El elegido Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

—Vuestro rey es joven, pero astuto. Ascendió al trono con la misma edad que mi señor Muhammad… Ahora debe de tener unos veinte años —le dio una suave palmada en el hombro a su interlocutor—, como vos. —Le dedicó un guiño, como si compartiera un secreto con él.

El castellano, sorprendido, escrutó en su mirada. Supo que lo había cazado, que había descubierto quién era en realidad.

—Ya os lo he dicho antes, sois más listo que un zorro, al-Jatib. —Bebió un largo trago de vino—. Os ruego que no sigáis por ahí —le dijo con una sonrisa, volvió a beber y negó con la cabeza—. No os he podido engañar, maldito zorro —masculló para sí, riendo abiertamente.

—¡Rarito! ¡Anda y vete con tu madre y tu tía! ¡Que no haces más que liar!

El niño gritaba encolerizado. Faray lo observaba manteniendo la distancia, como un animal herido que aguarda una oportunidad para contraatacar.

—¡Venga! ¡Vete! —insistió el otro mientras se agachaba para coger una piedra.

Faray al fin reaccionó y echó a andar antes de que el niño se decidiera a lanzársela. Se alejó cabizbajo de la placeta donde los niños jugaban. Le habían negado el derecho a participar, condenándolo a aburrirse solo.

A dos calles de su casa, Faray se encontró con su madre.

Amina regresaba del mercado de la puerta del Castro.

En cuanto la vio, el niño comenzó a sollozar y no tardó en estallar en un llanto lastimero.

La madre se preocupó al verlo en aquel estado.

Lo interrogó y Faray le contó que los niños de la placeta lo llamaban «raro» y no le dejaban jugar con ellos.

Amina reprimió en la garganta las palabras que le brotaban desde el estómago.

Cogió a su hijo de la mano y tiró de él para llevarlo hasta la placeta.

El cesto se bamboleaba, golpeándole la cadera al ritmo de sus pasos airados.

—¿Quién es el que ha llamado raro a mi niño?

—preguntó en mitad de la plaza. Los niños callaron, pero varias miradas se dirigieron hacia uno de ellos, un crío espigado que portaba en la mano un palo sin corteza.

Amina lo señaló y se encaró con él—. ¡Como vuelvas a echarlo de aquí, te muelo a palos con esa misma vara que sujetas! ¿Quién te da derecho a echarlo, mocoso?

El pequeño calló, intimidado por la adulta, pero una voz se alzó en su defensa desde la segunda planta de una vivienda:

—¡Esas son palabras muy grandes para un niño! —La mujer no era su madre, pero lo conocía—. No creo que haya hecho nada tan grave como para que le hables así.

Amina centró su atención en ella.

—¿No es grave insultar a otro niño y echarlo como si fuera un perro? ¿Es que mi niño no tiene derecho a jugar aquí como todos los demás?

—Vamos a ver, Amina, no perdamos la calma. —Miró al zagal—. ¿Qué es lo que ha pasado, Umar?

—Lo de siempre —soltó el pequeño a media voz y, señalando a Faray, añadió—: Que nos mete en líos y hace que nos peleemos.

Siempre es él. —Había subido la voz, ganando confianza.

Otros dos niños asintieron a su explicación—.

Es que está todo el día contando mentiras y armando bulla.

Nos echa a pelear a todos, ¡pero él nunca se mete en el lío!

En toda la placeta se hizo el silencio.

—Amina, mujer… —dijo la otra desde su ventana—. Yo vivo aquí y los veo todos los días… Tu hijo es un poco así… —Su voz pretendía ser suave para no ofender a la madre, pero no lo consiguió.

—¡¿Tú también?! —gritó Amina, roja de ira—. ¡Estáis todos contra nosotros! —Tironeó del brazo de Faray—. Vamos, hijo. Aquí no nos quieren. —Escupió al suelo.

—No te pongas así, mujer…

Amina se giró y miró hacia la ventana.

—¡Vete a que te den por el culo! —gritó, y enseguida provocó risitas entre los niños.

—¡Qué poca vergüenza! —respondió la otra, indignada—. Que me den por el culo, dice… ¡De eso sabes tú bien! —voceó cuando la madre ya se alejaba del lugar con su hijo de la mano.

Llegaron a casa y Amina tiró el cesto con furia, esparciendo por el suelo las pocas cosas que contenía. Miró las hortalizas, que apenas llegarían para alimentarlos dos días, y cayó de rodillas, derrotada por la desesperación. Rasha entró en la sala desde el patio y se quedó observando la escena.

—Faray, vete a jugar al patio.

El niño obedeció. Rasha lo recogió todo y se acercó a su hermana para preguntarle qué había pasado.

—Se empeñan en marginarlo. No volverá a ir a la placeta.

Rasha abrazó a su hermana y compartió su dolor. Quería a aquel niño como si también fuera suyo. «Malditos diablos», masculló para sí. Amina se apartó lentamente de ella y se centró en la comida.

—¿Has visto? Todo sube de precio. Apenas nos llega.

—Rasha asintió. Había vuelto a trabajar, pero la competencia era dura en su profesión y no estaba ganando tanto como había esperado.

Amina se enjugó las lágrimas y sus ojos se tiñeron de determinación—.

Tengo que ir yo. Sabes que ha llegado el momento. A mí no me faltarán clientes…

Miró a los ojos a Rasha, y esta no supo adivinar si en la mirada de su hermana había arrogancia, tristeza, ironía o un poco de cada, acrisolado todo en sus pupilas.