Capítulo 10 #2
Volvió a besarlo, pero con más intensidad.
Las defensas del joven auxiliar se venían abajo.
Ahmed estaba en lo cierto, tenía el corazón repleto de amor, tanto que apenas podía contenerlo.
Respondió al beso y el oficial comenzó a acariciarlo.
Las dudas quedaron arrasadas por la pasión.
No se desnudaron; se dieron placer mutuamente con las túnicas remangadas, acariciándose con tiento hasta que ambos se derramaron sobre el suelo de la sala.
Ibn Zamrak se apresuró a limpiarse, luego tomó un paño para pasarlo por el suelo, pero antes de agacharse rompió a llorar.
Su ansiedad se manifestó en forma de un llanto manso que conmovió a Ahmed.
El oficial lo abrazó y apretó su cuerpo con fuerza.
—Te entiendo, son demasiados años de represión, de normas que te castigan.
Pero no hemos hecho nada malo, poeta —le susurró al oído—.
Es natural. Tú y yo no somos los únicos, ni siquiera en la Alhambra.
—El auxiliar enarcó las cejas, sorprendido.
Ahmed asintió—. Te lo digo yo. Hay apariencias que engañan.
Si yo hablara, temblaría toda la colina.
—Sonrió con aire paternal—. Acepta lo que eres. Yo te amo así.
Ibn Zamrak pareció ofenderse. Reaccionó alzando la cabeza y encarándolo. Sus mejillas estaban húmedas, pero había dejado de llorar. El oficial frunció el ceño. No comprendía su enfado repentino.
—No digas que me amas. Apenas me conoces. Me deseabas, pero esto no es amor.
Ahmed no perdió la calma.
—Respóndeme tú. ¿Es amor lo que hay aquí dentro? —Posó una mano en su pecho—. Dos días me bastan para amarte. He podido ver lo que escondes ahí. Hay poesía, hay flores, hay amor…
Ibn Zamrak apoyó la cabeza en su hombro y retomó su llantera. Observó los rollos de papel que Ahmed había traído, la excusa para visitarlo, y pensó que ese hombre sabía manejarse en un mundo que los condenaba. «Tal vez esté condenado», se dijo el muchacho. «Pero qué dulce es la condena».
¡El visir llegó a la zawiya al caer la madrugada. Había hecho el camino a caballo, sin escolta. Cuando accedió al patio central, al-Rundí lo esperaba sentado bajo la higuera. Ibn al-Jatib caminó hacia él y se sentó a su lado.
—Sin duda eres un hombre santo, maestro. No necesitas dormir y tus ojos pueden ver en la oscuridad y a través de los muros.
—No me atribuyas esos méritos, Lisan al-Din. Un relincho de caballo en esta soledad despierta a cualquiera. —Rio. Sonaban grillos cantando a la noche fresca—. Dos visitas en pocos días. Algo no va bien.
Ibn al-Jatib negó con la cabeza, confirmando sus sospechas.
Saltándose los preámbulos, se desahogó con él.
Le narró todo lo que estaba ocurriendo en la Alhambra en los últimos días, el intento de envenenamiento de Muhammad V, los encuentros del sayj y la Gacela, las pistas confusas, el hallazgo de la Muerte azul y el interrogatorio al que sometió a los principales sospechosos.
Le confesó también que no tenía nada contra ellos, que no había pruebas que los inculparan de ninguna manera, y que el sayj había sido certero cuando declaró que, si tramara algo, no sería él quien acudiría en persona a las reuniones conspirativas.
—No tendría sentido exponerse tanto —opinó Lisan al-Din—. No me fío de ellos, pero, después de escucharlos, algo me dice que no están detrás de todo esto.
El santón escuchó en silencio. Vivía alejado de los asuntos terrenales, pero los conocía de sobra, pues, antes de tomar el camino de la espiritualidad, había sido recaudador.
—La muerte de un emir y el intento de asesinato de su heredero… Demasiada coincidencia —dijo cuando el visir terminó su relato. Cavilaba, asimilando toda la información.
—Pienso lo mismo. —Ibn al-Jatib perdió la mirada en un gato blanco que se paseaba delante de ellos—. Hay algo que conecta al asesino de Yusuf con el copero que intentó envenenar a Muhammad: la palabra «baraka». Ambos la pronunciaron cuando fueron prendidos.
—La bendición de Alá, la ley que rige los destinos.
—¿Te dice algo?
—Me dice mucho —reconoció al-Rundí—, pero nada que te pueda servir.
