Capítulo 10
Butayna penetró en la estancia y se sentó junto a Ibn al-Jatib.
Parecía nerviosa. El visir de la Pluma la había informado sobre la reunión que iba a mantener esa mañana y ella había insistido en estar presente durante el interrogatorio.
Poco después, Maryam, la Gacela blanca, accedió al madjlis escoltada por dos guardias elches.
La segunda esposa del difunto Yusuf I miró iracunda a su rival.
Se sentó frente a los dos y se palmeó con fuerza las rodillas.
—A ver, ¿qué pasa? ¿Para qué me habéis hecho venir?
Ibn al-Jatib le devolvió una mirada rebosante de desprecio.
—Aguarda, falta una cuarta persona en este encuentro —le dijo sin perder la compostura.
Antes de que terminara la frase, otros dos guardias introdujeron en el salón al sayj al-Guza, que sacó pecho ante el visir.
—Desarmadlo —ordenó Lisan al-Din.
—No llevo armas, pues no me siento amenazado —respondió el africano, que, no obstante, abrió los brazos y se dejó registrar por los guardias—. Espero que haya un buen motivo para esto. —Miró de soslayo a Maryam.
El sayj se sentó en el banco que quedaba libre, al lado de la Gacela. Ibn al-Jatib despachó a los guardias con un gesto de la mano y, tan pronto comenzó a hablar, fue directo al grano:
— Mawlana sufrió un intento de asesinato en su propia casa. No sabemos quién pudo orquestarlo, pero ya sabemos que estos palacios albergan a intrigantes y opositores que aguardan agazapados en las sombras, dispuestos a actuar cuando se da la ocasión.
—Como jefe de los Voluntarios de la Fe, estoy al tanto, Lisan al-Din. —El sayj extendió su brazo derecho con la palma de la mano vuelta hacia arriba—. Pero dime, ¿qué tenemos que ver nosotros en esto?
Ibn al-Jatib se disponía a contestar, cuando la Gacela intervino:
—Ya veo lo que pasa. —Miraba fijamente a Butayna, que permaneció impasible—. Esa nos acusa sin pruebas solo por el hecho de que mi hijo fue nombrado sucesor de su padre antes que Muhammad. ¿Me equivoco?
Esbozó una mueca de suficiencia a la que la madre del emir no respondió. Ibn al-Jatib no perdió la calma y retomó la palabra:
—Esto no es un juego de esposas despechadas.
—Su tono era duro y mantenía el tronco erguido, en una pose acorde con la dignidad que ostentaba—.
Tenemos sospechas fundadas sobre vosotros.
—Al fin entró en el asunto que había motivado la reunión.
El sayj al-Guza se tensó—. Sabemos que esta madrugada os habéis visto.
¿Qué motivos podrían tener la madre de un aspirante al trono y el líder de los africanos para reunirse en lo más cerrado de la noche? —soltó apretando la boca.
Al-Guza se puso en pie en un arrebato de cólera, tirando el banco en el que estaba sentado.
Butayna soltó un grito e Ibn al-Jatib llevó su mano a la empuñadura de su jineta.
Desde la entrada del madjlis , un elche se asomó para contemplar la escena y comprobar que no había peligro.
El sayj señaló al visir antes de escupirle a la cara sus palabras:
—¿Crees que un hombre y una mujer solo pueden verse para intrigar? ¡Tú, precisamente tú! —Agitó el dedo que lo acusaba—. ¿Crees que si estuviera detrás de algo así vendría yo en persona a la casa del emir? ¿Realmente me crees tan estúpido?
Su potente voz retumbaba en el salón. Ibn al-Jatib se mantuvo sentado y procuró no alterarse. Ya había previsto una reacción así. Aflojó la mano que sujetaba su espada y respiró profundamente.
—Si no viniste para intrigar, dime para qué viniste oculto en las sombras, sayj .
Los dos hombres se retaron con la mirada. Como visir, Ibn al-Jatib estaba acostumbrado a trances de ese tipo. Maryam se puso en pie con movimientos delicados. Dio dos pasos y habló sin rastro de la ironía que solía imprimir a sus palabras:
—Vino a visitar mi alcoba, visir. Y no es la primera vez que lo hace.
Ibn al-Jatib, desconcertado por su sinceridad, los miró a ambos. Su boca tembló de rabia.
—Demasiado pronto… —atinó a decir.
Al-Guza cruzó los brazos y lo miró altivo. Sentía cómo la presión del visir aflojaba.
—Es una mujer viuda —declaró—, aunque solo haga unos pocos días de eso. Otros no esperan a que mueran los esposos de las mujeres que desean.
El ataque cogió a Ibn al-Jatib desprevenido.
Estaba perdiendo la partida. Conocía las consecuencias del adulterio para él y, sobre todo, para Umm al-Hassan.
No sabía si el sayj se refería a los tiempos de la peste o a sus últimos encuentros, pero no quiso ahondar en la cuestión.
Guardó silencio, y el africano lo aprovechó para hacerle una advertencia:
—Debes tener más cuidado con el terreno que pisas, visir. Antes de acusar, ten pruebas suficientes. Soy fiel a mawlana , tanto o más que tú. Y si piensas que no lo soy, demuéstralo. —Sonrió y soltó un bufido—. ¿Realmente crees que estoy tan loco como para hacer algo así?
