Capítulo 9
Los niños correteaban por la rambla del río Darro, jugando a atraparse y huyendo de los arrieros a los que increpaban mientras atravesaban la puerta de la ciudad.
Iqbal, con las manos y los pies sucios, hacía tortas con barro de la ribera.
Las otras niñas habían formado un corrillo a la sombra de uno de los álamos que se alzaban junto al río.
Las podía oír cuchicheando y riendo, jugando a ser mayores de lo que eran, intentando seducir a los chicos con miradas y desprecios.
Los niños, sin embargo, no les hacían caso.
Continuaban sus carreras alocadas, incordiando a los transeúntes y lanzándose higos maduros en una batalla improvisada.
—¡Ahí va una saeta de mi ballesta! —gritó al-Baaz justo antes de arrojar un higo a punto de abrirse.
La fruta impactó en el cuarto trasero de una mula, que hizo el amago de arrancar a trotar.
—¡Malditos niños del demonio! —vociferó su dueño—. ¿Es que no tenéis nada mejor que hacer? ¿Tenéis que estar aquí todas las mañanas fastidiando? —Los señaló, amenazador—. ¡Voy a buscar a vuestros padres y a hablar con ellos!
Los niños reían con ganas. Ya lo conocían. El hombre había lanzado las mismas maldiciones y amenazas en decenas de ocasiones, pero nunca había llegado a cumplirlas.
Iqbal seguía cocinando su menú, ajena a los juegos de los demás niños.
Mientras aplastaba el barro con las palmas de las manos para darle forma, sintió que alguien tocaba su hombro para llamar su atención.
Volvió la cabeza y se encontró con al-Baaz, que le sonreía mientras le ofrecía un higo.
En su boca se destacaba la mella de una paleta, que todavía no le había salido.
—Toma este. Está en su punto —le dijo mientras se echaba uno a la boca.
La niña se miró las manos embarradas, sin saber qué hacer para cogerlo. Al-Baaz se acercó a ella y colocó la fruta delante de su boca. Iqbal se la comió de un solo bocado.
—¡Que te vas a atragantar! —advirtió el niño.
Ella rio y no pudo evitar escupir un poco de pulpa. Luego, avergonzada, se dio la vuelta y siguió trajinando con el barro.
—¡Halcón! —lo llamó una de las niñas del corrillo—. ¿A nosotras no nos traes higos?
—¡A vosotras os voy a traer una culebra del río! —respondió resuelto.
Siguió un coro de voces indignadas y risotadas.
Al-Baaz regresó junto a sus íntimos. Iqbal dio forma a una última torta y las ordenó todas formando una larga fila.
Luego, satisfecha, las dejó secar al sol y se acercó a la ribera para lavarse las manos con agua del Darro.
El río venía crecido. Habían abierto las compuertas de Bab al-Difaf para limpiar el cauce de los restos y desperdicios que los talleres artesanos arrojaban en él.
La pequeña se puso en pie y aguardó a que sus manos se secaran.
Observó a los niños. Había cerca de diez, pero ella solo tuvo ojos para uno.
El sabor del higo todavía endulzaba su boca.
Sonrió, sin perder de vista a al-Baaz. Su corazoncito palpitaba acelerado y sentía un rumor de excitación que agitaba su estómago…
Iqbal se despertó en calma. A sus papilas acudió la fruta que había paladeado en el sueño.
En su fantasía onírica había conjugado varios recuerdos infantiles, construyendo una memoria imprecisa de los lejanos años de su niñez.
Sin embargo, había algo real en su construcción: su encandilamiento por al-Baaz y el trato especial que él le prodigaba.
«Tal vez si nuestros padres…». Iqbal sofocó el pensamiento, como si se tratara de un fuego casi extinto que no le interesara volver a prender.
La luz del amanecer se colaba por las rendijas de la ventana.
Palpó el otro lado de la cama y, como tantas otras veces, lo encontró vacío.
Los niños comenzaron a armar jaleo en su alcoba.
Sus gritos y juegos le llegaban amortiguados por los tabiques.
«Hace tres días yo también era una niña.
Cómo pasa el tiempo…». Sams, la esclava, los atendió enseguida.
Iqbal abrió las hojas de la ventana y dejó que la brisa fresca y húmeda de la mañana acariciara su rostro.
Suspiró con fuerza, sacudió la cabeza y se preparó para la rutina de un nuevo día.
¡El cielo amaneció encapotado, pero las nubes no amenazaban tormenta.
Hassan caminaba alrededor de la alberca y daba órdenes a sus operarios.
«Espero que el mortero se haya secado bien», pensaba intranquilo.
Había establecido una cadena de hombres entre el patio de Comares y la compuerta del ramal de la acequia que debía alimentar a la gran alberca.
El emir, su madre y su esposa, acompañados por el hayib Reduán, el general al-Assad y el visir Ibn al-Jatib asistían al acto acomodados en jamugas a la sombra del pabellón sur de Comares.
Los muros laterales del patio habían sido estucados a toda prisa y se habían plantado los setos de arrayán en los lados mayores de la alberca.
