El elegido Capítulo 12
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Capítulo 12

En su estudio, sobre una rica alfombra de seda, Ibn al-Jatib terminaba la primera oración del día cuando un mozo tocó a su puerta.

Ejecutó la última prosternación sin dejarse alterar.

Luego se puso en pie y recibió al chico, que le entregó una carta y le pidió disculpas por la interrupción.

El visir la leyó y reaccionó de inmediato.

Se calzó y salió apresurado de casa. Esa misma mañana llegaba la embajada castellana, pero no podía dejar sin atender esa llamada.

Recorrió las calles del Albaicín hasta dar con la casa de enfermos. Kamal lo esperaba en el patio delantero. Detrás de él había dos mujeres jóvenes que miraban fijamente uno de los arbolillos del patio.

—Dime que tienes algo —lo abordó Ibn al-Jatib a modo de saludo.

—Hubo un demente, hace algunos años, no sabría decirte cuántos…

—comenzó a contarle Kamal. Los recuerdos, esquivos, al fin se habían hecho presentes—.

Parecía obsesionado con esa palabra. —Ibn al-Jatib se cruzó de brazos y carraspeó, excitado, demandando más información—.

La escribía en el suelo de tierra, la cantaba y aleccionaba a otros enfermos sobre ella.

—¿Quién es? ¿Dónde puedo encontrarlo? —preguntó el visir con ansiedad.

—Estuvo viniendo un tiempo, pero dejó de hacerlo hace mucho.

No puedo decirte nada más. No padecía un trastorno grave.

Se obsesionaba con ciertas cosas, pero no hizo nunca daño a nadie.

Al contrario, ayudó a algunos enfermos. Otros dementes lo seguían, lo escuchaban cuando daba sus sermones sobre la suerte y el destino.

—Señaló el centro del patio, donde se alzaba un almendro—.

Se reunía con ellos ahí mismo. Parecían calmarse al escucharlo.

Por eso lo dejábamos tranquilo. —Meditó unos segundos en silencio, buscando la manera de verbalizar una impresión—.

A veces pensé que en realidad no venía a que lo tratáramos, sino a hablar con los dementes.

—¿Cómo se llamaba?

—¿Realmente pretendes que me acuerde? ¿Sabes cuántos enfermos pasan por aquí al cabo de un solo año?

—Rio—. Tendría que buscar en los registros.

—Ibn al-Jatib dibujó una expresión suplicante e hizo el amago de pedírselo, pero Kamal se dio antes por vencido—.

Sí, sí. Tranquilo, lo haré. Pero dame algo de tiempo.

—Perdona mi insistencia, pero de eso no me sobra precisamente. Es la vida de mawlana la que está en juego.

—De acuerdo. Lo haré cuanto antes —concedió el médico, consciente de la gravedad del asunto, y se comprometió a buscar aquel nombre en los archivos.

Ibn al-Jatib suspiró con alivio. Esa parecía ser la única pista clara que obtenía desde la muerte de Yusuf. Le dio las gracias y se marchó en dirección a la Alhambra para preparar la recepción de la embajada.

Desde primera hora de la mañana, Hassan revoloteaba por el patio del palacio de Comares.

Veló por que los setos de arrayán estuvieran bien recortados, los andamios desmontados y las paredes bien estucadas y pintadas.

Quedaba trabajo por hacer, pero se retomaría una vez concluyera la visita de los emisarios castellanos.

Muhammad V y su hayib querían impresionar a los rumíes con un alarde de riqueza y refinamiento.

La embajada llegó a mediodía. Había salido de Alcalá la Real al alba y, desde la fortaleza de Moclín, contaron con una escolta nazarí para acceder a la Vega y atravesarla.

Los hicieron desfilar por las principales calles de Granada, donde los vecinos los aclamaron y echaron pétalos de flor a su paso.

Para su estancia, dispusieron de unas lujosas dependencias en uno de los palacios más antiguos de la Sabika.

Eran tres los emisarios del rey Pedro y venían sin guardia cristiana, como era costumbre en las embajadas.

