El elegido Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Esa semilla nunca dejó de estar hundida en la tierra. Solo le faltaba un poco de agua. —La besó y apretó con fuerza su cuerpo, olvidando por un instante el motivo de su visita.

—Para. Aquí no podemos. No con ella cerca —advirtió Umm al-Hassan con las mejillas arreboladas, señalando con la cabeza en dirección al patio—. ¿Por qué has venido? —preguntó mientras se separaba de él.

Lisan al-Din se recompuso y extrajo del interior de su túnica el bote que le había tomado al jardinero.

—Muhammad ha sufrido otro intento de envenenamiento.

Le entregó el recipiente a la médica, que lo tomó con cuidado.

Esta lo observó con cautela, como si estuviera sosteniendo una brasa al rojo.

Resopló y se puso a trabajar sin mediar palabra.

Vació parte del contenido en un pequeño cuenco y repitió la prueba del polvo amarillo, pero en esa ocasión el líquido no se tornó azul.

—Es otro veneno. —Miró al visir—. Tal vez el responsable sepa que hemos indagado sobre la Muerte azul. —Aguardó varios segundos sin apartar la vista del cuenco, pero no hubo reacción alguna—. No sé qué veneno es. ¿Cómo lo conseguiste? ¿Cómo han atrapado al asesino?

Ibn al-Jatib le relató todo lo ocurrido hasta llegar a la muerte del anciano.

—Así que está mezclado con agua… —Vertió más polvo amarillo en el recipiente, pero tampoco hubo reacción—. ¿De qué forma murió?

El visir le contó cómo el viejo jardinero cayó al suelo, cómo su cuerpo se sacudió por espasmos y una espuma rojiza comenzó a brotar de su boca.

—Podría ser cualquier veneno. —Umm al-Hassan tapó el bote—. Se lo llevaré a un conocido especialista en alquimia. Estoy segura de que él sabrá de qué se trata.

—Gracias.

—No hay de qué. Tampoco servirá de mucho conocer el tipo de veneno.

Ibn al-Jatib suspiró y se frotó la barba. La desesperación seguía instalada en su pecho y pareció estar a punto de echarse a llorar.

—Lo sé, pero por algo hay que empezar. —Se desplomó sobre una silla—. Siento una presión que me oprime la cabeza. Apenas descanso —reconoció—. Cada mañana, el amanecer me sorprende trabajando, y los días los paso entre la Alhambra y la madrasa. Mis hijos se están criando sin su padre…

—… y tu esposa apenas te ve —terminó Umm al-Hassan por él. En sus palabras no había reproche ni resentimiento, tan solo la constatación de un hecho—. Pobre Iqbal. Me compadezco de ella. Tiene un esposo que no la ama, y vive condenada a cuidar de sus hijos.

Ibn al-Jatib sintió una punzada de dolor entre las costillas.

La mujer no pretendía herirlo, pero eso justamente fue lo que consiguió.

Él sabía que tenía razón, que Iqbal no merecía aquel trato, pero seguía sin poder hacer nada para evitarlo.

«Quién puede dominar sus sentimientos. El corazón es un caballo libre y desbocado que cabalga bajo sus propios fueros», pensó.

—Te compadeces de Iqbal de la misma manera en que yo me compadezco de tu esposo.

—Sí, es así —afirmó con rotundidad Umm al-Hassan—. Nuestras parejas sufren la misma maldición de estar casadas con alguien que no las ama —convino—. Pero peor es nuestra propia maldición, la de amarnos y no poder estar casados.

El visir se enterneció y sus ojos brillaron.

—Mi Estrella, la que guía mis pasos en la noche e ilumina mi alma…

—Deja tus versos para los muros de la Alhambra, Lisan al-Din.

—Se acercó a él y lo besó para no darle tiempo a replicar—.

Me encanta tu poesía —añadió con una sonrisa, que enseguida quedó truncada en una mueca de resignación—.

Ayer recibí una carta de Almería. Mi esposo está allí, preparando el primer cargamento de seda a Tremecén.

Pronto estará de vuelta en Granada; tal vez ya haya partido.

Las palabras sacudieron al visir con contundencia. «¿Qué esperabas, estúpido?», se dijo. Aturdido, se puso en pie y comenzó a caminar hacia la puerta. Antes de salir, se giró hacia Umm al-Hassan.

—Ven pronto a verme. Aún tenemos tiempo.

Ella asintió con seguridad y lo dejó marcharse sin despedirse. El visir hizo el camino a la Sabika cabizbajo, rumiando sus oscuros pensamientos.

«Así mueve el destino nuestras almas. Las une y las separa como si jugara con ellas».

Muhammad eligió la yegua favorita de su padre en las caballerizas del Partal.

Se trataba de un hermoso ejemplar de raza árabe de color bayo.

El general al-Assad lo esperaba en la almunia del Generalife.

El emir hizo el camino hasta allí escoltado por cuatro guardias elches.

«No te apartes del León, ni de los guardias», le había suplicado su madre con ansiedad.

Desde el incidente de la mañana, acosadas por el miedo a un nuevo atentado, Mu’mina y Butayna se habían recluido en el palacio emiral.

