Capítulo 14
Cada vez que el hombre movía la cabeza, sonaba el tintineo de las lentejuelas que adornaban su turbante.
Butayna a menudo se mofaba del estilismo impostado del astrólogo, que pretendía emular a los sabios orientales.
Sin embargo, nadie en Granada igualaba sus conocimientos sobre los movimientos de los astros y sus significados.
Mientras colocaba sus tablas y papeles sobre la mesa, la mujer se dirigió a él:
—Dime, al-Hakim, ¿qué has podido ver?
El hombre terminó de extender sus pliegos y carraspeó.
—He estudiado el juicio de los astros, mi señora.
—Su acento estaba marcado por un intenso ceceo, lo que indicaba que provenía de las sierras de poniente—.
He pasado la noche observando los cielos.
El planeta gobernante es claramente Júpiter, lo cual indica una posición de fuerza para mawlana .
—Señaló una de las tablas—. Pero muy cerca de él está el valor de Marte, en una posición maléfica que señala problemas.
Animó a Butayna a acercarse a la mesa y señaló las dos posiciones en la tabla de Ibn al-Kammad, un antiguo sistema astrológico muy usado en al-Ándalus.
Por cortesía, la madre del emir observó con atención, a pesar de que no comprendía el funcionamiento de todos esos números y líneas.
Luego lo miró a los ojos, y al-Hakim se sintió intimidado por su fuego azulado.
—Dime, ¿has podido ver el futuro?
—No con claridad. —La mujer guardó silencio, esperando una respuesta más precisa—. El bien prevalecerá —soltó el hombre en tono críptico. Ella resopló—. Mawlana se impondrá sobre las dificultades y amenazas que lo acechan.
Al fin Butayna pareció relajarse.
—Bien. Y la fecha de la aclamación, ¿se confirma?
—Sí, señora. No hay duda. Como me has pedido, he vuelto a consultar a los astros. No hay mejor fecha antes de la que ya preví. Dentro de trece días —sentenció.
—Esperaremos, entonces. Puedes retirarte. Gracias por acudir a mi llamada. Habla con el tesorero, él pagará tus servicios.
El astrólogo hizo una reverencia, recogió sus tablas y papeles y se retiró lanzando una bendición para toda la familia.
Butayna salió al patio del palacio. Sintió que podía respirar mejor.
Su ansiedad parecía haberse aliviado, al menos en parte.
El segundo atentado contra su hijo la había afectado sobremanera; el asesino mostraba una insistencia tenaz en acabar con su vida.
A través de las celosías de sus estancias, Mu’mina vio a su suegra pasear por el patio. Salió a su encuentro y se reunió con ella junto a la alberca.
—Madre —la llamó usando el tratamiento de respeto habitual—, pronto llegará Iqbal.
—Bien, la esperaremos en el madjlis . Aixa ya está por aquí, la avisaré cuando estemos las tres.
Butayna había organizado un encuentro con una reconocida curandera de la alcazaba Cadima. Con aquella reunión, la madre del emir pretendía sosegar a su joven nuera. Mu’mina, por su parte, había insistido en invitar a su amiga, la esposa de Ibn al-Jatib.
Las dos mujeres se instalaron en la gran sala del palacio.
—¿Qué opina el astrólogo? —preguntó Mu’mina con cierta preocupación en la voz.
—Tranquila, dice que los astros son claros: Muhammad se impondrá a sus enemigos —respondió Butayna, simulando la seguridad que se esforzaba por instalar en su propio corazón.
Iqbal llegó a la Alhambra a la hora acordada. Los guardias le franquearon la entrada por la puerta de las Armas y, cerca de la zona administrativa, fue al-Baaz quien la recibió para acompañarla al palacio.
—Te estás haciendo un poco pesado —le dijo la mujer con una sonrisa.
Los sueños de las últimas noches todavía la turbaban y evitaba mirarlo a los ojos. Sin embargo, se percató de que llevaba su pañuelo en la muñeca, donde ella lo había atado.
—Yo trabajo aquí, eres tú la que viene. Ya te lo pregunté antes, ¿no tendrás intenciones extrañas respecto a mí?
Ambos ahogaron las risas. No querían mostrar su complicidad en público. Caminaron en silencio hasta la entrada del palacio, que estaba custodiada por dos elches. Antes de dejarla acceder al interior, al-Baaz le susurró al oído:
—Desde que nos hemos vuelto a encontrar no paro de pensar en ti.
Iqbal sintió la caricia de su voz en el cuello, y cómo su piel se erizaba al contacto con sus palabras.
El hombre se alejó, sin darle tiempo a responder.
Le agradó ese gesto, su manera de manifestarle interés sin hacerla sentir incómoda.
Los elches la miraban, esperando a que entrara.
Cruzó el umbral y, a través del patio, se dirigió al madjlis .
Al-Baaz ya no estaba a su lado, pero su aliento cálido se había quedado con ella.
En cuanto entró por la puerta, Butayna mandó llamar a la curandera. Aixa llegó enseguida. Era una mujer gruesa de tez blanca y ojos negros. Vestía una túnica carmesí con bordados blancos y un hiyab de seda negra. Portaba una arqueta de madera pintada con vivos colores.
—¡Venga, mujeres! ¡Que ya ha llegado la alegría!
