Capítulo 13
El visir de la Pluma permanecía sentado en una sencilla jamuga.
Meditaba sobre diferentes asuntos mientras observaba los trabajos que se estaban llevando a cabo en el patio de Comares.
La embajada castellana acababa de irse y se había citado con el emir para comentar con él el resultado de las negociaciones.
La conversación con el principal embajador había resultado esclarecedora para comprender la difícil situación que atravesaba Castilla.
Ibn al-Jatib tenía por seguro que aquel hombre joven era el propio rey don Pedro.
«No hay diques que puedan contener al amor», pensó, y vaticinó que los enfrentamientos entre partidarios y detractores del rey se agravarían irremediablemente.
«Tal vez eso sea bueno para Granada, siempre que finalmente sea Pedro I quien se alce con la victoria».
Su mente divagó y finalmente recaló en Umm al-Hassan, donde halló acomodo y tortura a partes iguales.
Llevaba varios días sin verla y la echaba de menos.
Un jardinero accedió al patio y comenzó a recortar uno de los setos de arrayán.
Ibn al-Jatib lo observó mientras seguía sumido en sus pensamientos.
Era un hombre mayor, casi un anciano, que caminaba encorvado y cojeaba de una pierna.
Las plantas habían sido podadas para la recepción de la embajada, por lo que no tardó mucho en terminar su trabajo.
Dos operarios, seguidos por Hassan, tomaron medidas en los extremos de la alberca y discutieron sobre la mejor manera de acometer la colocación de las fuentes.
El arquitecto saludó al visir desde la distancia.
El jardinero se alejó de los setos e Ibn al-Jatib lo vio caminar renqueando hasta la jamuga del emir, todavía vacía.
Cerca de él, varios albañiles observaban la fachada del pabellón residencial y hablaban entre sí para tomar decisiones.
El viejo jardinero tomó una jarra de agua que descansaba sobre una mesita de bronce.
Con disimulo, soltó las tijeras de podar y cogió un pequeño bote de cerámica que llevaba escondido bajo la túnica.
Lisan al-Din se puso en pie y tensó cada músculo de su cuerpo.
El anciano destapó el bote y comenzó a verter su contenido en la jarra.
—¡Eh! ¡Tú! —gritó el visir. Los albañiles lo miraron sin comprender. El jardinero continuó con su tarea sin inmutarse—. ¡Detente! —aulló, llamando la atención de los guardias que custodiaban la entrada.
Al fin el viejo se percató de que se dirigían a él y localizó al hombre que le gritaba.
—¿Qué ocurre, sidi ?
Ibn al-Jatib caminó hasta él dando grandes zancadas, seguido por dos guardias.
—¿Qué has echado en el agua de mawlana ? —le inquirió.
—Agua de rosas, hecha por mi esposa para aromatizar el agua del bendito Muhammad V de Granada.
El visir dudó. Observó al hombre, que permanecía con la cabeza gacha. Los guardias habían desenvainado sus jinetas y esperaban una señal de Lisan al-Din para intervenir. Este los tranquilizó con un movimiento de la mano, pero no los echó.
—Bébetela —le ordenó con voz calmada.
—No osaría. Es el agua de mawlana —argumentó el anciano.
—Bebe —insistió Ibn al-Jatib.
El jardinero alzó la cabeza, agarró la jarra y bebió un largo trago. Luego, con gestos pausados, depositó la jarra en su sitio. En su expresión ya no había rastro de humildad. Primero dibujó una sonrisa, luego estalló en carcajadas, que pronto fueron interrumpidas por un espontáneo gesto de dolor.
—Me has cazado —dijo con voz aguda—. «El león saltó sobre la gacela»… —cantó. Era un fragmento de una cancioncilla popular. Volvió a reír—. ¡La baraka ha decidido que sea yo el que muera! —Los guardias iban a prenderlo, pero Ibn al-Jatib los detuvo.
—¿Quién eres? ¿Quién te manda? —le preguntó al viejo, que negó con la cabeza. El dolor le hizo doblarse sobre sí mismo.
—¡Pero podría haber sido otro el que hoy muriera! ¡Así es la ley de la baraka! ¡Salva a unos y condena a otros!
Cayó al suelo de rodillas sacudido por espasmos.
Ibn al-Jatib insistió en lanzarle una pregunta tras otra, pero el viejo ya no soltó ninguna palabra.
Por su boca comenzó a rezumar una espuma rojiza y densa, y sus ojos se inyectaron de sangre.
Al fin, se desplomó, y en su caída volcó la jamuga del emir.
El visir se llevó las manos a la cabeza y se arrancó el turbante con furia, tirándolo al suelo mientras gritaba:
—¡Maldito seas!
En ese instante se percató de que Muhammad ya había accedido al patio y permanecía a la entrada, escoltado por cuatro guardias. El muchacho observaba la escena horrorizado.
—Será mejor que te vayas a casa, sidi —le pidió Lisan al-Din.
El emir obedeció. Acto seguido, el visir tomó el bote que había usado el jardinero y lo rellenó con agua de la jarra. Los guardias se acercaron al anciano para confirmar que estaba muerto.
—Maldito seas —repitió Ibn al-Jatib mientras salía del patio de Comares.
