Capítulo 9 #2
El boticario, un hombre de más de sesenta años, enjuto y alto, lucía un gran turbante al estilo de los bereberes. Terminó de atender a una clienta y, tras despedirla, se centró en ella.
—La paz sea contigo, sanadora —la saludó.
—Saludos, Ibn Rustum. Vengo a comprar un par de cosas. —Extrajo el papelito en el que había escrito su pedido y se lo entregó—. Parece que se va a liar a llover con fuerza en cualquier momento —comentó aparentemente distraída.
El hombre repasó la lista. Había hierbas para infusión, píldoras, polvos medicinales y un ungüento para las callosidades.
—«Muerte azul»… —leyó en voz alta—. ¿Por qué la llamas así? ¿Acaso quieres matar a alguien? —Rio a carcajadas.
—Así se llama.
—Así se llama como veneno —precisó el boticario—. Su nombre como medicamento es Calmante de flor. Suena menos… agresivo. —Volvió a reír—. Poco vendería si lo llamara Muerte azul.
Umm al-Hassan rio con él. Conocía el veneno, pero no el calmante. En su práctica médica usaba otro tipo de analgésicos.
—¿Vendes mucho de ese Calmante de flor?
—Esa que se acaba de ir —señaló la escalera— se ha llevado un poco.
Alivia los dolores de las articulaciones.
Tengo algunos clientes que sufren mucho de las rodillas y se lo suelen llevar.
También hay algún que otro santón que lo usa como relajante para sus meditaciones.
—La médica frunció el ceño, animándolo a hablar—.
Una dosis intermedia, entre la medicina y el veneno, te adormece la mente.
Algunos santones dicen que te conecta con Alá.
—Dibujó una sonrisa irónica que dejaba claro que ponía en duda esa afirmación.
Soltó el papel y comenzó a recopilar los productos del pedido—.
Lo que yo creo es que tiene efectos alucinógenos.
Es una droga que te hace ver cosas. —Hizo bailar las manos, como si fuera un hechicero lanzando un sortilegio.
Luego se carcajeó y continuó con su labor—.
Como si Dios se escondiera en unos polvos…
—¿Y alguien te ha comprado últimamente más cantidad de la normal?
Ibn Rustum la miró con los ojos entornados, valorando la actitud inquisitiva de la mujer. La conocía y sabía que se relacionaba con las altas esferas de la Alhambra.
—Nadie, la verdad. Ninguna compra fuera de lo normal.
Umm al-Hassan comprendió que no debía seguir haciendo preguntas. Aguardó en silencio a que el hombre terminara su pedido.
—Aquí lo tienes todo. Es la primera vez que te llevas este calmante. Cuidado con la dosis. Es igual que la infusión de Charcoli: mismas cantidades para el dolor y la inflamación.
La mujer asintió, pagó y le dio las gracias.
—Ibn Rustum, solo te pido una cosa: si alguien viene a por calmante y compra más de lo normal, toma nota y me lo comunicas.
Salió del establecimiento cuando la lluvia comenzaba a descargar.
Decidió que iría a la Alhambra para encontrarse con Ibn al-Jatib y contarle sus pesquisas, pero antes pasó por la alcazaba Cadima para visitar al otro boticario que vendía la Muerte azul.
La lluvia arreciaba y procuró no entretenerse demasiado.
Finalmente, llegó a la puerta de las Armas empapada por el aguacero.
Los guardias le franquearon el paso y Umm al-Hassan accedió a la zona administrativa a través del segundo patio del Mexuar.
La puerta de la Secretaría estaba abierta y en su interior se adivinaban los funcionarios afanados en sus tareas.
Cuando se acercaba al edificio escuchó que alguien la llamaba.
Ibn al-Jatib le hacía señales desde la puerta de su despacho.
La mujer corrió y se internó en la sala. El visir cerró la puerta.
—Mira cómo vengo. —La médica abrió los brazos y mostró sus ropajes mojados, pegados a su cuerpo—.
He ido a ver a los boticarios. El del Albaicín me ha dicho que tiene clientes que compran la Muerte azul como calmante, pero que no tiene registros y que nadie ha comprado cantidades por encima de lo normal…
Hablaba de forma atropellada, excitada por la carrera. Ibn al-Jatib la observaba en silencio, sin atender a sus palabras. Dio dos pasos hacia ella y la besó, interrumpiendo su relato.
—Mi Estrella —le dijo mientras tiraba de su túnica y liberaba sus cabellos del hiyab.
La deseaba, y su deseo se contagió a la mujer, que suspiró y se dejó desnudar.
Su piel, húmeda y fría, se erizó al contacto de las manos cálidas de su amante.
El repiqueteo de la lluvia en los tejados arropó los jadeos del amor.
Umm al-Hassan se abrazó al cuerpo de su amante para beneficiarse de su calor.
Se amaron con calma para evitar que el fuego los devorara demasiado pronto.
Se dedicaron dulces palabras y sus manos se recorrieron como si tantearan en la oscuridad una figura desconocida.
Terminaron poco después de que cesara el aguacero.
Ambos quedaron satisfechos, tendidos sobre la alfombra que ocupaba la zona central del despacho.
—No podía atender a tus palabras —susurró el hombre.
