El elegido Capítulo 11
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Capítulo 11

—He querido que vengas para que aprendas cómo es la práctica médica —le dijo Ibn al-Jatib a Ibn Zamrak—. En la madrasa has visto algo de teoría, pero cuando te enfrentas a un enfermo, todo cambia.

Los dos caminaban por las cuestas de Axares camino de la mezquita aljama del Albaicín.

Al joven auxiliar de la Secretaría le habría gustado decirle a su maestro que la medicina le importaba poco, que la poesía y la administración eran los únicos saberes que acaparaban su interés, pero temía ofenderlo.

Ibn al-Jatib tenía múltiples facetas y entendía el saber como un todo que aspiraba a controlar.

Cuando se acercaron a la mezquita, Ibn al-Jatib dirigió sus pasos hacia una de las viviendas que la rodeaban. Era una casa amplia con patio delantero, en el que podían verse varias personas sentadas al sol.

—La paz sea con vosotros —saludó el visir, y accedió al interior.

Tras un pequeño zaguán se abría un patio interior, alrededor del cual se repartían varias estancias. La construcción tenía dos plantas; la superior disponía de un corredor abierto que recorría sus cuatro lados. Ibn al-Jatib se situó en el centro del patio y gritó a viva voz:

—¿Qué loco dirige esta casa de enfermos? ¡Quiero ver al responsable!

Al instante asomó una cabeza desde arriba que observó a los recién llegados.

—¡Visir del demonio!

Se escucharon sus carreras por las escaleras.

El hombre entró en el patio y abrazó con fuerza a Lisan al-Din.

Kamal era un hombre alto y delgado, de tez clara y cabellos oscuros.

Lucía un gran turbante blanco, cuya tela comenzaba a amarillear.

Su larga barba estaba bien perfilada y su ropa, aunque mostraba los restos de viejas manchas, olía a jabón y a lavanda.

Era un hombre limpio, pero despreocupado por su apariencia.

Había sido compañero de estudios de Ibn al-Jatib.

Ambos habían ejercido la práctica médica en los lejanos años de la adolescencia.

Se formaron con diferentes médicos de la ciudad, pero también aprendieron otras materias de los mejores maestros que visitaban Granada.

Por aquellos años faltaban décadas para que la madrasa abriera sus puertas y los jóvenes ávidos de saber tenían que acudir a las casas de los maestros para recibir su saber.

Juntos recorrieron los barrios, tocando a las puertas de los sabios y sobornando a sus sirvientes para saber cuándo recibían a sus alumnos.

Junto a otros jóvenes, formaron un grupo de debate que se solía reunir en una taberna de la medina cercana a la plaza de Bib-Rambla.

El visir presentó a Ibn Zamrak y animó a Kamal a que le enseñara a su alumno la casa de enfermos.

El anfitrión, orgulloso, los llevó por las diferentes estancias y les presentó a los enfermos que en aquel momento se alojaban allí.

Informó sobre sus dolencias y sus tratamientos, y sobre la organización del establecimiento, que se mantenía a través de algunos habices.

La casa disponía de una sala de curas con una camilla de madera donde también se practicaban las amputaciones.

Tenía su propia botica bien provista de remedios y fórmulas para las dolencias más habituales, y varias salas con sencillos camastros donde los enfermos más graves se recuperaban y recibían sus cuidados.

—Seguimos usando el Canon , pero hace ya tiempo que se ha visto superado por otras obras —le dijo a Ibn al-Jatib.

Para finalizar, Kamal mostró orgulloso la joya de aquella casa de enfermos: su colección de instrumentos de cirugía. Había varias sondas con diferentes terminaciones, pinzas, ganchos, bisturís y tijeras, todo elaborado con buen metal.

—Un anciano al que tratamos aquí, el Compasivo lo tenga en el Paraíso, nos donó dos fincas de almendros. Sus rentas nos ayudan mucho. Aunque no lo parezca, gran parte del instrumental que veis está hecho de almendras. —Guiñó un ojo y rio por su propia ocurrencia.

Cuando terminaron la visita, salieron al patio delantero y tomaron asiento en un banco de piedra adosado a una de las tapias. Sobre sus cabezas, un jilguero cantaba encerrado en su jaula de metal.

—Este hombre es el mejor médico de todo el emirato —le dijo el visir a Ibn Zamrak—, aunque se empeña en quedarse en esta casa.

Kamal rio con fuerza.

—¡No, no! El mejor médico eres tú, aunque te empeñas en quedarte en los palacios de la Alhambra.

Ibn al-Jatib recibió la pulla con una sonrisa, pero su alma sintió el resquemor de una vieja herida que todavía sentía abierta.

Kamal representaba el camino que él debía haber seguido, la entrega vocacional, la espiritualidad vivida día a día, el sacrificio y la renuncia a la gloria y a los bienes materiales.

El médico vivía holgadamente, pero sin mayores aspiraciones materiales.

Era un hombre sencillo que se entregaba a su trabajo con alegría, convencido de que estaba exactamente donde quería estar.

Lisan al-Din, secretamente, envidiaba su determinación.

