El elegido Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

El joven llegó a las inmediaciones de la casa familiar y comprobó que los vecinos rehuían su mirada.

Pronto comenzó a escuchar gritos y supo por qué lo estaban evitando.

Pudo oír a su hermano, pero no supo identificar si eran risas o gritos lo que profería.

También escuchó cómo su padre insultaba a su madre, y los quejidos lastimeros de ella.

Irrumpió en la vivienda como un relámpago, golpeando la puerta y corriendo hasta la sala principal.

Allí vio cómo su padre forzaba a su madre en presencia de su hermano.

—¡Zamrak! —gritó el chico—. ¡Mira!

Señaló al matrimonio y soltó una risita bobalicona, como si no supiera interpretar lo que estaba ocurriendo.

Ibn Zamrak aulló de furia. El padre se levantó y sus zaragüelles le resbalaron hasta los tobillos.

Su desnudez irritó aún más a su hijo. La madre estiró su camisón para taparse las vergüenzas y comenzó a sollozar encogiéndose sobre sí misma.

—¡Maldito enfermo! —soltó el poeta.

—¿A qué has venido? ¡No será para enseñarme moral! Esto es lo que un hombre debe hacer con una mujer. ¡Ojalá tú lo hicieras con alguna!

Ibn Zamrak se acercó a la chimenea, agarró el atizador y se volvió hacia su padre para encararlo.

El hombre se abalanzó sobre él, pero los pantalones enrollados en sus tobillos lo desequilibraron e hicieron que cayera al suelo.

La madre y el hermano gritaban, pero Ibn Zamrak ya no oía nada.

Un agudo pitido martilleaba sus oídos. Alzó el atizador y lo descargó sobre la cabeza de su padre, que cayó al instante contra el suelo.

La sangre salpicó la túnica nívea del poeta.

—¡Maldito seas! ¡Maldito seas! ¡Maldito seas! —gritó hasta en cinco ocasiones.

El padre no se movía. La sangre brotaba a borbotones de la herida en su sien.

El hermano de Ibn Zamrak ya no emitía sonido alguno; observaba fascinado cómo crecía la mancha roja sobre la vieja alfombra del madjlis .

La madre lloraba desconsolada, abrazándose las rodillas.

El joven auxiliar comenzó a respirar con ansiedad, soltó el atizador e intentó limpiar las salpicaduras de su túnica.

—Vete —le susurró su madre—. Vete y pide ayuda al visir, hijo. —Ibn Zamrak no reaccionó—. Lo has matado. ¡Vete!

El joven echó a correr hacia la salida de la vivienda. En la calle se habían arremolinado varios vecinos, pero nadie se interpuso en su camino. «Algún día tenía que pasar», escuchó que comentaba una anciana.

Descendió la ladera de la alcazaba Cadima atravesando el barrio de Axares, cruzó el río Darro por uno de sus puentes y recorrió los caminos que llevaban a la puerta del Arrabal para acceder desde ella al recinto de la Alhambra.

Los guardias le franquearon el paso, pero no lo perdieron de vista, extrañados por la sangre que manchaba su ropa.

Llegó a la Secretaría antes que Ibn al-Jatib y decidió esperarlo allí, a la puerta de su despacho.

Lloró y se dejó llevar por la desesperación, castigando su conciencia con las posibles consecuencias de su acto.

«Hasta en la muerte me procuras el mal», se dijo, maldiciendo el recuerdo de su padre.

El visir de la Pluma no tardó en llegar. Al verlo, se alarmó por su estado.

—¿Qué te han hecho? ¿Qué ha pasado?

—No es mi sangre, maestro —respondió Ibn Zamrak sin detener su llanto—. Es la sangre de mi padre.

Ibn al-Jatib lo introdujo en el despacho y cerró la puerta.

Aguardó unos segundos para que se calmara, y entonces el muchacho comenzó su relato.

Parecía haber organizado sus pensamientos de forma metódica.

Empezó contando cómo era su padre, sus arrebatos de ira y violencia, su castigo constante a su familia.

Le contó cómo les daba palizas a su hermano menor y a él, y la sospecha de que los golpes que su hermano había recibido de pequeño habían provocado su estado actual.

Poco a poco fue desgranando su relato en una sesión de recuerdos dolorosos que parecía actuar sobre su alma como un bálsamo sanador.

El visir escuchaba en silencio, confirmando las intuiciones que había tenido sobre él.

—Imaginaba algo así —le confesó a su alumno. A menudo Ibn Zamrak acudía a la madrasa con señales de las palizas.

Finalmente, el joven llegó a la escena que se había desarrollado hacía menos de una hora. De nuevo afloraron el llanto y la desesperación. Ibn al-Jatib negaba con la cabeza lentamente mientras el suceso se dibujaba en su imaginación.

—Lo he matado, creo que lo he matado…

El visir suspiró, profundamente afectado por la narración.

—Yo hubiera hecho lo mismo en tu lugar —fue lo primero que dijo, provocando que Ibn Zamrak, aliviado, se llevara las manos al pecho—. Sin embargo, es un acto grave que nuestra justicia condena. Te puedo ayudar, pero no te garantizo nada.

