El elegido Capítulo 8
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Capítulo 8

Dos cuerpos permanecían tirados en la calle, pegados a una fachada encalada.

Alguien había tenido la deferencia de cubrirlos con dos mantas viejas.

Decenas de moscas revoloteaban a su alrededor.

Un niño pequeño, de apenas tres años, lloraba desconsolado acuclillado junto a ellos.

Estaba sucio y tenía restos secos de mocos en los labios.

El médico continuó su camino, consciente de que, por el momento, nada podía hacer por él.

Varias ventanas se abrieron a su paso y tres cabezas se asomaron desde las plantas superiores de cada una de las viviendas.

—Aquí solo hay muerte —le dijo una anciana.

El olor de la pestilencia inundaba la calle y el hombre apretó la tela que cubría su nariz y su boca. Era uno de los mejores barrios de Granada, pero la peste no distinguía entre ricos y pobres. A todos castigaba por igual.

Llegó hasta la vivienda de Ibn al-Yayyab y accedió a ella sin llamar a la puerta. La esposa lo esperaba en el patio.

—¿Cómo está? —preguntó Ibn al-Jatib.

—El Altísimo te bendiga, Lisan al-Din. No tiene síntomas de peste, pero no está bien.

Una esclava lo condujo hasta la alcoba de su querido maestro. Tumbado en su cama estaba el primer ministro de Granada, el poeta excelente cuyos versos ya decoraban los mejores palacios de la Alhambra.

— Hayib … —saludó Ibn al-Jatib con la voz quebrada por el dolor.

El hombre respiraba con dificultad. Tosió antes de responder.

—Hijo mío, déjate de formulismos ahora. —Volvió a toser.

Se querían como padre e hijo desde que el destino unió sus caminos.

Varios años atrás había tenido lugar la batalla del Salado, en la que meriníes y nazaríes se enfrentaron con castellanos y portugueses por el control del Estrecho.

El bando cristiano se alzó con la victoria e infligió un severo castigo a la alianza musulmana.

En la contienda, Ibn al-Yayyab perdió a un hijo.

Ibn al-Jatib, por su parte, perdió a su padre y a su hermano.

Desde entonces se trataban como si fueran parientes, sustitutos de los familiares perdidos—. Mírame, Alá me reclama.

—¿Puedo? —El médico pidió permiso para explorarlo.

Lo destapó y alzó su camisón.

—No hay bubas de peste. —Le tocó la frente—. Tampoco tienes fiebre. —Se destapó la nariz y la boca y suspiró. Era una buena noticia, pero seguía preocupado. Exploró su pecho y pegó su oído a él.

«Latido lento e irregular. Dificultad para respirar » , se dijo.

—Ahí está el problema, ¿verdad? —dijo Ibn al-Yayyab—.

Ni toda la ciencia médica que dominas es suficiente para salvarme.

—Alzó la mano para que le dejara terminar—.

Mi corazón ha recibido tantos golpes que está cansado de latir.

—Extendió el brazo para limpiar el rastro de una lágrima en la mejilla de Ibn al-Jatib—.

No llores por mí. Has sido un buen hijo.

Ibn al-Jatib siguió llorando, consciente de que tenía razón.

—No llores… —repitió el hayib , y su voz sonó como un eco lejano…

Se despertó con lágrimas en los ojos. Las emociones de su sueño habían recorrido su cuerpo como si estuviera viviendo de nuevo la muerte de su segundo padre.

Falleció durante la epidemia de peste negra, pero no a causa de ella.

Granada no había tenido nunca un primer ministro mejor que él, ni lo tuvo después.

Comparado con él, Reduán era un político burdo e insensible.

—¿Estás bien? —le preguntó Iqbal.

—Sí. Solo ha sido un mal sueño.

Se levantó de la cama y se encerró en su estudio. Desde allí no pudo escuchar cómo su esposa, cansada de sus ausencias, lloraba en la soledad de su alcoba.

Tomó papel y tinta y se dispuso a trabajar en su Ihata .

Había comenzado a escribir la biografía de Yusuf I, demasiado corta, a su pesar.

En ella destacaba su amor por la cultura y su labor creadora.

El emir había erigido palacios, torres, puertas y edificios de servicio público que habían contribuido a mejorar Granada, y había fomentado las artes y las ciencias, provocando un desarrollo extraordinario en ambas disciplinas al amparo de su capa protectora.

Releyó lo escrito y se dispuso a continuarlo, pero su pensamiento voló hasta la casa de Umm al-Hassan.

«Eres una mujer excepcional. Tú también mereces una biografía».

Se propuso incluirla en su relación de vidas célebres del emirato nazarí.

Las ideas de la mujer habían revolucionado la medicina que se practicaba en Granada, aunque no muchos médicos estuvieran dispuestos a reconocerlo.

Pasó buena parte de la noche trabajando.

Aquellas sesiones nocturnas de lectura y escritura se habían convertido en un bálsamo para su ansiedad.

Cerca del amanecer notó cómo los párpados le pesaban.

Llegó la hora de retirarse a descansar. Antes de regresar a la alcoba se asomó a una ventana que daba a la colina de la Sabika.

La Alhambra resplandecía con destellos blanquecinos a la luz de la luna.