Se dirigió a su alumno y lo animó a que se fuera a dar un paseo por la casa de enfermos.

Ibn Zamrak comprendió que su tutor quería quedarse a solas con el galeno.

—Se nota que es inteligente —comentó Kamal, refiriéndose al auxiliar.

—Sí, lo es. Y ambicioso. No tenía recursos, pero consiguió entrar en la madrasa. Su maestro insistió. Es alumno mío y yo lo he metido en la Secretaría. Su verdadero don es la poesía, en la que me iguala, o incluso me supera.

La última frase hizo que Kamal volviera la cabeza hacia su interlocutor. Sabía que Ibn al-Jatib tenía una gran habilidad poética y que se vanagloriaba de ella. No en vano, varios de sus versos adornaban ya las paredes de algún palacio.

—Entonces debe ser un gran poeta. —Carraspeó, dispuesto a cambiar de tema—. Dime, amigo. ¿Cuál es el verdadero motivo de tu visita?

El visir pensó en la última vez que había visitado a su amigo. Realmente había pasado demasiado tiempo.

—No voy a engañarte. Hay algo que me preocupa y tú puedes ayudarme.

Sin más preámbulos, le narró los acontecimientos que habían sacudido la Alhambra en los últimos días. Kamal conocía algunos de ellos, pero no sabía nada acerca de sus entresijos, de los juegos de poder y las intrigas palaciegas.

—Aquí usamos el Calmante de flor. Hay pacientes a los que necesitamos apaciguar.

—Lo sé —dijo Ibn al-Jatib, y Kamal entendió que su antiguo compañero ya habría investigado en las boticas de Granada—. ¿Cuántos médicos trabajáis aquí ahora?

—Yo suelo venir a diario. Hay otros dos habituales, y tres o cuatro que vienen cuando pueden. —Miró a su amigo—. Entre ellos está Umm al-Hassan.

—Sigue viniendo… —comentó Ibn al-Jatib con aire melancólico.

—Sí, y es un apoyo fundamental, ya lo sabes. —Él los había presentado y estaba al tanto de sus escarceos—. Algunos pacientes no quieren que los atienda una mujer, pero muchos se han acostumbrado a ella. Se ha ido ganando su respeto.

—Estúpidos. Si cayera enfermo, sería la primera a la que acudiría —repuso con firmeza el visir.

Kamal sonrió con astucia. En sus palabras adivinó que la vieja admiración sobrevivía en él, y tal vez algo más que eso.

—Amigo —retomó la palabra Ibn al-Jatib—, ¿tratáis a muchos dementes aquí?

—A unos cuantos. Van y vienen, como es normal en ellos.

No retenemos a nadie. —Posó la vista en una muchacha de mediana edad que peinaba a un anciano—.

Desde la peste negra hay más locos en Granada.

El miedo, la pérdida de familiares, la desesperación…

Todo aquello trastornó a muchos. —Ambos lo habían comentado en alguna ocasión.

Muchas enfermedades de la mente parecían permanecer ocultas hasta que algo las hacía aflorar, un detonante que sacaba a la luz lo que había permanecido latente durante años—. ¿Por qué lo preguntas?

—Ya sabes que a Yusuf I lo mató un loco. —Kamal asintió—. El copero que intentó envenenar a Muhammad V también parecía desquiciado. Es una casualidad extraña. —Meditó unos segundos en silencio—. Dime, Kamal, ¿te dice algo la palabra «baraka»?

El médico lo miró con sorpresa.

—No sé a qué te refieres.

—Los dos atacantes la pronunciaron. Creo que esta palabra esconde algo que se nos escapa.

Kamal buscó en su memoria. «Baraka» sonaba como un eco lejano en su cabeza, pero no encontró nada. Negó apretando la boca.

—Está bien, pero, por favor, permanece atento —pidió el visir de la Pluma—. Ya sabes lo que busco. Si encuentras alguna pista que pueda ayudarme, házmelo saber.

Ibn Zamrak apareció en el patio y comenzó a deambular entre los enfermos. «Granada necesita más instituciones como esta», pensó Ibn al-Jatib. Llamó a su alumno y comenzó a despedirse de su amigo.

—Algún día vendré a echar una mano —le dijo, aunque sabía que no podría cumplir su palabra.

—Cuando quieras, amigo —contestó Kamal, igualmente convencido de que era un ofrecimiento vano.

El visir y su pupilo salieron de la casa de enfermos. En el interior, Kamal quedó pensativo.

—Baraka… —pronunciaba una y otra vez mientras hurgaba en sus recuerdos, seguro de que no era la primera vez que esa palabra llamaba su atención.

Una vez en la calle, Ibn Zamrak pidió permiso para quedarse en el barrio y visitar a su familia.

Seguía preocupado por su madre y su hermano y, a pesar de las amenazas de su padre, su conciencia le obligaba a velar por ellos.

Su maestro se lo concedió. Antes de perderlo de vista, le avisó de que el emir quería que lo visitara en su palacio.

El auxiliar, súbitamente contento, se alejó por los callejones del Albaicín.