Capítulo 10 #3
—Creó al hombre de arcilla, como la cerámica; y creó a los yinn de fuego puro. ¿Cuál, pues, de los beneficios de vuestro Señor negaréis? Señor de los dos Orientes y Señor de los dos Occidentes. ¿Cuál, pues, de los beneficios de vuestro Señor negaréis?
El niño terminó la recitación y su maestro dio una palmada.
—¡Bien, Faray! Muy bien.
Los demás niños miraron a su compañero con hastío, algunos conteniendo un odio mal disimulado.
Habían estudiado la sura del Compasivo la semana anterior y el maestro los estaba poniendo a prueba.
Apenas tenían cinco años, pero ya conocían los rudimentos de la lengua y habían comenzado a memorizar algunos pasajes del Corán.
En dos o tres años, muchos de ellos habrían memorizado el libro sagrado por completo.
—Maestro, ¿los yinn existen? ¿De verdad son de fuego? —preguntó uno de los alumnos.
El hombre sonrió, benévolo.
—Hakim, nunca pongas en duda lo que dice el libro.
Claro que existen, pero no son de fuego.
Alá los creó a partir del fuego. A ti te creó a partir de arcilla, pero no creo que te rompas en pedazos si te caes al suelo.
—Cerró el libro y se acomodó en su almohadón.
Varios hombres accedieron a la sala de oración y se arrodillaron sobre las esteras de esparto.
La hora de la oración de Dhuhr se acercaba—.
Los yinn se dedican a tentarnos, a ponernos a prueba, y a veces a fastidiarnos.
—Puso una mueca de dolor y los niños rieron—.
¿Nunca habéis tropezado? ¿No habéis perdido un juguete?
Pues puede ser un genio el que esté jugando con vosotros.
En ocasiones los yinn nos susurran al oído para que nos apartemos del camino recto.
Si os pasa, no les hagáis caso. Nunca llevan a nada bueno.
Hakim dio un pequeño salto y se palmeó los muslos.
—Pues, maestro, la próxima vez que mi madre me regañe por algo, le diré que han sido los genios.
La clase explotó en carcajadas.
—Tú sí que estás hecho un geniecillo. La próxima vez que tu madre te regañe, te lo habrás ganado, que ya conozco yo tus travesuras.
El muecín comenzó a recitar el llamado y el maestro dio por terminada la clase. Los niños se levantaron para salir corriendo al patio de abluciones. El hombre se acercó a Faray y apoyó una mano en su hombro.
—Eres un niño muy inteligente y con muy buena memoria. No te tuerzas. Puedes acabar siendo lo que quieras.
Faray le agradeció el cumplido con una resplandeciente sonrisa. Luego siguió a sus compañeros hasta el patio. Los niños habían hecho un corrillo en torno a un naranjo y lanzaban piedras a sus frutos.
—Ahí viene el sabio Faray —comentó uno de ellos a modo de burla.
El aludido lo ignoró. Se acercó al árbol y agarró una rama baja para comenzar a trepar.
—¡Eh! ¿Qué haces?
—Alá guarda una bendición para el primero que regala naranjas a su maestro.
El otro niño agarró sus zaragüelles y tiró de ellos hasta hacerlo bajar.
Luego, de un salto, se encaramó a la rama y comenzó a ascender por el tronco.
Faray aguardó al pie del árbol sin protestar.
Observaba los movimientos de su compañero con un esbozo de sonrisa en los labios.
Cuando el niño extendió el brazo para coger una naranja, se desequilibró y perdió el apoyo de la rama.
Su cuerpo menudo cayó al suelo y al instante comenzó una sonora llantera de dolor.
El maestro y otros hombres acudieron corriendo a su lado.
—¿Estás bien, pequeño? ¿Qué hacías ahí subido, chiquillo?
Lo incorporaron y palparon su cuerpo para asegurarse de que no tenía nada roto. El niño miró a su maestro antes de contestar.
—Quería la bendición de la naranja —dijo con lágrimas en los ojos.
Mientras el maestro le preguntaba en qué consistía esa bendición, Faray se alejó discretamente hacia la salida. Su madre y su tía llegaban en ese momento.
—Gorrioncillo, vamos a casa —lo saludó Rasha.
Amina lo besó en la frente y lo abrazó con fuerza, como si le hubiera costado soportar la separación durante el tiempo que había durado la clase.
La mujer había perdido peso en los últimos meses, pero lo disimulaba con túnicas anchas.
La familia no estaba pasando por un buen momento; las dádivas de su benefactor eran cada vez más escasas y llegaban tarde.
Rasha había tenido que volver a trabajar, a pesar de la oposición de su hermana.
«Nos apañaremos», le decía Amina. Sin embargo, Rasha sabía que era necesario, que tenía que recurrir al viejo camino si no querían ver cómo Faray se consumía lentamente por la falta de alimento.
«Llevamos años apañándonos, y ya estás viendo adónde nos lleva, a morir de hambre».
Antes de marcharse, Amina observó el revuelo que se había montado junto al naranjo y le preguntó a su hijo qué había pasado.
—Nada, mamá. Un niño se ha subido al árbol y se ha caído.
—Ay, qué brutos son algunos. Encaramado a las ramas como un mono… —Tomó por los hombros a su hijo y lo animó a caminar. Cuando llevaban varios pasos, se agachó para susurrarle al oído—: Tú eres mejor que cualquiera de ellos. No lo olvides nunca.