El elegido Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

—Sí, amiga. Cuéntaselo. Yo lo hablaré con Muhammad esta misma noche. —Sonrió, y pareció que parte de su ansiedad se aliviaba—. Gracias. Sabía que podía contar contigo. Necesitaba hablarlo con alguien y no he encontrado a nadie mejor que tú.

Iqbal la abrazó.

—Puedes llamarme siempre que quieras —le dijo al oído, sinceramente emocionada.

—¡Maldita sea la Gacela! ¡Y maldito el africano!

Las voces de Ibn al-Jatib retumbaban en el interior de la vivienda y llegaban atenuadas a la calle.

Iqbal le había trasladado la confesión de Mu’mina.

En realidad, la mujer pensó que el objetivo de la joven era precisamente ese, que hablara con el visir para ponerlo al tanto de lo que estaba ocurriendo.

Los niños salieron de su alcoba y se reunieron con sus padres, pero Ibn al-Jatib recurrió inmediatamente a la esclava para que se los llevara y los calmara.

—Los asustas. Cálmate —le pidió Iqbal.

—Lo sé, lo sé. Lo siento. —Se frotó la frente con aire cansado. Demasiados problemas acosaban su mente—. Hay que actuar. Ahora tengo una prueba de que esos dos traman algo. Una visita de madrugada disfrazado… Solo quien esconde algo actúa así.

—Por favor, esposo, no nombres a Mu’mina ni a su amiga. —Temía que los intrigantes pudieran tomar represalias contra ellas.

—No, tranquila. Puedo haberme enterado de muchas maneras. —Meditó unos segundos en silencio. La ira seguía bullendo en su interior, pero se esforzó por no manifestarla.

—Asegúrate por tus propios medios, esposo. Temo no haber actuado bien. No quiero ponerlas en peligro.

Lisan al-Din miró a Iqbal y dulcificó la expresión.

—Esposa mía, has hecho lo que debías. Es la vida de mawlana la que está en peligro. ¿Sabes lo que podría ocurrirnos si acabaran con él? —Negó con la cabeza y apartó de su mente ese pensamiento tan funesto—. Has hecho lo correcto. Gracias, Iqbal.

La mujer se acercó a él y lo abrazó. Ella también estaba ansiosa.

No había pensado en aquella posibilidad, en que, si el emir moría, su esposo y toda su familia estarían expuestos.

Esa ansiedad se sumó a otras inquietudes que la rondaban en los últimos días.

El contacto físico la reconfortó. Besó las mejillas de su marido y percibió cómo este agradecía el gesto.

—Sé que hallarás la manera de resolverlo —le dijo—. Confío en ti.

Lo besó en los labios y apretó el abrazo, como si quisiera disipar ese impreciso sentimiento de culpa que había comenzado a instalarse en su conciencia.

Los miembros de Ibn al-Jatib se relajaron y ella se animó a dar otro paso.

Su mano acarició el cuerpo de su esposo y buscó lentamente su entrepierna.

Percibió una leve agitación bajo las telas.

—Eres un hombre fuerte y sabio.

Recordó las palabras de Mu’mina: «Nuestro papel como esposas es conseguir que no quieran alejarse de nosotras». Ese era su deber: pelear por su relación, no desfallecer ante la dificultad. Continuó con sus caricias hasta que la reacción de Ibn al-Jatib se hizo patente.

—Vamos, ven conmigo.

Iqbal lo tomó de la mano y lo guio hasta la alcoba, donde lo tendió sobre la cama común.

El hombre estaba excitado y se dejó desnudar.

La mujer se sentó a horcajadas sobre él y lo amó, primero con calma, luego entregada a una pasión feroz que hizo que él culminara enseguida.

Quedaron abrazados, sin separarse. En la calma que invadió la estancia pudieron escuchar las voces y susurros de la esclava, que abroncaba a los niños para que se durmieran.

—¿Nos habrán escuchado? —preguntó él.

—No creo. He cerrado la puerta. —Apoyó la cabeza en el pecho de su esposo—. Poco me importa ahora.

Ibn al-Jatib acarició sus cabellos.

—¿Qué te ha pasado? No te había visto nunca así…

Ella alzó la cabeza y lo miró. En la penumbra de la alcoba solo distinguía la silueta de su cabeza.

—Quiero recuperarte.