El joven asintió, circunspecto. Agradecía la ayuda de su maestro, pero en su mente comenzaron a volar las diferentes posibilidades que se abrían ante ese nuevo escenario.

Ibn al-Jatib se activó de inmediato. Pensó que los guardias del barrio no tardarían en indagar las circunstancias de la muerte y que acudirían a la Alhambra a por Ibn Zamrak.

El visir descartó la posibilidad de hablar con el hayib Reduán.

El viejo estaba demasiado ocupado con sus asuntos.

Últimamente había notado que recelaba de él, que prefería mantenerlo alejado de la política del emirato.

Podía acudir al gran cadí, pero ya se había enemistado con él.

Hacía varios años había intercedido en favor de un reo al que conocía.

El juez supremo tuvo que decretar su liberación, a pesar de no estar de acuerdo con ella.

El asesinato era un asunto más grave y el gran cadí podía aprovechar la ocasión para mantenerse firme y devolverle el golpe.

Al visir de la Pluma solo le quedaba recurrir a la más alta instancia judicial del emirato.

Muhammad V revisaba documentos en el patio del palacio de Comares, a la sombra del pabellón sur.

La alberca había alcanzado su nivel adecuado de agua y reproducía en su superficie la gran torre del salón del Trono.

Varios operarios, bajo la dirección del jefe de arquitectos, tomaban medidas de los espacios en los que se iban a instalar las fuentes.

Otros manipulaban paños de azulejería que iban a servir de zócalo para las estancias privadas del emir.

Dos pintores daban retoques a los yesos que decoraban una puerta.

El conjunto cobraba vida, conformando un todo armónico que hablaba sin palabras de la grandeza de Granada.

Ibn al-Jatib se acercó al joven emir. El katib que había a su lado se apartó discretamente.

— Mawlana , disculpa mi intromisión, pero hay un asunto grave que debo tratar contigo.

El visir relató todo lo ocurrido esa misma mañana.

Muhammad V escuchaba con atención. Ibn Zamrak le había provocado una buena impresión y su habilidad poética lo había deslumbrado.

Eso lo predisponía a ayudarle. Por su parte, Ibn al-Jatib habló en favor de su alumno, destacando sus cualidades y justificando su arrebato.

—¿Cómo debo hacerlo? —preguntó el emir.

La estructura judicial granadina era compleja. Contaba con un entramado de jueces, por encima de los cuales estaba el cadí supremo. Sin embargo, en la cúspide, la más alta instancia la ostentaba el propio emir.

— Mawlana , tú haces y deshaces. Si decides exculparlo, solo debes ordenar al katib que redacte el acta.

Así lo hizo. El secretario redactó el documento y el emir lo rubricó, liberando de culpa al poeta.

Sin embargo, tal vez no hubiera sido necesario.

Ningún guardia se presentó en la Sabika en busca de Ibn Zamrak.

Sus vecinos del Albaicín lo encubrieron, eludiendo nombrarlo cuando se llevaron a cabo las investigaciones.

La muerte de aquel hombre pendenciero e irascible representó un descanso para todos.

Muhammad le pidió a su visir que trajera a Ibn Zamrak; quería hablar con él. Ibn al-Jatib obedeció. El joven auxiliar seguía consternado, colmado por la ansiedad, pero el visir procuró tranquilizarlo antes de presentarlo ante el emir.

—Te ha liberado, nadie va a juzgarte por lo que has hecho. Ahora quiere verte. Entiendo que no es un buen momento para ti, pero recomponte como puedas y ve al patio de Comares.

Esas palabras obraron el milagro. Ibn Zamrak dejó de llorar. Salió del despacho, lavó su túnica con agua de la fuente y se internó en el patio en obras del palacio. Ibn al-Jatib se lo quedó mirando mientras iba al encuentro del emir. «La ambición es un sentimiento demasiado poderoso en él», pensó.

Muhammad V recibió al poeta junto a uno de los setos de arrayán. Ibn Zamrak se echó al suelo de rodillas y le agradeció su exculpación. El emir le hizo levantarse.

—La vida no te ha bendecido con un buen padre. Has debido sufrir mucho.

— Mawlana , más de lo imaginable. —Sus ojos seguían brillantes por el llanto reciente.

El auxiliar se perdió en los detalles del patio.

Era la primera vez que accedía a él. Muhammad lo llevó al interior de la torre, donde Ibn Zamrak se quedó mudo.

Sus ojos jamás se habían posado ante una belleza similar.

El cielo de estrellas del artesonado, las yeserías pintadas en vivos colores, los zócalos de azulejo, las ventanas y balcones semiocultos por celosías, que irisaban la luz a través de los cristales de colores de las cumarias , las vidrieras que daban nombre a todo el palacio.

Luego, el emir lo llevó afuera y le enseñó el pabellón privado, todavía inconcluso.

—La poesía decora este palacio —le informó mientras señalaba algunos paños de yeso, cuyas palabras en relieve estaban siendo coloreadas por un pintor—. Algunos de estos poemas han sido compuestos por tu maestro.

Ibn Zamrak observó los versos impresos en los elementos decorativos del palacio. Envidió a los poetas que los habían compuesto, cuyas palabras quedarían allí para la posteridad.