermano y tú os vendréis conmigo.
La madre negó enérgicamente. Ibn Zamrak sonrió. La conocía bien y había intuido que esa sería su reacción, que no querría irse del barrio.
—Si me voy de aquí, me marchito, hijo. Tú ve a la Alhambra y sé feliz allí. Solo te pido que vengas a verme de vez en cuando, que no te olvides de mí.
—No te faltará de nada, madre. Te traeré dinero todas las semanas.
La mujer volvió a llorar, ahora de emoción. Bendijo a su hijo y le deseó el mejor de los destinos en la Secretaría. Ibn Zamrak se puso serio antes de seguir hablando. Traía una noticia que necesitaba contarle a su madre:
—Voy a casarme. Mawlana me ha buscado una esposa. Es sobrina del arráez de Baza.
La madre observó a su hijo con una sonrisa impostada en la boca y, dirigiéndose a él con cautela, consciente de que pisaba un terreno delicado, le preguntó:
—Hijo mío, ¿es lo que deseas?
—Madre, es una buena noticia. La novia pertenece a un banu importante. —La mujer abrió la boca para objetar, pero él continuó hablando sin darle la oportunidad de intervenir—: Poco importa si lo deseo. Debo casarme, se me pasa la edad, y con quién mejor…
—Te he criado y sé cómo eres, lo que escondes en el corazón.
Tu padre también lo sabía —reconoció apenada—.
Por eso te rechazaba. Ya sabes cómo era, no trataba bien a nadie.
Pero contigo… había algo más: no soportaba saber lo que eras.
Mi amor de madre está por encima de cualquier otra cosa.
Siempre te he querido y siempre te querré, ames a quien ames. Nunca lo olvides.
—Lo sé, madre. —A Ibn Zamrak le costaba mirarla a los ojos.
—Eres demasiado joven para acordarte… —La mujer miró al techo, evocadora—.
El marido de la vecina, Alá lo tenga en el Paraíso, era como tú.
Todos lo sabíamos, también su esposa. No podía evitarlo.
Era muy infeliz, y ella con él. —Le palmeó la mano con cariño—.
Temo que te pase eso, hijo. No quiero que seas infeliz.
El discurso de su madre sorprendió al poeta. Nunca le había hablado así, nunca antes le había expuesto la aceptación de su condición y su miedo a que sufriera. Tal vez la muerte del padre había destapado el cofre de sus sentimientos, que por fin podían volar libres.
—Madre, no imaginas lo importante que es para mí oírte decir eso.
—La abrazó y besó sus mejillas mojadas de lágrimas.
Luego suspiró y se preparó para hablar abiertamente sobre su condición—.
No te preocupes por mí. Tal vez el Compasivo me permita amar a mi esposa.
—Ella enarcó las cejas y él asintió con la cabeza—.
También he sentido el amor por una mujer, aunque normalmente prefiera… otra clase de amores.
La mujer abrió las palmas de sus manos y las dirigió hacia el cielo a modo de plegaria.
—Alá lo permita para que ambos seáis felices. No sabes lo que es vivir atado a una persona a la que no amas.