El elegido Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

El arquitecto recibió la orden humillando la cabeza. En su mente bailaban los datos. Si quería terminarla en uno o dos días, debía emplear en ella a toda la mano de obra disponible. Era asumible.

Muhammad salió del patio y se encaminó hacia el Mexuar.

Desde el primero de sus patios pudo escuchar los gritos de Hassan, que movilizaba a los operarios.

«¡Vamos, vamos! Dejad lo que estáis haciendo.

¡Todos a la alberca!». El contraste de sus gritos con la actitud sumisa que había mostrado ante él le hizo sonreír.

Ibn al-Jatib recibió al emir en el segundo patio, a la entrada de la Secretaría.

Comprobó con satisfacción que su escolta era la adecuada.

Admiró su porte regio y sintió que su antiguo alumno al fin se había convertido en un gobernante digno.

«La vida te ha obligado a crecer en unos días», pensó.

«Hace tan solo una semana asistías a mis clases mientras tu padre gobernaba Granada».

—La paz sea contigo, mawlana . Bienvenido a tu diwan .

Muhammad V respondió al saludo e hizo un gesto a los guardias para que se apartaran unos pasos. Quería intimidad para hablar con su visir.

—Vengo del palacio de mi padre. Van a llenar la alberca para la recepción de los rumíes.

—Espero que la noticia te complazca. Superviso las obras y avanzan a buen ritmo.

—Aun así, quiero hacer algunas modificaciones —anunció el emir, e Ibn al-Jatib enarcó una ceja.

Fue un gesto instintivo que se esforzó en disimular—.

Ya hemos hablado sobre esto. El gran salón necesita una entrada apropiada, como el zaguán de una casa.

El pórtico que tiene ahora no le hace justicia.

El visir de la Pluma meditó sobre la propuesta. Cada emir de Granada tenía su propia personalidad, que, tarde o temprano, dejaba su impronta en la Alhambra. Muhammad V era consciente de ello y quería empezar cuanto antes a plasmar su huella.

—Me parece una idea fantástica que mejorará el proyecto de tu padre, el Altísimo lo bendiga. —El joven Muhammad asintió levemente.

—También quiero una entrada majestuosa para todo el conjunto, con un patio que una el palacio de Comares con el Mexuar.

—El bendito Yusuf I ya tenía previsto algo así, mawlana .

—Muhammad volvió a asentir, manifestando que estaba al tanto de ese proyecto—.

Te enseñaré los planos que diseñamos juntos.

Estoy seguro de que tus ideas mejorarán esa entrada.

—Ibn al-Jatib contempló al muchacho en silencio durante unos segundos.

Los últimos sucesos acontecidos en la Alhambra acudieron a su mente: el intento de envenenamiento, la boda del emir…

—. Muhammad —bajó la voz y lo llamó por su nombre, permitiéndose volver a la vieja confianza—, el matrimonio es una bendición, pero también un deber. ¿Eres feliz con Mu’mina?

El joven dibujó una sonrisa esplendorosa, respondiendo sin palabras a la pregunta.

—Alá me ha bendecido con una esposa adecuada —se limitó a contestar.

«Elegante», valoró el visir. «Vas por buen camino, muchacho».

—Me alegro por vosotros. Seréis muy felices juntos.

—Carraspeó antes de cambiar de tema—: Hay otro asunto del que me gustaría hablar contigo antes de entrar en la Secretaría.

No debemos olvidar el peligro que te acecha.

—Muhammad frunció el ceño—. Han intentado arrebatarte la vida días después del asesinato de tu padre.

Han sido personas distintas, pero todo hace pensar que hay una misma cabeza detrás de ambos.

—A mi padre lo asesinó un loco.

—Tanto ese loco como el copero mencionaron la baraka.

Algo me dice que esa palabra es importante para comprender lo que está pasando.

—El emir se mostró inquieto—. No te preocupes, el León de la Alpujarra y yo mismo estamos atentos.

De hecho, he iniciado personalmente una investigación.