Al escuchar su pregunta retórica, Ibn al-Jatib sintió un aguijonazo en el pecho.
«Loco…», repitió mentalmente, ordenando las ideas que comenzaban a brotar en su imaginación.
Creyó atisbar el destello de un posible camino.
Por el momento, sabía que no podía hacer nada más que callar.
Sin embargo, su carácter ardiente se manifestó rompiendo sus diques.
—No es la primera vez que los tuyos actúan contra un emir de Granada, así que no vengas a darme lecciones de moral. Os vigilamos, cuida tus pasos. Si logro tener pruebas, conocerás la justicia que represento.
El africano parecía haber crecido dos palmos. Inclinó levemente la cabeza a modo de despedida.
—Hasta entonces, la paz sea contigo, Lisan al-Din.
El jefe de los Voluntarios de la Fe salió de la sala. Maryam se acercó a Butayna y escupió a sus pies. Luego siguió los pasos de al-Guza.
Cuando la madre del emir se quedó sola con el visir, se desplomó envuelta en su propio llanto.
—Mala perra —sollozó, perdiendo la compostura—. Yusuf te amaba, maldita, y hace apenas diez días su corazón aún latía.
Butayna había sido esclava, pero un halo de dignidad y elegancia la envolvía, convirtiéndola en la verdadera señora de la Alhambra.
Su entendimiento no llegaba a comprender los actos de la Gacela.
Lloró con más fuerza e Ibn al-Jatib se agachó para consolarla.
Sin embargo, no se atrevió a tocarla. El viejo deseo de los años de juventud seguía latente en él, pero esa mujer era la viuda de Yusuf I, el buen emir, el amigo al que siempre fue fiel.
—¿Quién, entonces? —preguntó Butayna con los ojos brillantes de lágrimas clavándose en los de Ibn al-Jatib.
—Todavía no descarto nada, señora —respondió él—. Ahora saben lo que pensamos de ellos. Veamos cómo se manejan a partir de este momento.
—Protégenos. —Butayna había agarrado la túnica del visir—. Lo quieres como a un hijo. Cuida de él, te lo suplico.
Ibn al-Jatib asintió y se contuvo. Pudo percibir cómo esa responsabilidad caía sobre sus hombros, lenta, pero también pesada. «Necesito descansar, necesito consuelo».
El barrio administrativo de la Alhambra se vestía de sombras con el ocaso.
Ibn Zamrak descansaba en su vivienda después de la larga jornada en la Secretaría.
Una esclava del emir le llevó la cena, pero el auxiliar la dejó para más tarde.
La voz del muecín de la aljama invadió la colina de la Sabika con los versos cantados del llamado a la oración.
El joven realizó la ablución con agua de una tinaja.
Luego desenrolló su sencilla alfombra de esparto y se dispuso a orar.
Cuando hubo terminado el rito, antes de levantarse de la última prosternación, agradeció al Compasivo los dones que le había regalado y le pidió que cuidara de su madre y de su hermano.
No conseguía apartarlos de su mente. Conocía a su padre, su carácter irascible y violento.
«Una sola alma negra puede teñir muchas vidas», pensó apesadumbrado.
Sacó la cena al minúsculo patio de la casa y comenzó a comer.
Había harira y un espetón de albóndigas con carne de pichón.
Desde que vivía en la Alhambra, su alimentación había mejorado considerablemente.
Esa era otra de las ventajas de vivir en la Sabika.
Antes de que terminara llamaron a la puerta.
En el cielo brillaban las primeras estrellas.
Fuera se encontró con Ahmed, que portaba bajo el brazo varios rollos de papel.
Lo dejó entrar y ambos se acomodaron en la sala principal.
—Es pequeña, pero confortable —dijo el oficial.
La vivienda tenía un pequeño zaguán, una sala con entarimado, una alcoba y un pequeño patio trasero con letrina.
El suelo estaba revestido con baldosas de barro y las paredes, estucadas, mostraban pinturas carmesíes a modo de zócalo.
Ahmed vivía cerca, en el mismo barrio, pero su casa era de mayor tamaño.
—Es más de lo que necesito. Doy gracias a Alá por lo que tengo.
Sin mediar palabra, Ahmed se acercó a Ibn Zamrak y lo besó en los labios. Este se dejó besar, pero enseguida se apartó de él. Respiraba con ansiedad.
—No está bien… —dijo, como si tratara de convencerse de que debía parar.
—En el amor no hay ni bien ni mal. ¿Lo deseas?
Se miraron fijamente. El poeta estaba a punto de llorar. Luchaba por contener sus sentimientos, que arremetían una y otra vez con fuerza.
—Con toda mi alma —confesó—. Pero temo condenarme.
Ahmed tomó su barbilla y le alzó la cabeza para que volviera a mirarlo a los ojos.
—Para nosotros no hay mayor condena que tener el corazón lleno de amor y dejar que se extinga. Eres como yo, te reconozco. No tenemos culpa por ser lo que somos.
—Alá… —comenzó a reprochar Ibn Zamrak, pero Ahmed lo interrumpió.
—El Dios que yo conozco no castiga, solo ama a sus hijos. ¿A quién hacemos daño?