El elegido Capítulo 13 #4
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Capítulo 13 #4

Iqbal comprendió que no compartiría su lecho aquella noche, como tantas otras.

Lisan al-Din se encerró y continuó trabajando en sus textos.

Repasó la Ihata , su obra magna, el compendio de biografías de personajes importantes de la historia del emirato.

Sus pensamientos volaron hacia el barrio de Axares y una luz inspiradora pareció sacudirlo.

—Mi Estrella, tú debes aparecer en esta obra…

Ya había valorado hacerlo antes, pero esa noche, en la madrugada inquieta, trabajó en la biografía de Umm al-Hassan, la médica célebre que había contribuido a combatir la peste negra en Granada, la poetisa y erudita que igualaba a los mejores faquíes de la capital.

También era su amante, aunque eso jamás lo manifestaría por escrito.

Quedaría escondido para siempre en los recovecos de su alma.

Mientras su esposo atrapaba en palabras la vida de la médica, Iqbal se dejaba vencer por el cansancio en el lecho conyugal.

Una vez más, soñó con al-Baaz. En su fantasía onírica lo vio vestido de seda verde, elegante como un cortesano.

No paraba de sonreír mientras la observaba con mirada serena.

Ella se desnudaba para él con naturalidad, y el hombre la abrazaba con fuerza y la besaba una y otra vez, recorriendo sus facciones con los labios.

La mujer suspiraba y temblaba excitada, ansiosa por sentir la piel de al-Baaz tocando la suya.

Cuando se despertó, sintió el hormigueo de los besos en sus mejillas. Se sintió turbada. Aún no había amanecido, pero se echó de rodillas al suelo y se puso a rezar. «Alá, bendíceme con el olvido, aparta de mí la tentación», susurró, culpable, en la soledad de la alcoba.

Amina abrió la puerta de su casa con las primeras luces clareando el monte Sulayr.

La ciudad dormía, pero ella no había podido descansar.

Esa noche había atendido una petición especial de un cliente importante.

El hombre había pedido pasar la noche entera con la Flor del alba, que era como la conocían desde que había comenzado en el oficio.

El pago fue generoso y ella accedió con la condición de que no salieran de la alhóndiga en la que ejercía.

El cliente rebasaba los sesenta años y, después de consumar por segunda vez, cayó dormido en un profundo sueño.

Sin embargo, Amina, liberada ya de su deber, fue incapaz de conciliar el sueño.

El hombre había acudido al establecimiento desde la Alhambra y había traído consigo una noticia impactante que todavía no había sido revelada al pueblo de Granada.

La mujer accedió al interior de la vivienda procurando no hacer ruido.

Rasha y Faray dormían profundamente en el mismo camastro.

El muecín del barrio comenzó a recitar el llamado a la oración de Fajr. Rasha se despertó y vio a su hermana plantada a los pies de la cama.

Se levantó con cuidado para no despertar a su sobrino y se unió a ella.

Ambas se sentaron en la sala principal de la vivienda.

Rasha le preguntó a su hermana por su último trabajo.

—Fácil. Se durmió pronto. Solo quería presumir de haber estado con la Flor del alba. —Sonrió, como si el mote le hiciera gracia—. Todos son iguales… —Sacó una pequeña bolsa con monedas—. Hay más de lo que prometió. Tendremos para una semana solo con esto.

—Por algo eres la mejor. Pagan por dormir a tu lado… —Rasha ahogó la risa. Pretendía animar a su hermana, pero no lo consiguió.

Faray habló en sueños, palabras ininteligibles. Amina fue a verlo. El niño permanecía tumbado bocabajo con los brazos extendidos. Tenía nueve años, pero parecía mayor. La madre se enterneció. Él era la fuente de su fuerza, de su determinación. Regresó junto a su hermana.

—¿Viste al maestro? —le preguntó.

—Sí. Quiere que seamos más firmes con Faray. Dice que es muy inteligente, que no ha tenido otro alumno igual, pero que puede torcerse. Ve cosas que no le gustan y nos pide que estemos más pendientes y que seamos más estrictas.

—¿Qué sabrá él? —soltó Amina—. Es buen maestro y quiero que siga con él, pero no conoce bien a nuestro niño.

Rasha asintió.

—Mientras hablábamos, Faray estuvo jugando con otros niños en el patio de la mezquita. Me alegró verlo así, riendo y corriendo. Podemos llevarlo a jugar a otras plazas del barrio —sugirió. Los niños de su calle lo evitaban.

—Sí… —Amina meditó en silencio, como si quisiera atrapar un pensamiento que se le escapaba—. El viejo me ha contado algo: Ismail I ha sido asesinado. Ayer por la tarde. Ha sido un primo suyo que se ha aliado con el jefe de los africanos.

Rasha soltó una exclamación de sorpresa que reprimió enseguida. Trataba de asimilar la información.

—Alá nos proteja. ¿Ese primo es el nuevo emir ahora?

—Parece que no, pero está por ver. Se han apresurado a proclamar al primogénito.

—Muhammad —pronunció la hermana—. Muhammad IV. Pero no tiene más de diez años…

—Tendrá tutores, y todo seguirá como si no hubiera pasado nada —afirmó Amina con seguridad—.

Siempre es así: cambian los emires, pero los granadinos seguimos igual.

—Faray rio en sueños y soltó un «cógela, estúpido» que hizo sonreír a su madre y a su tía—.

Poco me interesa la noticia. Ese de ahí es lo único que me importa en esta vida —dijo volviendo la cabeza hacia la alcoba.