Una vez que se hubieron aseado y limpiado del polvo del camino, fueron conducidos a Comares, donde el emir los esperaba.

Miembros destacados de la corte nazarí, así como los miembros del Mexuar de Muhammad V, recibieron a los embajadores con honores similares a los que habrían dispensado al rey.

El hayib los condujo a través del patio, rodeando la alberca para que pudieran admirar la visión de su reflejo.

Luego, avanzando por un lateral, llegaron hasta la entrada de la torre, que estaba custodiada por dos guardias armados con brigantinas, lanzas y celadas con nasal.

Reduán accedió en primer lugar e invitó a los tres embajadores a pasar.

Lo primero que percibieron los castellanos al acceder al interior del salón fue el intenso olor a rosas que emanaba de los perfumeros instalados en las tacas de la entrada.

La luz se atenuó, pero una amalgama de colores pareció brotar de las paredes.

Al fondo del salón, en una alcoba, estaba situado el emir.

Su trono descansaba sobre una tarima revestida de alfombras de seda.

Los haces de luz que penetraban a través de las celosías le aportaban a Muhammad V un aire de irrealidad que lo acercaba a lo divino.

Cada elemento del salón estaba estudiado para producir ese efecto.

A la izquierda del emir estaban sus visires de la Pluma y de la Espada.

Reduán se colocó a su derecha. Los castellanos se arrodillaron a varios pasos del trono.

El cabecilla, un hombre joven de mirada astuta, tomó la palabra:

—Majestad, venimos en representación de nuestro señor don Pedro I de Castilla, con poderes para hacer y deshacer, y así poder renovar los tratos pasados que unen a nuestros reinos.

Se detuvo para dar tiempo al traductor a trasladar sus palabras al árabe. Ibn al-Jatib ejerció de intérprete. Muhammad V conocía los rudimentos de la lengua romance, pero no tenía la soltura necesaria para mantener una conversación fluida. Escuchó la traducción y respondió en árabe:

—Sois bienvenidos en Granada. Trasladad nuestros buenos deseos y nuestra amistad al rey don Pedro.

Los embajadores aceptaron sus palabras con una reverencia. Luego, su líder comenzó a explicar los términos del viejo pacto de vasallaje, según los cuales, Granada recibía protección y respeto de sus fronteras a cambio de un impuesto anual y del deber de prestar auxilio y consejo al rey castellano.

Seguidamente, siguiendo el protocolo de la corte nazarí, intervino Reduán:

—Es deseo de nuestro señor Muhammad V de Granada renovar ese pacto.

—Por su origen cristiano y sus funciones diplomáticas, el hayib también manejaba la lengua romance—.

Pero esperamos que comprendáis que Granada atraviesa momentos difíciles tras la pérdida de nuestro amado emir Yusuf.

Su hijo, nuestro emir Muhammad, querido por Dios, comienza su gobierno ayudado por sus humildes servidores —dijo a modo de preámbulo, recurriendo a la retórica cortesana—.

Es por eso que mi señor solicita una rebaja de las parias durante al menos cinco años con el fin de estabilizar su reino en las mejores condiciones.

—Comprendemos la delicada situación de vuestro reino —contestó el noble castellano—. Y mi señor Pedro I de Castilla está dispuesto a conceder una rebaja de las parias durante tres años a partir de hoy. La quita será de un quinto sobre el importe total habitual.

Reduán se mantuvo erguido mientras el embajador exponía su propuesta.

Cuando hubo terminado, Ibn al-Jatib la tradujo.

El hayib miró al emir, que asintió ligeramente con la cabeza.

Todo aquel ritual había sido previamente estudiado por el hábil primer ministro.

Finalmente, este habló en nombre de Muhammad V:

—Mi señor agradece vuestra comprensión y acepta de buen grado este pacto. —Abrió los brazos—. Que reine la paz entre nosotros y florezca nuestra amistad —declaró para terminar.

El pacto quedó renovado y ambas partes quedaron conformes. Tanto Granada como Castilla vivían una situación precaria y les interesaba tener paz entre sí. Atrás quedaban de esta manera los aires belicosos del reinado de Alfonso XI, el padre de Pedro I.