Capítulo 13 #3
—Pero posible —remató Muhammad sin perder la sonrisa—. Tendríamos huertas por toda la zona. Podríamos alimentar a toda la Alhambra, e incluso vender los excedentes en los mercados de la medina. El coste se recuperaría en un año.
—Veo que lo tienes bien estudiado, mawlana . No dejas de sorprenderme…
—El mérito no es mío, León. Fue mi padre el que tuvo la idea, e Ibn al-Jatib estudió la manera de llevarla a cabo. Yo, si Alá lo permite, seré quien la ejecute. —Retomó la marcha subiendo un pecho salpicado de quejigos—. Sin embargo, yo tengo mis propias ideas. Te las mostraré.
Ascendieron por la ladera en dirección norte hasta llegar a un claro lleno de matorrales.
Desde allí las vistas abarcaban todo el complejo de la Alhambra y buena parte de la ciudad de Granada, que se extendía a los pies de las colinas como un mar de tejados y azoteas.
En ese mismo lugar, Muhammad había recibido sus primeras lecciones de monta cuando apenas era un niño.
Todavía podían verse algunas de las estacas a las que se ataban las monturas para dar paseos circulares.
—Aquí construiré una almunia —sentenció abriendo los brazos.
El joven emir explicó que, después de poner en cultivo las tierras que estaban por encima del Generalife, continuaría hacia arriba, hasta allí mismo. Aumentaría la producción de alimentos a costa del cerro del Sol, y construiría una casa de descanso y recreo alejada de los ruidos de la Alhambra.
—Escucha, León. Nada. —Levantó un dedo y apuntó con él hacia el cielo—.
El canto de los pájaros y el balido de alguna oveja.
Aquí está la paz que necesito. Aquí fui feliz de niño, cabalgando, libre, rodeado solo de árboles y pájaros, sin intrigas, sin falsedades…
—Al-Assad asintió meditabundo. Le embargó una pena honda por él.
Lo consideraba demasiado joven como para albergar aquellas reflexiones.
«En la Alhambra el tiempo pasa diferente y las frutas maduran antes de tiempo», pensó el visir—.
Será una casa grande con sus propios baños.
La dedicaré a mi esposa —anunció finalmente.
—La amas —afirmó al-Assad en tono socarrón.
—La amo, sí —confirmó el emir.
El visir de la Espada observó el espacio y lo recorrió en silencio durante varios minutos, recreando mentalmente la almunia que el emir pretendía construir allí.
—Es un lugar hermoso, mawlana , sin duda. Demuestras una gran sensibilidad al elegir este paraje. Pero ¿y el agua? Hasta esta altura no hay noria que la pueda subir.
—Esperaba tu pregunta —comentó sonriente, anticipándose al impacto que su idea tendría en él—. Mandaré construir otra acequia que empezará en un punto más alto. He estudiado los mapas. Podría tomar el agua del río Beas. —Era el principal afluente del Darro.
—Mucho trabajo… —opinó el visir mientras valoraba la información—. Pero toda gran obra requiere grandes esfuerzos.
—Soy joven, tengo mucho tiempo por delante.
—Miró a su instructor con los ojos llameando de ambición—.
Terminaré la obra de mi bendito padre y luego haré la mía propia, aquí y también en los palacios.
—Al-Assad frunció el ceño, extrañado. Quedaba mucho por hacer en Comares como para pensar en construir otro palacio.
Muhammad rio a carcajadas, divertido por su expresión—.
De eso te hablaré en otro momento, León.
Por ahora quédate con esto: llevaré agua por encima del Generalife y luego regaré estas tierras.
El general asintió una vez más, seguro de que cumpliría su palabra.
Muhammad había madurado. Desde su matrimonio parecía haber adquirido seriedad y apostura.
«Es ambicioso», se dijo. «Así debe ser un emir para que su pueblo prospere».
Al-Assad admiraba sus cualidades, su anhelo de ser mejor que su padre, de dejar su huella en el emirato.
—Te creo capaz de todo eso —dijo con sinceridad—, y espero que el Altísimo te lo permita. —Agachó brevemente la cabeza.
Retomaron el paseo adentrándose en los encinares del cerro. Los guardias estrecharon su cerco, atentos siempre a la foresta.