Durante las siguientes horas la Alhambra se tiñó de sospecha.
Las puertas se cerraron y los guardias no dejaron pasar a nadie que no viviera en la Sabika.
El general al-Assad dirigió una investigación, por la cual se pudo averiguar que el jardinero llevaba poco más de un mes trabajando en los palacios.
Estaba destinado en los jardines cercanos al Partal.
Los guardias del visir de la Espada interrogaron a otros jardineros, que comentaron que el viejo era un hombre extraño, un buen trabajador, pero solitario y maniático.
«A veces se te quedaba mirando sin hacer nada, con los ojos vacíos, como si no pudiera ver», dijo uno de sus compañeros.
Ibn al-Jatib se reunió con al-Assad y juntos tomaron decisiones sobre la seguridad en los palacios.
Se llevaría a cabo un control exhaustivo de los trabajadores que tenían acceso a ellos, tanto jardineros como albañiles, pintores o incluso las esclavas que atendían a la familia del emir.
Nadie comenzaría a trabajar en la Alhambra sin haber pasado antes por el escrutinio de alguno de los visires.
El León de la Alpujarra confirmó que seguía sin poder demostrar relación alguna entre los intentos de envenenamiento y la Gacela blanca o el sayj al-Guza.
—Si están detrás de esto, se guardan muy bien para no quedar expuestos.
—Buen trabajo, amigo —le dijo Lisan al-Din—. Sigue así, no bajes la guardia. Yo hoy tengo trabajo fuera. —Le palmeó el hombro—. Ve a ver a Muhammad y tranquilízalo, a él y a su madre. Deben de estar nerviosos.
Al-Assad asintió, conforme, y enseguida se retiró en dirección al palacio emiral. Ibn al-Jatib se disponía a marcharse cuando Reduán lo llamó. El hayib caminaba apresurado desde la salida del Mexuar.
—Me he enterado de todo. —Hablaba con ansiedad, atropellando las palabras.
Su frente estaba perlada de sudor—. Hemos estado a punto de perderlo.
Bien hecho, visir. Dispón de los recursos que necesites para tu investigación.
Debemos acabar con esto antes de la ceremonia de aclamación.
Tenemos catorce días para terminar con esta locura.
Después de la reprimenda y las críticas, Reduán se reconciliaba con su visir, al que necesitaba para aquella importante tarea.
Ibn al-Jatib se irguió y sacó pecho. Pocas veces el primer ministro lo había felicitado por su trabajo.
Se despidió del hayib y tomó una yegua de las caballerizas.
Cabalgó hasta el Albaicín y buscó la mezquita aljama.
Ató su montura a la entrada de la casa de enfermos y accedió a ella buscando con la mirada a su amigo.
Lo llamó a voces y una paciente repitió el llamado con una sonrisa bobalicona en los labios.
Kamal no tardó en aparecer con la túnica empapada de sudor, remangándose hasta los codos.
—Amigo, la paz sea contigo —saludó el médico, pero frunció el ceño al observar detenidamente a Ibn al-Jatib, su expresión preocupada, su tez pálida y el ligero temblor nervioso en sus labios—. ¿Qué te pasa? Entra y hablamos.
El visir negó con la cabeza.
—Tengo prisa, Kamal. Más de la que puedas imaginar.
Debo ir a ver a Umm al-Hassan. Algo grave ha ocurrido en la Alhambra —susurró—.
Han intentado envenenar de nuevo a mawlana .
—El galeno soltó una maldición en voz queda—.
Sí, alguien quiere acabar con él, y ahora tengo claro que es la misma persona que estuvo detrás de la muerte de Yusuf I. Necesito el nombre. Lo necesito ya.
—Ya he consultado algunos registros, no creas que lo he tenido olvidado.
—Te lo agradezco, pero ahora necesito que te encierres y lo busques sin descanso. —Ibn al-Jatib intentó no imprimir a su voz un tono imperativo, pero fracasó—. Si necesitas a alguien que te sustituya con los enfermos, puedo mandarte tres médicos antes de que acabe el día.
—Tranquilo, me apañaré. No descansaré hasta encontrarlo. —Estaba serio, había comprendido la urgencia del asunto.
Ibn al-Jatib lo abrazó afectuosamente para disipar la atmósfera de gravedad que se había instalado entre ellos.
—Kamal, se trata de Muhammad. Tú también lo conociste cuando era niño. Es el emir que necesita Granada. No podemos permitirnos perderlo. ¿Quién tomaría el poder si él nos faltara?
El médico asintió, conforme con su reflexión.
Los amigos se despidieron e Ibn al-Jatib tomó su yegua y deshizo el camino hasta llegar al barrio de Axares.
Buscó la puerta verde y tocó con insistencia.
La esclava de Umm al-Hassan le franqueó el paso y lo llevó hasta su ama, que trabajaba en su despacho.
Cuando estuvieron solos, la médica se acercó a él y lo besó en los labios.
Ibn al-Jatib, animado por el gesto, la abrazó y comenzó a acariciar su espalda.
—Te odio —le dijo ella al oído—. Sabía lo que pasaría. ¿Por qué has tenido que volver a sembrar la vieja semilla?