Todavía no tenían la altura adecuada, pero habían sido podados para aportar armonía al conjunto.
El arquitecto miró a Muhammad V, que alzó la mano ceremoniosamente para dejarla caer al instante. Segundos después, el agua comenzó a correr, derramándose desde los canales en dos grandes caños.
—Pronto se instalarán las fuentes, mawlana —informó Hassan.
En los extremos se colocarían dos fuentes que harían saltar el agua. Luego, esta se deslizaría por una suave pendiente para caer sin ruido en el estanque.
El sonido del agua ejerció su influjo magnético en los presentes.
Ibn al-Jatib observó a Butayna. La madre del emir lucía ojeras y el tono de su piel se había tornado níveo.
El miedo, ese enemigo silencioso que se escondía tras las columnas de los palacios, la acosaba.
Mu’mina permanecía a su lado, erguida en su asiento.
—La ceremonia de la aclamación será en poco más de dos semanas. —El qaid al-Assad se había acercado a Ibn al-Jatib para hablarle al oído—. Temo que alguien pueda aprovechar la ocasión para lanzar otro ataque.
Todo emir de Granada debía ser reconocido por su pueblo mediante aquella ceremonia pública. El astrólogo había fijado la fecha propicia, que había sido pregonada en las plazas de la ciudad.
—Lo he pensado —respondió el visir de la Pluma en un susurro. En realidad, temía que el ataque se produjera incluso antes de la aclamación, pero no manifestó su temor—. Tendremos que extremar las precauciones y no dejar que nadie se acerque al emir.
Al-Assad suspiró y se acercó de nuevo a su oído.
—Con lo fácil que sería…
Ibn al-Jatib negó con una sonrisa, descartando aquel camino. «Somos un pueblo respetuoso con la ley. Primero las pruebas, después la justicia».
Pasado un rato, el agua cubrió el fondo de la alberca. Todos fueron conscientes de que tardaría horas en llenarse por completo. Butayna se levantó de su asiento y simuló que necesitaba estirar las piernas. Se dirigió a Ibn al-Jatib para hablar con él.
—Lisan al-Din, dime que tienes algo. Apenas duermo. Tengo miedo por mi hijo, por todos nosotros.
Durante unos segundos, el hombre se perdió en su mirada del color del mar en un día soleado. «Queman, sus ojos queman. No te acerques a ella», se recordó.
—Tengo un hilo del que tirar. Estoy avanzando en la investigación. Espero poder tener resultados pronto, señora. —Puso el acento en la última palabra, como si reconociera su categoría preeminente sobre el resto de las mujeres del complejo palaciego.
Ajeno a las conversaciones, Muhammad se puso en pie y caminó hasta el borde de la alberca. El agua había subido apenas un palmo, pero ya podía percibirse su efecto.
—Cerrad la compuerta —ordenó.
Hassan reprodujo el mandato mediante gestos y enseguida los canales se vaciaron. El paño líquido temblaba todavía, pero, paulatinamente, se fue calmando. Se disiparon las últimas ondulaciones y el joven emir pudo al fin contemplar la réplica acuosa de la imponente torre de Comares.
—Aquí tenemos el espejo de mi padre, donde su obra se manifiesta en todo su esplendor —dijo en tono ampuloso mientras abría los brazos, invitando a los demás a acercarse.
Un coro de exclamaciones se levantó desde el patio hacia el cielo, que también estaba reproducido en la alberca. Un pajarillo saltó desde uno de los tejados que rodeaban el patio y planeó hasta posarse brevemente en el agua para beber de ella.
—Sin duda es un buen augurio, mawlana —declaró el hayib Reduán.
Muhammad no apartaba la mirada del agua. Las ondas que el pájaro acababa de producir difuminaban la visión de la torre. «También esta era tu intención, padre», dijo para sí. «Cualquier obra que podamos construir, por grande que sea, es tan efímera como su reflejo en el agua… Solo Alá prevalece…».
Umm al-Hassan salió de casa cerca del mediodía y recorrió las calles del barrio de Axares envuelta en un manto blanco.
Llevaba puesto un hiyab largo con el que cubría su rostro.
Subió las cuestas que conducían a la parte oriental del Albaicín y, desde allí, recorrió el arrabal a paso ligero hasta su parte baja.
Lloviznaba, pero las calles estaban llenas de gente, hombres que marchaban a la Vega, mujeres que barrían sus puertas o acudían a los mercados, niños que correteaban y espantaban a los perros callejeros.
Llegó a las inmediaciones de la mezquita de al-Rasif, cercana a la puerta de Elvira, y buscó el callejón de la botica.
No tenía salida y era sombrío. El suelo estaba empedrado de forma irregular y dos de las viviendas parecían abandonadas.
El establecimiento tenía un pequeño cartel a la entrada que informaba del negocio.
Para acceder al interior había que bajar una pequeña escalera de tres peldaños.
El habitáculo era sencillo; consistía en un mostrador de mampostería, tras el cual había varias estanterías con botes etiquetados.