Así se presentó, haciendo aspavientos mientras mostraba una resplandeciente sonrisa. Sus pulseras de latón y bronce tintineaban en sus muñecas e incrementaban su aire festivo. Butayna se acercó a ella para abrazarla.
—Eres justo lo que necesito —le dijo en voz queda—. Te echaba de menos.
—¡Pues llámame más, señora! —contestó ella a voces, rompiendo el tono de confidencia—. ¿Acaso te crees que esto se mantiene de aire? —dijo agarrándose los michelines, y los hizo temblar bajo la ropa.
Mu’mina e Iqbal rieron con ganas ante la ocurrencia.
Aixa desencadenó un torbellino que las arrastró fuera del pozo en el que parecían haberse sumergido.
Se sentaron sobre almohadones, en la alfombra que cubría parte del entarimado.
Entre ellas, una sierva dispuso varias bandejas con pastelillos de almendra y miel, dátiles y copas con jugos de frutas variados.
La curandera abrió su arqueta y desplegó todos sus instrumentos.
Había cosméticos, alhajas y una colección de talismanes.
Extrajo la pasta de alheña que había elaborado el día anterior mezclando el polvo de la planta con zumo de limón y agua tibia.
Le añadió un poco de azúcar y unas gotas de aceite esencial para mejorar su textura y su color.
Preparó el aplicador, pero antes de ponerse a trabajar, se comió dos pasteles y se bebió una copa de jugo de naranja azucarado.
—Venga, niñas, ¿quién va a ser la primera?
Butayna señaló a Iqbal, por cortesía.
—Hace muchos años que no me tatúo. No tenía pensado hacerlo ahora… —declaró esta, pero Aixa ya se había colocado frente a ella y le había tomado la mano derecha.
—Vamos, chiquilla, ¿vas a desaprovechar la ocasión? Soy la mejor tatuadora de toda Garnata, y me paga la señora —soltó al tiempo que hacía un gesto con la cabeza hacia Butayna y guiñaba un ojo a la esposa del visir para convencerla.
Aplicó la pasta sobre las manos y las muñecas de Iqbal.
—Esto mejora tu belleza —explicó mientras se afanaba en su tarea—, pero también aleja a los genios y a la mala suerte. Estos tatuajes atraen la baraka.
Al terminar, le advirtió que no tocara la pasta hasta que ella se lo dijera. Luego se colocó junto a Mu’mina. La joven todavía tenía visibles los tatuajes del día de su boda. Aixa los repasó y los amplió con nuevas formas. La curandera sabía que Butayna quería tranquilizar a su nuera.
—Estas formas son de protección, para ti y para tu esposo —le dijo.
Butayna le sonrió discretamente para darle las gracias.
Por último, trabajó con las manos de la viuda de Yusuf.
—Hija mía, ¿qué haces para tener esta seda por piel? —la alabó la curandera—. Eres la mujer más guapa de la Alhambra, mejorando lo presente —añadió enseguida mirando a Mu’mina—. Podrías tener al hombre que quisieras.
Todas callaron. Aixa se dio cuenta de que había metido la pata, pero prefirió callar y seguir trabajando con su alheña.
—Madre, estoy de acuerdo —se atrevió a decir Mu’mina—. Eres la flor más bella de toda la Sabika. Y tienes edad para volver a ser feliz…
—No —soltó la aludida, cortante—. No me uniré a ningún hombre. —Comenzó a llorar. El recuerdo de Yusuf estaba demasiado vivo en su memoria. Mu’mina se disculpó—. No, no, hija. No pasa nada. Tenías buena intención.
Se enjugó las lágrimas y dejó que Aixa terminara.
La mujer perfiló el último tatuaje y se dispuso a guardar el aplicador y la alheña que había sobrado.
«Este es un dibujo sanador del corazón», le dijo a Butayna con cariño sincero.
Se comió otros dos pastelillos y después extrajo de su arqueta varios amuletos, que expuso sobre la alfombra.
Todos estaban hechos en bronce y tenían cordones de cuero para colgarlos del cuello.
—En estos palacios nunca ha estado de más la protección de un buen amuleto —dijo Aixa mientras los recolocaba—. Venga, niñas, elegid uno, que son regalos de esta vieja sanadora. Tú —señaló a Mu’mina—, ¿qué necesitas? ¿Enamorar a tu esposo y que no quiera irse con otra? —Soltó una risotada.
—Alá ya me ha bendecido con su amor. Prefiero uno que espante el mal.
Iqbal y Butayna se miraron cómplices. Aixa seleccionó uno de los colgantes y se lo colgó a la joven sobre el pecho.
—Ten por seguro que este amuleto alejará de tu casa todos los males.
Mu’mina lo cogió para leer su inscripción.
«Alabado sea Dios», rezaba su anverso. En el reverso se podía leer la quinta aleya de la sura número noventa y cuatro del Corán: «Porque es cierto que junto a la dificultad hay facilidad».
La curandera tomó una pequeña piedra de color azulado y se la entregó a la joven esposa del emir.
—Y esto es para que te quedes preñada pronto.
Mu’mina la agarró con fuerza y le dio las gracias. Butayna eligió un amuleto similar al de su nuera. Cuando le llegó el turno a Iqbal, habló con timidez: