El elegido Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Todavía conmovidos por el espectáculo del salón del Trono, los embajadores fueron conducidos al exterior.

Asistieron a una comida de recepción que se celebró en el madjlis del palacio de Ismail I, la residencia del emir.

El banquete fue una muestra de ostentación que pretendía impresionar una vez más a los representantes de Castilla.

El menú incluía las recetas más refinadas de la cocina nazarí, servidas por una cuadrilla de esclavas elegantemente vestidas.

Veinte guardias rodeaban el salón, atentos a los movimientos del servicio.

Al-Assad se había encargado de organizar la seguridad del evento.

Dispuso que el emir tuviera como sierva una pariente lejana de máxima confianza.

La joven fue la única que manipuló su comida y su bebida.

Muhammad V comió acompañado por su hayib , destacados ambos sobre un entarimado.

Como era habitual, su esposa no había sido invitada a la recepción.

Sin embargo, sí estaba el padre de esta, al-Nahil.

Desde su liberación, el tío del emir se había convertido en un acérrimo defensor de las virtudes de su sobrino.

Cerca de la tarima, compartiendo mesa, estaban el medio hermano de Muhammad V y su cuñado, el Bermejo.

Ismail al-Hassas lucía un turbante de seda verde que le hacía destacar sobre el resto de los invitados.

«Eso es cosa de la Gacela…», se dijo Ibn al-Jatib en cuanto lo vio.

El joven llevaba una trenza con lazos de la misma seda verde y jugaba con ella sobre su hombro.

El visir de la Pluma se percató de que no perdía de vista a Muhammad y un pensamiento fugaz pasó por su mente: «¿Estuviste implicado en el intento de envenenamiento?

». Pero se sacudió la idea enseguida. Sin la intervención su madre, el muchacho no tenía espíritu ni para atarse unos zaragüelles.

No muy lejos estaba dispuesta la mesa de los africanos.

Había cinco representantes de los meriníes, entre los que destacaba el sayj al-Guza.

Desde la reprimenda de Reduán a Ibn al-Jatib, el líder de los Voluntarios de la Fe parecía haber crecido dos palmos.

Los castellanos fueron ubicados frente al emir. Siguiendo unas estrictas normas protocolarias, en su misma mesa estaban los visires de la Pluma y de la Espada. El joven que estaba al frente de la embajada buscó asiento cerca de Ibn al-Jatib. Ambos hablaron en romance.

—Mi señor don Pedro os manda saludos. Os estima mucho. Siempre le habéis dado buen consejo en momentos difíciles, por lo cual os está muy agradecido.

—Es un placer poder ayudar a mi señor Pedro. Transmitidle mi gratitud por su confianza, y decidle que sigue contando con mi amistad para lo que necesite.

Durante el mandato de Yusuf I, Ibn al-Jatib había mantenido una intensa correspondencia con el rey castellano. Este había contado con él como uno más de sus consejeros. Por su parte, el visir de la Pluma había cultivado una amistad que beneficiaba a todo el emirato.

—Gracias, ministro. Bien le vendrá. —El embajador se detuvo un instante para beber vino—. En realidad, hay algo que le preocupa y me ha pedido que os consulte. Tengo su plena confianza —aclaró.

Lisan al-Din lo miró fijamente, valorando su intención.

Luego asintió, aceptando la petición. El castellano bajó la voz y habló despacio para que el granadino pudiera seguir su relato.

El manejo de la lengua de Castilla por parte de Ibn al-Jatib era aceptable, pero a veces le costaba seguir una conversación.

—Os lo resumiré, al-Jatib. El pasado año, don Pedro se casó con Blanca de Borbón, lo que suponía un acercamiento con Francia.

Muchos en el reino lo querían, y también el papa.

Sin embargo, mi señor amaba a otra mujer y no quería casarse con Blanca.

Fue engañado: los franceses no podían pagar la dote que se había acordado.

¿Me seguís? —Ibn al-Jatib asintió. Ya conocía aquellos hechos—.

Don Pedro repudió a doña Blanca y la recluyó en un castillo.

Se fue con la mujer que amaba. Los nobles le reclamaron que cumpliera sus acuerdos y le recordaron que necesitaba un heredero legítimo.

Así que se casó con otra mujer. —El granadino hizo amago de intervenir, pero el embajador prosiguió—: Dos obispos anularon el matrimonio con doña Blanca —explicó—.

Sin embargo, a esta segunda esposa también la abandonó.

—Ibn al-Jatib alzó la cabeza, sorprendido.

El castellano no pudo reprimir una risita—.

Sí, sí. Veréis, el rey ya tenía enemigos, nobles que querían que volviera con doña Blanca.

Los hermanos de la nueva esposa estaban entre ellos.

Así que don Pedro se enojó con toda la familia y la repudió.

—Bien —dijo el visir de la Pluma—. No juzgo a vuestro señor. Imagino que volvió con la mujer que amaba…

—Sois inteligente, ministro. El caso es que nunca había dejado de hacerlo, y le ha dado prioridad a ella y a su familia por encima de los demás.

—El visir apretó los labios y meneó la cabeza, atisbando los problemas del rey—.

Exacto, al-Jatib. Los que perdían mercedes se enfadaban más, y así se ha ido formando un partido de rebeldes que ha llegado a ser muy poderoso.

A estos se han unido incluso los medio hermanos del rey, pero eso es otro tema y no me quiero desviar.

—Cesó su relato unos segundos para ordenar sus pensamientos.

Mientras tanto, sirvieron el primer plato de carne e Ibn al-Jatib comenzó a comer—.

Ha habido una batalla, y después conversaciones.

Al final, el rey don Pedro ha tenido que ceder y ha repuesto a muchos en sus antiguos cargos.

—Pero no ha vuelto con doña Blanca, ¿me equivoco?

—No, no os equivocáis. Sois un zorro astuto —le dijo al oído, animado a la familiaridad por efecto del vino—. Me caéis bien, al-Jatib, muy bien. Y ahora decidme, para que se lo pueda trasladar a mi señor: ¿qué le aconsejáis ante esta situación?

El visir se echó un último bocado a la boca y bebió un sorbo de vino antes de comenzar con su reflexión:

—Castilla y Granada son diferentes. Aquí no hay nobles poderosos que puedan amenazar con sus propias tropas la autoridad del emir.

Pero hay conjuras en el palacio que pueden acabar con su vida.

Las guerras de bandos en Granada se disputan dentro de los muros de la Alhambra —explicó—.

No sé qué es mejor. Allí tienen ejércitos, pero los veis venir.

—Ambos rieron—. Vuestro rey tiene que darles algo a sus enemigos.

Si no puede volver con doña Blanca, debe darles un heredero legítimo por otra vía. Tal vez así se callen.

—Pero no puede volver a casarse… —pensó en alto el castellano—. Y sin matrimonio no hay hijos legítimos… —Un brillo extraño encendió su mirada—. Le trasladaré vuestras palabras, por si le sirven para encontrar una solución. Gracias.

—Entiendo a vuestro rey —dijo Ibn al-Jatib con mirada evocadora—.

El amor está por encima de todo, no entiende de reglas, de alianzas ni de contratos.

Pero vivimos en un mundo regido por todas esas cosas y debemos respetarlas.

—Recordó las palabras del santón de la zawiya .

En su voz había tristeza y resignación. El embajador asintió lentamente, complacido por su apoyo—.

En cuanto a los nobles, como granadino y visir, le aconsejaría que limitara su poder.

Debe contar con un ejército propio lo suficientemente fuerte como para aplastar las revueltas.

Nadie debería poder cuestionar su autoridad en un campo de batalla.

—Abrió las manos, como si aquello fuera evidente, y volvió a mirar al joven castellano con intensidad.

—Sabio consejo, os lo agradezco —respondió este, algo intimidado por su mirada inquisitiva.

Ibn al-Jatib dibujó una sonrisa en sus labios.