Capítulo 8 #3
Dentro de la sala, Ahmed acudió junto a su alumno para felicitarlo:
—Buenos augurios para ti. El mismo emir te reconoce.
—Gracias, Ahmed.
El muchacho apoyó una mano en el hombro del oficial y percibió cómo este se estremecía.
Se miraron con intensidad, como si sus ojos gritaran las palabras que se agolpaban en sus gargantas.
Ahmed respondió posando una mano en su brazo, un contacto mínimo y afectuoso, pero que entre ellos parecía cobrar otro significado.
—No las merezco, Ibn Zamrak. Tienes un talento escondido. Pude verlo nada más conocerte.
Antes de que comenzaran los cuchicheos, Ahmed se retiró a su mesa. Los demás secretarios trabajaban en sus textos, ajenos a la atmósfera de atracción que acababa de crearse entre dos de sus compañeros.
¡Ibn al-Jatib trabajaba sentado en un almohadón sobre el entarimado de su despacho.
Sobre su mesa se repartían papeles con diseños de artefactos variados.
La Secretaría era un centro administrativo, pero en él también tenían cabida la literatura y el saber científico.
El visir estaba desarrollando un horologio, un artilugio capaz de medir el paso de las horas.
Consistía en un armazón de madera con varias caras en las que había trampillas cerradas.
Sus pequeñas compuertas estaban unidas mediante hilos a anillas clavadas en una vela.
A medida que la cera se fuera derritiendo, iría liberando las anillas, que abrirían las trampillas.
Ibn al-Jatib pretendía que fuera usado en las fiestas del emir.
En las trampillas podrían esconderse poemas, o juegos que amenizaran la velada.
Había aspectos todavía por definir y tenía que encargar el trabajo material a los artesanos de la Alhambra, pero en lo esencial el diseño estaba terminado.
Para la fiesta de proclamación de Muhammad V tenía la intención de desarrollar una versión menos compleja.
— Sidi .
Un guardia lo llamó desde la puerta. Lisan al-Din abandonó sus diseños y acudió a la llamada. El hombre le entregó una misiva.
—Lo ha traído un mozo para ti. Ha dicho que es de Umm al-Hassan.
Palmeando el aire, el visir de la Pluma despidió al guardia. Leyó la nota en silencio. Contenía un escueto: «Ven a verme».
Respondió a la cita aquella misma mañana.
La esclava que le abrió la puerta lo recibió con una sonrisa maliciosa y lo condujo hasta la dependencia de trabajo de su señora.
Umm al-Hassan tomaba notas en un libro. Estaba sentada en el suelo, ante su atril.
Vestía una fina ghilala de lino sin teñir y llevaba el cabello descubierto y despeinado, como si acabara de salir de su alcoba.
Al verlo, una sonrisa iluminó su rostro.
«Incluso así, sin acicalar, eres preciosa», pensó Ibn al-Jatib.
—Visir, toma asiento. Tengo noticias para ti. Puedes dejarnos —solicitó a la esclava.
Cuando se quedaron solos, la mujer añadió en susurros:
—Ya no me fío de ella. Algo en su actitud ha cambiado. Debemos tener cuidado.
El hombre tomó su mano y la besó.
—¿Por qué me has hecho venir, mi Estrella? Sabes que las puertas de la Alhambra están abiertas para ti, y allí tengo sitios discretos donde podemos vernos sin testigos.
Umm al-Hassan bajó la mirada.
—No somos críos. Quieres volver al viejo juego de los encuentros, pero yo no estoy segura de querer jugar. He sufrido. —Lo miró a los ojos—. Cada ausencia, cada mes que pasaba sin verte. Es un juego peligroso en el que ninguno de los dos podemos ganar.
—Pero al que no podemos evitar jugar —añadió él, llevando la mano de ella a su pecho, donde su corazón latía desbocado.
La médica recuperó su mano y se atusó los cabellos.
—No, Lisan al-Din. Al menos hoy no. —Miró fugazmente hacia la puerta que daba al patio—.
No te he hecho venir para esto. Tengo alguna información sobre la Muerte azul.
—Suspiró, como si estuviera luchando contra sus propios sentimientos—.
Es fácil encontrarla en varios pueblos de la Alpujarra.
Allí es muy común. Mi contacto me ha dicho que tiene un nombre diferente, que no recuerda.
La venden para otros usos. —La mayoría de los venenos podían aplicarse con fines terapéuticos.
Todo dependía de la dosis que se administrara—.
En Granada hay dos herbolarios que la ofrecen.
Uno del Albaicín y otro de la alcazaba Cadima.
Conozco al del Albaicín, me vende preparados. Iré a verlo.
Ibn al-Jatib asintió.
—¿Eso es todo?
En ese instante Umm al-Hassan se sintió ridícula. No era mucho lo que tenía para él, lo cual hacía dudar de sus verdaderas intenciones al llamarlo.
—Por ahora sí. Siento no poder darte más información, pero pronto tendré más datos.
—No te preocupes, Estrella. Verte es motivo suficiente para hacerme salir de la Alhambra.
Acercó sus labios a los de ella y la besó. Ella se dejó, pero no lo animó a seguir. Ibn al-Jatib se puso en pie y comenzó a despedirse, consciente de que aquella mañana no conseguiría nada más de ella.
—La próxima vez, ven tú a verme.