—Nunca me has perdido.

—Sí, visir. Te pierdo. Te crees que soy estúpida, pero puedo darme cuenta. Veo cómo te alejas de mí, cómo pierdes el interés…

Ibn al-Jatib agarró sus mejillas y la besó.

—Otra vez con esa idea en la cabecita… Deja de pensarlo. —Guardó silencio unos segundos—. Tengo demasiado trabajo, es todo lo que notas. Nunca he dejado de amarte.

Ambos callaron. Se acomodaron en la cama y se dispusieron a dormir cogidos de la mano. Sin embargo, ninguno pudo conciliar el sueño hasta bien entrada la madrugada. Iqbal se había contagiado del miedo de su esposo. Él, por su parte, sentía la culpa de su traición oprimiendo su pecho.

«Necesito visitar la zawiya », se dijo intranquilo.

La luna presidía el cielo, apagando las estrellas y encendiendo de blanco los tejados y azoteas de la Alhambra.

Estaba llena, y su circunferencia nívea parecía haber duplicado su tamaño habitual.

Una lechuza sobrevolaba la medina y su ulular retumbaba en los corredores de los palacios.

Iqbal, como un espectro vestido de seda, corría por los jardines y patios huyendo de una sombra pertinaz que no cejaba en su persecución.

El corazón se le desbocaba, intentaba gritar para pedir ayuda, pero de su garganta no brotaba sonido alguno.

Toda la ciudadela parecía deshabitada, sin vida, como si una epidemia repentina y misteriosa hubiera acabado con todos sus habitantes.

La sombra le ganó terreno y ella apretó el paso, doblando esquinas y tomando callejones que no lograba reconocer.

En uno de los quiebros terminó en un corredor sin salida.

Se dio la vuelta para salir de él, pero enseguida constató que no tenía escapatoria.

Amenazante, la sombra le cerraba el paso.

Sin prisa, la oscuridad comenzó a avanzar hacia ella.

Iqbal observó las paredes del pasillo y reconoció el lugar.

Aquel era el acceso a los baños del Emir.

Buscó la puerta, pero estaba cerrada. Creyó escuchar una risa que provenía del interior del edificio.

La sombra, aquella oscuridad con forma humana, se detuvo a dos pasos de ella.

—¡No! —gritó Iqbal con todas sus fuerzas, y en esa ocasión su voz se hizo audible.

La sombra se movió. Sus brazos se acercaron a su cabeza y deslizaron hacia atrás una capucha negra que dejó ver su rostro.

Luego, la oscuridad se abrió por el pecho, descubriendo la forma de un hombre vestido con telas blancas, radiantes y luminosas bajo el influjo de la luna.

La gruesa túnica negra que lo ocultaba cayó a sus pies.

—Al-Baaz —susurró Iqbal, sorprendida y aliviada.

Él no pronunció palabra alguna. Se acercó a ella y besó sus mejillas.

Iqbal, paralizada, se dejó. Después, los labios del hombre tocaron los suyos, produciendo una corriente de placer que recorrió los dos cuerpos.

La mujer percibió cómo sus extremidades también se iluminaban, adquiriendo el mismo tono blanquecino de las de él.

—Te he esperado durante demasiados años, pero ya estás aquí —dijo al-Baaz con voz melosa.

—Zara… Ibn al-Jatib… —replicó ella, haciendo evidentes los obstáculos de aquel amor incipiente.

—Nada importan esos nombres —respondió al-Baaz, y comenzó a desvestirla hasta dejarla completamente desnuda. Luego se desnudó él también.

La abrazó, y la calidez de sus cuerpos se sumó en una hoguera común que amenazaba con quemarlos. Iqbal, adormecida por el placer, le susurró al oído:

—Has venido como una sombra, pero ahora eres luz…

La mujer se despertó sintiendo el tacto de la piel desnuda de al-Baaz. Estaba sola en la cama y, durante los primeros instantes, se dejó arropar por las sensaciones del sueño. Después, sin embargo, llegó la culpa, que martilleó su conciencia como si hubiera incumplido los votos de su matrimonio.

«Solo ha sido un sueño», se repetía para tranquilizarse, pero en su fuero interno sabía que aquella fantasía había nacido de un rincón secreto de su alma, que era una semilla enterrada y olvidada que, al fin, había conseguido germinar.