Capítulo 9 #3
Ibn Zamrak calló y, por un instante, pareció dominado por la ansiedad, como si de repente hubiera tomado conciencia de la gravedad de su acto.
—No temas —le dijo el oficial—. Dios nos hizo así, no tenemos culpa. Somos flores extrañas perdidas en lo más profundo de un bosque —continuó con aire poético—. Es difícil encontrarnos.
El joven auxiliar seguía aturdido, incapaz de reaccionar ante su propia osadía. Ahmed se puso en pie y comenzó a caminar lentamente hacia la salida.
—Necesitas estar solo. Lo respeto —dijo antes de salir—. Ha sido hermoso —añadió mientras atravesaba el umbral de la Secretaría.
El poeta sintió cómo sus pulmones se llenaban de aire y su corazón le golpeaba las costillas con su ritmo frenético.
Seguía llorando, pero ahora una sonrisa atrapaba las lágrimas que se derramaban de sus ojos.
Mil flores parecían brotar de sus entrañas y se sintió capaz de componer las mejores estrofas.
Apartó el poema de condolencias y comenzó a escribir un poema de amor.
En él se vaciaría por completo, en él volcaría su secreto, envuelto en los velos vaporosos de las metáforas.
«Los colores de mi flor encienden de luz el bosque…», fueron los primeros versos.
—Me he pasado más de veinte años sin verte y ahora te veo casi a diario —comentó Iqbal cuando se encontró con su amigo de la infancia en el corredor que daba acceso a los baños.
—Pues yo llevo aquí ya un tiempo —respondió al-Baaz al instante—. Tú eres la que ha empezado a venir a menudo. Me pregunto si no tendrás otras intenciones respecto a mí —soltó con el ceño fruncido, simulando seriedad.
La mujer se sonrojó involuntariamente, pero su vergüenza quedó disimulada por el velo.
—No vengo por gusto —comenzó a explicarse—, es la esposa de mawlana la que me ha invitado…
Al-Baaz intentó contenerse, pero la risa se le escapó por las comisuras de la boca.
—Sigues igual de inocente, chiquilla. Estoy bromeando. No necesito explicaciones.
Iqbal negó con la cabeza, sintiéndose ridícula. Le dio un pequeño empujón en el hombro a modo de despedida y comenzó a caminar hacia la puerta del establecimiento.
—Espera —la llamó él. Del interior de la brigantina extrajo un pañuelo de lino sin teñir, amarillento y gastado—. Esto es tuyo.
Se lo entregó y aguardó su reacción en silencio.
Iqbal lo tomó y lo acarició con cuidado, como si dudara de su existencia.
Un recuerdo se abrió paso en su memoria, veloz y luminoso como un rayo en una noche cerrada.
Una tarde de otoño, al-Baaz trepaba por el tronco de un álamo, se arañaba las manos con la corteza y sus heridas sangraban; ella desanudaba su hiyab y lo usaba como venda para él; al-Baaz observaba el remedio, luego la miraba a ella y le plantaba un beso en la mejilla.
Iqbal todavía sentía el cosquilleo de aquel beso en su pómulo. Cuando llegó a casa sin su hiyab, su madre la regañó con dureza. Al día siguiente, la niña le reclamó la prenda a su amigo, pero este le aseguró que la había perdido.
—Lo guardaste. —Él se encogió de hombros—. Me costó un buen castigo.
—Lo siento.
Ella miró el pañuelo y lo apretó con fuerza.
—Estás perdonado. —Su voz se había revestido de emoción. Con gestos pausados, extendió la tela, la enrolló y la ató a la muñeca del hombre—. Tuyo es.
Se giró para marcharse.
—Siempre te tuve mucho cariño, Iqbal. Solo quería que lo supieras.
Los sonidos de sus palabras penetraron en ella por todos los poros de su piel.
Sintió la caricia de su aliento, ese cariño del que le había hablado, susurrando en su oído expresiones incomprensibles.
En ese instante supo que él lo sabía, que siempre había sido consciente de que ella lo había amado, que sufrió cuando lo vio casarse con Zara, pero también supo que él nunca la había olvidado.
—Ahora lo sé —afirmó ella, arrancando a caminar de nuevo para no darle tiempo a responder. Atravesó la puerta y se perdió en el interior de los baños del Emir.
Una moza la recibió en el vestíbulo. Se cambió y, con la futa atada sobre su pecho, descendió a la planta baja de la sala de reposo.
Con la caída del sol, la luz que se colaba desde las ventanas altas se apagaba.
Varias lámparas de aceite iluminaban con tonos ocres la sala.
Tumbada sobre uno de los altillos, Mu’mina recibía un masaje.
La moza que se lo daba alzó la cabeza y saludó a la recién llegada.
Sobre el suelo de alicatado habían colocado un fino colchón, alrededor del cual se repartían varios almohadones.
La esposa del emir se incorporó y dio por finalizado el tratamiento.
Mu’mina se quedó sola con su invitada y la animó a sentarse a su lado.
—Gracias por venir, Iqbal. Me alegra mucho verte.
La fuente que presidía el espacio borboteaba su agua, produciendo un efecto hipnótico que relajó a las dos mujeres. Cerca de ella, dos braseros caldeaban la sala y un perfumero de bronce desprendía aromas de alcanfor y sándalo.
