Capítulo 11 #3
— Mawlana , tengo un nuevo poema para ti —dijo, aprovechando el envite.
El joven Muhammad le pidió que recitara algunos versos y el auxiliar obedeció.
La estancia quedó invadida por sus metáforas; su voz delicada acarició las paredes y reverberó en el artesonado.
El emir escuchó con los ojos cerrados, dejando que la poesía atravesara su pecho y hurgara en sus entrañas.
Cuando terminó, Muhammad sonrió y le apretó afectuosamente el hombro derecho.
—Un alma que compone algo así no puede albergar maldad. —Ibn Zamrak agachó la cabeza. Sintió el latigazo de la conciencia por el acto atroz que había cometido aquel mismo día—. Tal vez algún poema tuyo sirva también para decorar este palacio. —Una sonrisa apareció en el rostro del poeta.
Justo en ese momento, Butayna penetró en el patio de la alberca acompañada por Mu’mina. La mirada de Muhammad se encendió.
—Mi madre y mi esposa —dijo—. Debemos terminar la visita, pero espero verte en otra ocasión. Soy aficionado a la poesía. Tal vez podríamos componer algo juntos.
—Cuando así lo desees, mawlana . Nada me honraría más.
—¿Estás casado?
—Aún no, sidi —se limitó a decir, sin entrar en explicaciones sobre la situación de su familia y la nueva vida que llevaba en la Alhambra, donde apenas conocía a nadie.
—Ya es hora. No puedes demorarlo por más tiempo. —Ibn Zamrak tenía veintiún años—. Te ayudaré; buscaré para ti una mujer apropiada a tu rango de katib .
—Mi señor, soy auxiliar —lo corrigió con humildad.
—Ya no —sentenció el emir—. A partir de ahora eres secretario.
El poeta, emocionado, lo bendijo y le dio las gracias, pero Muhammad lo ignoró y se dirigió hacia donde estaba su esposa para besarla. Ibn Zamrak respiró profundamente y contempló el palacio del emir. Muy pocos en Granada tenían semejante privilegio.
Regresó a la Secretaría con un crisol de emociones pugnando en su alma.
La muerte de su padre, la tranquilidad de saber que su madre y su hermano dejarían de sufrir sus arrebatos, la ayuda del emir, el ascenso a katib …
Las buenas noticias tenían mayor peso que las negativas.
En silencio, mientras caminaba, entonó una breve oración por su padre: «No quería matarte, pero lo he hecho.
Tu destino era recibir la misma violencia que siempre ha dominado tus actos».
El hayib Reduán convocó a Ibn al-Jatib y al general al-Assad en la sala principal del Mexuar.
Había sido informado sobre los últimos acontecimientos y quería tratarlos con ellos en privado.
El primer ministro aguardaba en el centro de la estancia, bajo la linterna que la iluminaba.
Los dos visires llegaron juntos y se sentaron frente a él.
—La paz sea con vosotros —saludó—. El sayj al-Guza ha venido a verme esta mañana.
—Enseguida entró en materia—. Me ha contado que ayer lo acusaste de estar detrás del intento de envenenamiento de mawlana .
—Miró a Ibn al-Jatib, que resopló y negó con la cabeza, preparándose para la reprimenda.
Al-Assad, a su lado, no ocultó su sorpresa—.
Espero que seas consciente de la gravedad de lo que hiciste.
Reuniste a las dos viudas de Yusuf I y al jefe de los Voluntarios de la Fe, e insinuaste que al-Guza y la Gacela conspiran contra el emir. Todo sin tener pruebas.
—El sayj visitó de madrugada a Maryam, y todos sabemos lo que esa mujer desea para su hijo Ismail —se defendió el visir de la Pluma—.
También conocemos los antecedentes de los africanos en Granada —añadió, en referencia a sus intrigas pasadas—.
Tú mismo me autorizaste para investigar sobre la muerte de Yusuf y el intento de asesinato de Muhammad —terminó su alegato.
Reduán se irguió antes de hablar.
—Visir, estás al frente de la Administración, pero poco sabes de los juegos de la política.