—Muhammad, tu nombre perdurará en el tiempo más allá incluso de tu obra —vaticinó en un arrebato, como si fuera un astrólogo que hubiera contemplado su sino en las estrellas.
Ibn al-Jatib llegó a su casa antes de que anocheciera. Iqbal lo agradeció, hacía tiempo que la familia no cenaba junta. Sus tres hijos se sentaron frente al padre, alegres y extrañados por su presencia.
—Vuestros maestros me hablan sobre vosotros —les dijo—. Sé que os estáis esforzando y eso hace que me sienta orgulloso.
—Padre, ¿quién ha muerto hoy en la Alhambra? —preguntó el pequeño Alí. A sus siete años era un torbellino de energía incontrolable.
Su hermano mayor, Abd-Allah, le propinó un codazo para que callara. Sin embargo, el padre rio con ganas y respondió de buen humor. No podía evitar sentir cierta predilección por Alí, le recordaba a él mismo cuando era pequeño.
—La Alhambra no es un nido de asesinos, hijo. —Miró de soslayo a Iqbal, que negaba y sonreía. En su mirada había un velo de preocupación—. Pero sí que hay alguien malo que quiere hacer daño al emir. Ya tenéis edad para saber de estas cosas.
Muhammad, que tenía diez años, se animó a intervenir:
—Padre, ¿lo estás buscando tú? —Al niño le hacía ilusión pensar en su padre como si fuera un investigador implacable en busca de un asesino.
Ibn al-Jatib se percató y entró en el juego, dándole lo que pedía:
—Sí, Muhammad. Tengo poderes para investigar.
De hecho, estoy sobre varias pistas, pero no puedo hablaros sobre eso.
—Acercó la cabeza a ellos y bajó la voz—.
Si os contara algo, tendría que llevaros a la Alhambra y encerraros en una torre para que no se lo pudierais contar a nadie.
—Los niños abrieron los ojos y permanecieron en silencio, expectantes—.
¿Queréis que os lo cuente? —Abd-Allah y Muhammad negaron con la cabeza, pero Alí asintió entre risitas.
Al pequeño parecía fascinarle la idea de visitar la Alhambra y vivir en una de sus torres—.
Pequeño sinvergüenza, mejor que no os cuente nada a ninguno.
Los guardias del emir os vigilarían día y noche…
Cenaron envueltos en un ambiente festivo, felices de tenerse cerca, e Ibn al-Jatib agradeció poder disfrutar de esos momentos. Terminada la cena, oraron juntos y la esclava se llevó a los niños a la alcoba. Iqbal se quedó junto a su esposo.
—Lo necesitaban —le dijo—. Y yo también. Últimamente apenas pasamos tiempo en familia. Gracias.
—No tienes que agradecerme que venga a mi propia casa. Siento estar más ausente. Vivimos una situación extrema que requiere de mí constantemente. Sé que eres consciente.
La mujer asintió, pero en sus ojos seguía instalada la vieja tristeza.
—Temo por ti. Todos saben que estás investigando… Pueden ir contra ti.
—Es mi trabajo y me debo a él. Pero tranquila, el responsable ha dejado claro que lo que quiere es acabar solo con el emir.
—Suspiró hondamente y adoptó un tono de confidencia—.
Me siento desconcertado —confesó, mostrando su debilidad—.
Primero pensé en la Gacela, en una intriga dentro de la familia nazarí.
Pero ahora hay pistas que apuntan a algo diferente. Siento que tengo poco tiempo.
—El asesino sabe que lo buscas, esposo. Por eso lo ha intentado otra vez en tan poco tiempo. —Ibn al-Jatib asintió, de acuerdo con su razonamiento—. Y lo volverá a intentar —se aventuró a decir—. Quiere conseguir su objetivo antes de que des con él.
—Lo sé.
El humor del visir pareció cambiar. De nuevo pudo sentir la presión de la responsabilidad sobre sus hombros, oprimiendo su pecho, agarrotando sus manos. Iqbal se dio cuenta y pidió perdón por haber expresado aquel pensamiento. Ibn al-Jatib la disculpó, pero continuó con su actitud meditabunda.
—Esposa, necesito descansar —se excusó—. Voy a mi estudio. Eso me ayudará a olvidarme de los problemas.