—Hay algo más. Todos saben que a Yusuf I lo mató un loco, pero el copero… También vi locura en su expresión, en su manera de comportarse.
El morabito asintió lentamente.
—Ya veo por dónde vas. Un loco es azar. Dos locos sugieren una pauta, un patrón.
—Exacto, maestro. Algo me dice que debo investigar por ahí. —Ordenó sus pensamientos durante un instante—. En Granada, nadie sabe más de locos que Kamal. Iré a verlo.
—El bueno de Kamal… Hace tiempo que no lo veo.
—Trabaja en una casa de enfermos del Albaicín.
—Llévale mis bendiciones. —Al-Rundí calló durante unos segundos, como si pretendiera atrapar un pensamiento esquivo—.
Has dicho que el veneno era la Muerte azul…
Lo conozco. Calmante de flor. —Usó el nombre que los boticarios le daban como medicamento—.
Lo he tomado alguna vez, cuando frecuentaba las cofradías de Granada.
Muchas lo usan para llegar al éxtasis y acercarse a Alá.
—¿Es efectivo?
El santón rio a carcajadas.
—Cuentos para niños. Es igual de efectivo que cualquier otro calmante. Adormece la mente, es todo lo que hace si se usa como corresponde. —Miró al visir y lo señaló—. Dios no se esconde en los venenos.
—Pues no me vendría mal adormecer mi mente, al menos durante una noche.
Al-Rundí sabía que algo más le rondaba la cabeza, pero había aprendido a dejar que fuera el visir quien sacara el tema.
—He vuelto a ver a Umm al-Hassan —soltó con voz cansada.
—No será la única mujer… —opinó el morabito en tono jocoso. Sin embargo, Ibn al-Jatib se mantuvo serio.
—Sé que ha habido otras, Rundí, pero esto no es lo mismo. Está casada —añadió para justificar su mala conciencia—. Y no es solo deseo. No me la saco de la cabeza.
El santón suspiró profundamente.
—Ay, el amor… Cuántos quebraderos de cabeza nos trae… ¿Iqbal lo sabe?
—Lo intuye. Es discreta y no lo comenta, pero sé que percibe la distancia.
Así comenzó la confesión del visir, reconociendo el sentimiento que llevaba escondido en el alma, como una brasa enterrada en cenizas, apenas visible, pero aún caliente.
Le contó cómo había acudido a la médica para pedirle consejo, cómo había vuelto a caer en sus brazos, cómo había soplado sobre la brasa, avivándola y amenazando con quemarlo todo.
El santón estaba en lo cierto. Aparte de su esposa, había habido otras mujeres en la vida del visir, toda Granada lo sabía, pero ninguna brillaba como su Estrella.
Al-Rundí meditó sobre todo lo que había escuchado y escogió con cuidado sus palabras.
—Es un tema delicado, Lisan al-Din —reconoció—.
Vuestros actos son un pecado contra las normas de Alá y las de los hombres.
—En los ojos de Ibn al-Jatib afloró la desesperación—.
Pero te entiendo. ¿Quién puede ignorar los latidos de su propio corazón?
Aun así, no puedo darte una solución para este dilema.
Medita, apártate de ella, tal vez así el fuego se acabe extinguiendo.
—Pero, maestro, tú siempre me has dicho que por encima de todo está el amor.
—Yo te hablo del mundo de las almas, visir. Pero tú vives en el mundo de los hombres. La única solución posible para esta situación es que lo abandonéis todo y os vayáis de Granada, que comencéis otra vida donde nadie os conozca.
—Sabes que no puedo hacerlo —dijo Ibn al-Jatib en tono lastimero—. Mis hijos, el emir, Iqbal… A ella también la amo… aunque de otra manera.
—Nadie puede amar a dos personas a la vez sin estar loco…
—el morabito sonrió—, pero siempre he sabido que tú estás un poco loco.
—Consiguió sacarle una sonrisa a su amigo—.
Tal vez Kamal pueda ayudarte más que yo, que no soy más que un viejo encerrado en una zawiya .
—Alzó los brazos mostrando su túnica raída.
Recuperó la seriedad antes de continuar—.
Medita y apártate de ella —soltó su consejo final, que cayó pesadamente sobre Ibn al-Jatib.
El visir de la Pluma asintió, consciente de que no había otro camino posible.
Sin embargo, aún sentía cómo la brasa seguía quemándolo por dentro.
Abrazó a su amigo y le dio las gracias por sus consejos.
Aquella noche se quedó en la zawiya , pero apenas pudo conciliar el sueño.
La paz que buscaba en la casa de oración pareció esconderse de él.