¿Sabes el poder que los meriníes tienen en Granada?
¿Y sabes quién los gobierna? —Dejó las preguntas suspendidas en el aire durante unos segundos—.
Sí, al-Guza. No nos conviene ofenderlo, sobre todo ahora, que Muhammad comienza su emirato y apenas tiene quince años.
— Hayib —intervino al-Assad—, son las primeras noticias que tengo de lo ocurrido, pero sí sé una cosa: los africanos están detrás de más de una muerte de un emir granadino. Las sospechas de Ibn al-Jatib están justificadas.
—¿Cómo no ibas a ayudar a tu amigo, visir de la Espada?
Lo esperaba, y por eso estás aquí, para que tú también me escuches.
Necesitamos a los meriníes como amigos. Si reunís pruebas contra al-Guza, hacédmelo saber a mí primero y yo tomaré las medidas oportunas.
Pero no quiero más ataques ciegos, no quiero acusaciones sin pruebas.
—Los señaló. Parecía cansado. La edad y las cargas del gobierno habían hecho mella en él—.
Respecto a la Gacela, sé que es ambiciosa, pero respetó la voluntad de Yusuf I.
Ni ella ni su hijo han atacado a Muhammad V.
Ibn al-Jatib apretó los dientes con furia, conteniendo la ira que burbujeaba en su interior.
—Solo por unos días sus actos no son una traición a Yusuf…
—¡Ya vale! Es viuda y, aunque no sea lo más adecuado, no entraré en sus asuntos de alcoba.
Espero que os haya quedado claro. ¡Ya os podéis marchar!
—Los hombres se levantaron—. Una última cosa.
Mañana llegará la embajada de Castilla. Mucho cuidado con lo que hacéis o decís.
—Los despachó con varios manotazos al aire.
Nunca antes habían visto al hayib tan enfadado. Ibn al-Jatib sospechaba que la Gacela también lo había visitado para manifestarle sus quejas. Los dos visires se retiraron. Una vez fuera, en el primer patio, al-Assad abordó a su amigo.
—Me pides que no actúe y lo haces tú. Ni siquiera me has informado. —Su voz estaba revestida de reproche.
—Amigo, si hubiera hablado contigo, el sayj ya estaría muerto. Lo sabes. —Esbozó una sonrisa con la que pretendía congraciarse con él.
—Y bien muerto estaría ese malnacido. —Ambos rieron, e Ibn al-Jatib se relajó. El general entornó los ojos y repasó mentalmente lo que Reduán les había dicho—. De modo que los acusaste de conspirar… Y lo hiciste a la cara. Haces que me sienta orgulloso de ti.
—No eres el único con sangre caliente en las venas.
—El hayib ha dicho que la Gacela y el africano se reunieron de madrugada…
—Sí —respondió Lisan al-Din con la mirada velada de tristeza—. Puedes imaginar por qué. Ambos lo confirmaron.
—Malditos sean los dos, hijos de mala zorra… —Se mostró consternado—. El cuerpo de Yusuf todavía está caliente. —Miró a su amigo fijamente a los ojos—. No hay pruebas, pero sigo sin fiarme de ellos. Mantendré la vigilancia.
—Por supuesto, no bajes la guardia. Yo tampoco me fío.
Sin embargo, he encontrado una pista que puede apuntar en otras direcciones.
—Al-Assad frunció el ceño, demandando una explicación—.
Hay varias coincidencias extrañas. Cuando tenga algo concreto hablaré contigo.
Mientras tanto, sigue poniendo tus ojos en los palacios, que yo me encargaré de investigar fuera de ellos.
El León de la Alpujarra asintió con la boca apretada.
—La primera te la perdono, pero no vuelvas a actuar sin mí.
Ibn al-Jatib lo abrazó de improviso. Confiaba en aquel hombre rudo pero inteligente. El visir de la Pluma guardaba demasiadas emociones en su pecho y estuvo a punto de echarse a llorar.
—Tranquilo, amigo. Contaré contigo. Juntos protegeremos al cachorro.