Pero también necesito que nos ayudes, que vigiles tu entorno, que nos informes de cualquier hecho o detalle extraño que veas, sobre todo dentro de tu palacio.

—Te refieres a mi medio hermano. Puedes hablar claramente. —Sonrió—. No veo a Ismail al-Hassas intrigando. Le falta espíritu. Es hijo de mi padre y, mientras no haya pruebas contra él, debo respetarlo.

«Es hijo de Yusuf, pero no ha sacado una sola cualidad de él», se dijo Ibn al-Jatib. «Tienes razón, le falta ímpetu. Sin embargo, tiene cerca a su madre y a su cuñado, el Bermejo, y de esos dos espero cualquier cosa».

—Estoy de acuerdo contigo, mawlana . Solo te pido que observes y que mantengas la distancia con él hasta que todo se aclare. —Bajó la voz—. No podría perdonarme que te ocurriera algo.

El emir enterneció la mirada, pero guardó silencio. Cabeceó hacia el interior de la Secretaría para dar por terminado el encuentro.

Los secretarios, oficiales y auxiliares aguardaban en pie con las cabezas gachas. Una vez dentro de la sala, los guardias rodearon a Muhammad. El joven emir caminó entre ellos y saludó a los presentes.

—Hacéis un gran trabajo para Granada —les dijo—. Mi voz corre por vuestras manos, y me consta que lo hace de una manera adecuada.

Le gustaba la poesía. Bajo la dirección de Ibn al-Jatib había compuesto sus primeros versos. Miró a su antiguo maestro y este señaló hacia el fondo de la Secretaría. Caminaron juntos hasta la última mesa, ante la cual permanecía el último aprendiz.

— Mawlana , este es Ibn Zamrak —anunció el visir de la Pluma—, el joven auxiliar del que te he hablado.

Apartado de la escena, Ahmed observaba cómo se desarrollaba el encuentro. Ibn Zamrak saludó con respeto.

—El poema que compusiste para Mu’mina es una obra exquisita —le dijo el emir—. Quedé impresionado con tu talento.

El corazón del aprendiz latía rápido y sus ojos se humedecieron de emoción. El emir y el poeta se observaron en silencio, reconociéndose mutuamente.

— Mawlana —dijo al fin Ibn Zamrak—, me halagas más de lo que merezco. Servirte es una gran fuente de inspiración.

Muhammad sonrió. Le caía bien aquel joven.

—Quiero hacerte otro encargo, un poema de condolencias para el wali de Almería, que ha perdido a su esposa.

—Será un honor trabajar en ese poema. —Apoyó la mano derecha en su pecho e inclinó el torso.

El emir giró sobre sus talones para marcharse. Ibn Zamrak sintió que un aluvión de palabras brotaba de su estómago y pugnaba por salir. Se armó de valor y habló:

— Sidi , permíteme darte las gracias. —Muhammad se volvió hacia él.

Ibn al-Jatib lo miró sorprendido, atento a su intervención—.

Soy el hijo de un mulero del Albaicín. Si estoy aquí es solo gracias a tu generosidad.

Eres el amanecer de una nueva Granada donde el humilde, si sueña con fuerza, puede prosperar.

El Compasivo te proteja y te conceda una larga vida para que puedas ejecutar la obra que has venido a hacer.

Cuando terminó se hizo el silencio en la sala. Su pecho se inflamaba rítmicamente, agitado por los nervios. Ibn al-Jatib sonreía, pero tenía el ceño ligeramente fruncido. Muhammad no respondió, se limitó a retomar la marcha acompañado por el jefe de su Secretaría.

—Es un joven interesante —comentó con Ibn al-Jatib—. Tal vez un día lo invite a mi palacio.

Una sombra veló la mirada del visir. «Tiene más iniciativa de la que intuía».

Lo había visto en otras ocasiones, ese brillo en los ojos, la adulación, la valía señoreada para obtener un beneficio…

«La Alhambra es un nido de polluelos con ansias de medrar.

Ojalá Ibn Zamrak no acabe cayendo en ese juego».