Una lechuza surcó el cielo de la medina e Ibn al-Jatib, como improvisado augur, intuyó presagios nefastos en su vuelo errático.

—¿Qué secretos se ocultan tras tus muros de tapial y cal? —preguntó al aire de la madrugada.

En la alcoba, Iqbal dormía, pero cuando el visir se echó sobre el colchón, se despertó. La mujer buscó su mano y la aferró con fuerza.

—Siento que ya no me amas —dijo sin abrir los ojos.

Él besó su frente y se tumbó bocarriba.

—No digas tonterías. Claro que te amo.

Iqbal recuperó el sueño enseguida. Ibn al-Jatib permaneció despierto hasta que el primer muecín del Albaicín recitó el llamado a la oración.

El pequeño gateó hasta la mesita y utilizó su tablero para ponerse en pie.

—¡Rasha! ¡Corre, ven!

Los gritos de su madre hicieron que Faray perdiera el equilibrio y cayera al suelo de culo. Rasha apareció enseguida.

—¿Qué ha pasado?

El alboroto provocó que el niño arrancara a llorar y Amina lo cogió en brazos y le plantó un beso en la mejilla.

—Un día de estos te voy a comer esas mejillas rollizas, mi niño. —Miró a su hermana—. Se ha puesto de pie, ahí, en la mesa.

—Ay, mi Faray, que en nada va a estar correteando por todos los sitios.

La tía, orgullosa, le dio otro beso. El pequeño seguía llorando. No comprendía el revuelo de las mujeres. Amina se destapó un pecho y le dio de mamar. Se hizo el silencio y las dos hermanas se miraron.

—Somos muy escandalosas —comentó Rasha—. Lo asustamos.

—Sí —dijo Amina mirando a su hijo con embeleso—. Pero tiene que acostumbrarse a nosotras, al jaleo de las mujeres.

—Más le vale si no quiere criarse en la calle.

Rieron y el niño dejó de succionar momentáneamente. Tocaron a la puerta y Rasha fue a abrirla. Al otro lado había un hombre joven elegantemente vestido y tocado con un turbante.

—¿Amina? —preguntó.

—Sí, está ahí dentro —respondió Rasha con acritud.

El hombre la ignoró y, arrogándose un derecho no concedido, accedió a la vivienda. Amina no se cubrió el pecho y el joven no pudo evitar mirarlo.

—Ya iba siendo hora… —le reprochó la mujer—. Poco os importa que muramos de hambre.

El emisario no recogió el envite. Calló y entregó una bolsa a la mujer, que la tomó con desdén. El joven comenzó a caminar hacia la salida.

—Dile a quien te manda que este niño no solo necesita dinero —le soltó Amina antes de que se fuera—. No le vendría mal tener a su padre con él.

El hombre volvió la cabeza y la miró por encima del hombro. En su mirada no había desprecio, tampoco compasión. Asintió levemente y salió de la vivienda dando grandes zancadas.

Rasha cerró la puerta. Amina acunó a Faray mientras terminaba de alimentarse.

—Te crías pobre, pero tu padre es rico. Sin embargo, tú eres rico en amor, y tu padre… Tu padre es un pobre desgraciado en el amor…

El emir accedió al recinto en obras escoltado por cinco guardias elches.

El jefe de arquitectos aguardaba junto a la gran alberca, todavía vacía.

No había operarios a la vista, pero podían verse sus herramientas, las piezas de los alicatados en pequeños montones, los paños de yeso, los sacos de arena y las tablas de los encofrados.

— Mawlana , bienvenido a tu casa —saludó Hassan haciendo una reverencia.

Muhammad observó el espacio que lo rodeaba. Seguía siendo el mismo muchacho de quince años, pero en los últimos días había adquirido el porte de un hombre maduro. La asunción de responsabilidades y, sobre todo, su matrimonio, habían terminado por convertirlo en un hombre.

—¿Cuándo estarán terminadas las estancias? —preguntó señalando el pabellón sur.

El recuerdo de su padre desangrándose sobre el pavimento de una de las salas azotó su mente. Había sido un buen padre, para él y para toda Granada. Yusuf seguiría siempre vivo en su memoria, como el dolor de una ausencia, pero también como un ejemplo a seguir.

Hassan estrujó el rollo de papel que portaba.

—Podrían estar para finales del próximo invierno.

Estaba nervioso. El emir permanecía serio y mostraba seguridad en sus palabras. El arquitecto sabía reconocer los signos del poder. Había trabajado para Yusuf I. El emir difunto fue un soberano comprensivo, pero él nunca olvidó que su destino estaba en sus manos.

Muhammad no contestó, dando por bueno el plazo. Se acercó al extremo sur de la alberca y, desde allí, miró la imponente torre que albergaba el nuevo salón del Trono. Hassan, manteniendo la distancia, lo siguió.

—Pronto podremos llenarla, mawlana . Están terminando con el mortero del revestimiento. —Hizo un breve silencio—. Tu padre soñaba con esta alberca, un espejo como ningún otro para duplicar su gran obra. —Señaló la torre de Comares, que se alzaba enhiesta hacia el cielo.

El joven emir se recreó en la vista imaginando el efecto que produciría el agua.

—Los embajadores castellanos están a punto de llegar. Quiero que para entonces la alberca esté llena.