—Me he dado cuenta, sinvergüenza. Cuando te activas ahí abajo, tu cabeza deja de funcionar.
—No es eso… Es que me vuelves loco. —La besó, y la ternura del gesto emocionó a la mujer—. Ojalá pudiera tenerte todas las noches a mi lado.
—Tienes a tu esposa, no lo olvides.
—Te haría mi segunda esposa sin pensarlo.
—Pero estoy casada.
—No eres feliz en tu matrimonio.
Umm al-Hassan se sentó y lo miró fijamente.
—¿Acaso tú lo eres? Las normas no están para hacernos felices, y estamos obligados a cumplirlas.
Ibn al-Jatib meditó unos segundos antes de responder.
—No, no soy feliz con Iqbal. No puedo quejarme de ella. Cumple como esposa y de alguna manera la amo. Pero no hay fuego entre nosotros.
La mujer seguía mirándolo a los ojos. Estaba a punto de llorar. Dios los había unido durante la epidemia de peste, pero también los había condenado a separarse, a vivir un amor secreto y esporádico que no hacía más que torturarlos con ausencias.
—Cuéntame lo que has averiguado —dijo el visir para deshacer el halo de amargura que comenzaba a embargarlos.
La médica se vistió con la camisa de lino y se acercó al hogar para calentarse y secar el resto de la ropa.
Desde allí le contó que ninguno de los boticarios tenía información concluyente.
Había podido saber que el veneno se destilaba en varias alquerías de la Alpujarra, y que había vendedores ambulantes que lo ofrecían en el valle y en la costa.
Le explicó la cuestión de las dosis y sus efectos calmantes e incluso sedantes; que el boticario de la alcazaba Cadima vendía algunas dosis a un grupo de religiosos, y que tenía dos pacientes que necesitaban el calmante con relativa frecuencia por sus dolores articulares.
Pero, aparte de eso, no había nada. En los últimos meses, ninguno de los dos había vendido Muerte azul a nadie que no fuera cliente habitual.
—Religiosos y enfermos… —dijo para sí el visir de la Pluma—. No tenemos nada, pero te agradezco el esfuerzo.
Se acercó a ella y la besó. Sus labios tibios recibieron sus caricias. Umm al-Hassan apoyó una mano en su torso y, suavemente, se apartó de él. Su pecho se inflamaba rítmicamente, agitado.
—Debo irme.
Recompuso su hiyab, terminó de vestirse y salió al patio de la Secretaría. Ibn al-Jatib la vio alejarse desde una ventana de su despacho.
«Vuelve pronto», deseó con todas sus fuerzas.
Antes del atardecer, la Cancillería comenzó a vaciarse.
La lluvia había cesado, pero las nubes amenazaban con dejar caer otro aguacero.
Los funcionarios aprovecharon la ocasión y salieron apresurados.
Ibn Zamrak no se movió de su puesto. Sentado sobre su almohadón y echado sobre su mesa baja, continuó trabajando en el poema que el emir le había pedido.
«Tu dolor es nuestro, los ojos de la Alhambra lloran por ti…
», eran los últimos versos escritos. El poeta sentía aquellas lágrimas en su propio pecho.
La melancolía lo embargaba y necesitaba soledad.
Ahmed se percató de su estado y decidió quedarse con él.
Despidió al último katib y se sentó junto al auxiliar.
—Hoy estás como el día, lluvioso. Puedo sentirlo.
Sus palabras provocaron que las primeras lágrimas de Ibn Zamrak se derramaran sobre su mesa. El reconocimiento de sus emociones lo había conmovido.
—Sí, estoy preocupado —dijo escueto, pero enseguida se animó a continuar—: Es por mi familia. Mi padre es un hombre violento. Mi madre y mi hermano… Los he dejado solos con él. Temo por ellos, por lo que pueda pasarles. No imaginas lo que ese hombre es capaz de hacer.
Las mejillas del poeta brillaron con dos regueros de pena y dolor. El oficial se conmovió por su estado y apoyó una mano en su hombro. Lo miró con intensidad y los ojos de Ibn Zamrak le hablaron de un sufrimiento profundo que había echado raíces en sus entrañas.
—Hallarás una solución. Me tienes a tu lado para ayudarte —le susurró con dulzura—.
Las almas sensibles nos reconocemos. —Hizo un breve silencio.
Suspiró y se animó a seguir—: ¿Entiendes lo que quiero decirte?
Somos hombres, pero tenemos el don de una sensibilidad diferente.
Yo la siento aquí. —Se llevó la mano al corazón.
Luego, con gestos pausados, buscó el corazón del poeta—.
Llevamos pocos días tratándonos, pero también la reconozco en ti.
Aguardó sin apartar la mano y sintió cómo el corazón de Ibn Zamrak se desbocaba.
El auxiliar miró de reojo la sala para comprobar que no había nadie.
Atrapó la mano de Ahmed con las suyas y se inclinó hacia él para besarlo.
Sus labios permanecieron unidos varios segundos, entregados a una ternura escondida durante demasiado tiempo que al fin había encontrado su cauce natural.
Cuando abrieron los ojos, ambos lloraban. Ahmed asintió.
—Me has entendido.