—Siempre es un placer encontrarme contigo —contestó la esposa del visir—. ¿Cómo es tu nueva vida junto a mawlana ? —preguntó, por cortesía, para iniciar la conversación.
La muchacha le habló con los ojos brillantes por la emoción. Le contó que era feliz, que su matrimonio era bien avenido, que amaba a su esposo desde hacía años y que el Altísimo le había permitido unirse a él; que era un hombre generoso, amable y atento, que creía estar viviendo un sueño…
«Sus palabras rezuman amor», pensó Iqbal antes de hablar de nuevo:
—Guarda estos primeros días como un tesoro al que puedas acudir siempre. —Suspiró como si recordara sus propios primeros días—. Las relaciones son complejas, hay valles y montañas, pero, cuando hay amor, cualquier dificultad se puede salvar.
En su voz había un atisbo de melancolía que Mu’mina pudo descifrar.
—Iqbal, ¿está todo bien en la casa del visir de la Pluma?
La mujer la miró a los ojos con ternura. Le había emocionado el reconocimiento de sus sentimientos. Apenas se conocían, pero supo que podía abrirse con ella.
—No tenemos grandes problemas. Sé que debe amarme, pero lo siento lejano.
—Suspiró otra vez y se armó de valor—. No soy una ingenua.
Oigo rumores y conozco el alma de Ibn al-Jatib.
Es un buen hombre, un buen esposo, pero tiene debilidades.
Siempre ha habido otras alcobas. —Mu’mina frunció el ceño e Iqbal asintió para confirmarlo—.
No me importa demasiado; son desahogos de la carne.
Lo que me preocupa es la distancia que se está abriendo entre nosotros.
Sufro cuando se aleja de mí. —Se detuvo, como si hubiera finalizado su relato, pero finalmente añadió—: Entre tú y yo, una cosa es desear a otras mujeres y otra muy distinta es dejar de amar a la que has amado.
Mu’mina agradeció la confesión y apoyó una mano en su pierna.
—Te entiendo, y soy consciente de que algún día yo también veré a Muhammad alejarse de mí. Nuestro papel como esposas es conseguir que no quieran alejarse de nosotras. Nuestros esposos son poderosos, es lo que nos ha tocado.
Iqbal sonrió y apretó la mano que le daba apoyo.
—Nosotras también tenemos nuestro poder. —Alzó la cabeza con dignidad como si fuera una gran reina, y ambas rieron—. ¿Cómo puedes ser tan sabia con tan solo dieciocho años?
—Diecisiete —la corrigió la joven—. Me he criado en la corte. Aquí los años cuentan doble. —Las dos soltaron sendas carcajadas. El eco multiplicó el efecto de sus risas—. Me haces bien, Iqbal. Espero que esto sea el comienzo de una larga amistad.
La esposa de Ibn al-Jatib asintió. Se sentían cómodas juntas.
Durante unos segundos dejaron de hablar.
La sala se estaba enfriando y Mu’mina llamó a la moza, que al instante acudió con un caldero de picón para avivar los braseros.
La temperatura de la sala se elevó lentamente.
También pidió vino, y ambas brindaron y bebieron.
—Tengo miedo —dijo al fin Mu’mina, entrando en el asunto que realmente le rondaba la cabeza.
—Yo también lo tendría. —Iqbal dio por supuesto a qué se refería.
—Los palacios se han convertido en guaridas de adversarios.
—Se expresaba con un lenguaje culto, propio de los miembros de la dinastía nazarí—.
A cada paso que doy me siento vigilada. Decenas de guardias rodean mi casa y hacen rondas por la Alhambra, pero siento que una amenaza invisible inunda el aire que respiro.
Puedo olerla. Temo por mi esposo y por mí.
Él no lo manifiesta, pero sé que también puede sentirla.
—Todos la percibimos. El atentado ha hecho que seamos más cautos. Ahora es más difícil que nunca hacerle daño a mawlana . Debes aprender a relajarte. El miedo no es buen compañero.
—Muhammad es un ingenuo —soltó con cierta ira en la voz—. Ama a su medio hermano Ismail y eso le impide ver la verdadera cara de la madre. —Bajó la voz antes de continuar—. La Gacela blanca es un yinn . Siento escalofríos cuando la tengo cerca.
A Iqbal también le pasaba. Aquella mujer intrigante y descarada le generaba rechazo. Nunca se había sentido cómoda en su compañía.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó a media voz. Comenzaba a pensar que aquel encuentro tenía una finalidad más seria. Mu’mina asintió, confirmando sus sospechas.
—Anoche, de madrugada, el sayj al-Guza la visitó disfrazado de guardia.
Iqbal se llevó las manos a la boca, escandalizada.
—¿Cómo has podido…? —comenzó a preguntar, pero Mu’mina respondió antes de que terminara.
—Una sirvienta de su casa me lo ha dicho esta mañana. Es amiga mía. Llegó mientras todos dormían. La Gacela se reunió con él en su alcoba.
Iqbal meditó sobre aquella información.
—Debes contárselo a tu esposo —dijo al fin—. Y al general al-Assad. Hay que hacer algo. ¿Me permites que lo hable con mi esposo? Ya sabes lo que Ibn al-Jatib quiere a mawlana . Se preocupa mucho por su seguridad. —Hablaba de forma atropellada, nerviosa.