Sin embargo, Muhammad necesitaba respirar el aire puro de los cerros, salir del ambiente opresivo de los palacios.

El joven se reunió con el visir de la Espada a las afueras del Generalife. Este lo saludó con respeto y pidió a los elches que formaran a su alrededor, pero manteniendo una distancia suficiente como para dejarles hablar con intimidad.

—El paseo te vendrá bien, mawlana —le dijo al emir

El León de la Alpujarra quería alejarlo de la Alhambra, donde todos los cortesanos comentaban el intento de envenenamiento y discutían teorías sobre el posible asesino.

Cabalgaron hasta el hisn de la Acequia, el pequeño castillo que protegía la acequia del Emir y la almunia.

Desde allí se dirigieron hacia el este, sobre las huertas y jardines del Generalife.

Al-Assad le explicó a Muhammad que Ibn al-Jatib y él habían tomado medidas para garantizar su seguridad.

Intentó tranquilizarlo alardeando de los medios que había dispuesto ese mismo día, pero el joven emir parecía seguir inquieto. La preocupación colmaba su mirada.

—No entiendo por qué quieren acabar conmigo. Todavía no he empezado a gobernar.

—A quien sea le da igual lo que hagas, si eres buen o mal emir. Tal vez ni siquiera le importe quién seas. Quiere el poder que tú ostentas, y por eso te ataca —opinó el general—. Tus visires velamos por ti, pero tú debes poner de tu parte, alejarte del peligro y no exponerte.

Muhammad meditó en silencio mientras conducían los caballos entre las encinas y los matorrales. El sol comenzaba a declinar en el cielo, buscando el horizonte.

—He venido aquí decenas de veces con mi padre.

—El emir abarcó el paraje con su mano izquierda—.

Tú nos acompañaste en muchas de ellas. —Al-Assad asintió—.

Aquí aprendí a cazar con halcones. Este bosque y este cerro están unidos a la Alhambra, como el jardín a una casa.

—Parecía divagar, pero enseguida condujo su discurso hacia donde realmente quería.

El propio Lisan al-Din le había enseñado a modular así sus peroratas—.

Mi padre era un hombre muy sabio. Tenía planes para estas tierras, quería ponerlas en producción.

Él no pudo hacerlo, pero yo lo haré, al-Assad.

Mi padre sabía gestionar la economía del emirato, sabía de tierras y plantas, pero también conocía profundamente el alma humana.

—Miró al visir de la Espada a los ojos—.

Una vez me dijo: «A las sombras hay que combatirlas con luz».

Un hombre sabio… Quería decirme que si hay intrigas ocultas contra ti, debes hacer que afloren.

Y si sospechas que alguien conspira, debes tenerlo cerca para vigilar mejor sus pasos.

—Eres digno hijo de tu padre, mawlana . Aun así, debo advertirte que andes con cuidado. No me fío de algunos de los que te rodean —dijo el visir, animado a ser más directo con su señor.

—No soy estúpido, León. Sé que la Gacela desearía el emirato para su hijo Ismail, pero ella tampoco es estúpida.

Sabe que ahora mismo no puede hacer nada.

No tiene poder suficiente y necesita una administración consolidada antes de atacar.

Si en algún momento se decide a actuar, lanzaré contra ella toda la furia que guardas en tu pecho.

Pero, hasta entonces, ella es una de las viudas de mi padre, e Ismail es mi medio hermano.

Si los atacara sin motivo, perdería mi legitimidad.

—Lo sé, Muhammad. —No pudo evitar usar su nombre. Parecía molesto—. Ese condenado de Ibn al-Jatib ha estado hablando contigo… ¿Verdad?

Ambos rieron, y la risa sonó en los oídos de al-Assad como la mejor de las melodías. Realmente quería a aquel muchacho y estaba preocupado por él.

—Cuéntame entonces tus planes para esta tierra —le pidió con familiaridad.

El emir tomó la iniciativa de la marcha y espoleó a su montura para que se adelantara y torciera hacia el norte. Enseguida el visir lo alcanzó.

—Mi padre quería traer una parte de la acequia hasta aquí.

—Señaló hacia poniente, por donde discurría el trazado de la acequia del Emir, que surtía de agua al Generalife y a toda la colina de la Sabika—.

Todos los días hay sobrantes que se tiran al barranco; más de un tercio del agua, según he podido saber.

Mi intención es construir un ramal para traerlo por aquí.

Al-Assad observó las pendientes. Luego dirigió la vista hacia la ladera del cerro por la que discurría la acequia, por encima del curso del río Darro.

—No sería posible, por la altura —repuso el visir de la Espada—. Aunque el ramal empezara más arriba, no se podría salvar la pendiente para llegar aquí.

—Hay una manera. —Muhammad sonreía. Estaba saboreando ese momento en que él, un muchacho de quince años, le daría una lección de ingeniería a su instructor de armas—.

El agua llegaría hasta aquí —señaló el suelo—, pero a unos cien codos por debajo de nosotros.

Se excavaría una galería subterránea para traerla.

Aquí se abriría un pozo para llegar hasta el agua, y se instalaría una noria para subirla, y un albercón para almacenarla.

El León de la Alpujarra valoró la información sin dejar de mirar el terreno.

—Sería muy costoso…