El elegido Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Una sonrisa felina afloró en el rostro de al-Assad.

—La paz sea con vosotros —dijo el maestro para dar por terminada la clase.

Las quince voces de los alumnos respondieron al unísono con la misma bendición.

Todos se pusieron en pie y, de forma ordenada, comenzaron a salir al patio central de la madrasa.

Ibn al-Jatib observó complacido cómo Ibn Zamrak, menos cohibido, se mezclaba con sus compañeros.

El orgullo que sentía hacia él era similar al de un padre.

Lo había acogido en sus clases deslumbrado por su capacidad.

Ahora el alumno comenzaba a brillar sin complejos, mostrando sus cualidades de forma natural, como el rosal que florece en primavera.

Su ropa ya no resultaba humilde, e incluso había adquirido cierta elegancia en sus movimientos.

En tan solo un par de días, los protocolos palaciegos parecían no tener secretos para él.

«No fue creado para ser el hijo de un mulero del Albaicín», se decía su mentor.

Los corrillos se disolvieron y el joven salió del edificio.

Callejeó por la medina hasta las cercanías de la puerta de Elvira, desde donde accedió al arrabal del Albaicín.

El barrio estrenaba muralla, otro de los regalos de Yusuf I a su querida ciudad de Granada.

Cerca de ella, en la zona norte del barrio, aminoró la marcha.

—Pero ¡míralo! ¡Si parece un príncipe con esas ropas! —le gritó una mujer desde el tranco de una puerta. En su voz no había rastro de sorna. Al contrario, se dejaba entrever una alegría sincera por su nuevo estatus.

—Gracias, Samiya, Alá te bendiga.

—¿No irás a echarle una mano a tu padre con los mulos vestido así? ¡Que te vas a poner perdido! —La mujer soltó una sonora carcajada que alertó a otra vecina.

—¿Quién es? —preguntó esta arrugando la nariz. Era una anciana que permanecía sentada a la puerta de su casa.

—¡El hijo de la Patilarga!

La mayoría de los vecinos del barrio tenían su propio mote, por el que todo el mundo los conocía. Ibn Zamrak no se detuvo; continuó caminando, desoyendo los cuchicheos de las mujeres, que comenzaron a alabar el blanco reluciente de su túnica y su turbante.

Llegó a la puerta de su casa y la empujó para desatrancarla.

Accedió al zaguán y, desde allí, al pequeño patio interior de la vivienda.

Llevaba pocos días viviendo fuera, pero todo aquello ya le resultaba extraño: el olor de los animales, las paredes desconchadas, las macetas con plantas mustias, la minúscula alberca sin agua, refugio de gatos y gorriones.

Su madre tendía ropa en un alambre, aprovechando los últimos rayos de sol.

En cuanto lo vio, gritó de alegría y corrió hacia él.

—Ay, mi hijo, que trabaja para el emir. —Sus ojos se anegaron de lágrimas—. Me da hasta vergüenza abrazarte, no te vaya a manchar. —Se miró de arriba abajo.

—Tranquila, madre, que ya te abrazo yo.

Ambos lloraron, emocionados por el reencuentro.

—Ya pensaba que no volverías —dijo la mujer—. Perdona a tu padre, ya sabes el genio que tiene… No dejes de venir a esta casa.

Instintivamente, Ibn Zamrak se tocó la zona herida por el puño de su padre. Ya no había rastro del hematoma, pero aquel golpe seguía doliendo. Luego extrajo de su túnica una pequeña bolsa de cuero y se la entregó a su madre. Ella comenzó a negar, pero él insistió.

—Es solo una ayuda. Acéptala.

—¡En esta casa no queremos tu ayuda! —sonó a su espalda.

El padre había llegado a la casa acompañado por su otro hijo.

—¡No ayuda! —gritó el hermano de Ibn Zamrak. Desde niño había mostrado dificultades para expresarse con normalidad—. ¡Zamrak! —exclamó luego con alegría.

El auxiliar de la Secretaría le sonrió brevemente. Después se dirigió a su padre, que se aferraba con fuerza a la fusta que usaba con los mulos.

—Si no quieres mi ayuda, tírala. Tuya es ahora.

El padre lo miró con desprecio. Su boca tembló de rabia.

—Vienes a presumir con tu ropa nueva, mirando por encima del hombro como un sidi de la Alhambra, pero yo sé lo que eres…

¿Por qué no te casas? Es lo único que te falta, y a tu edad ya vas tarde…

—Rio sarcástico—. Pronto te conocerán allí también y te repudiarán.

Ahora te crees que tienes valor, pero vales menos que las boñigas que acaban de soltar mis mulos en la puerta.

—Escupió al suelo del patio, manifestando su rechazo a la verdadera condición de su hijo, la que Ibn Zamrak se esmeraba en ocultar, pero que su padre adivinó desde bien temprano—.

Si no quieres probar otra vez mi puño, más te vale irte.

Ibn Zamrak se esforzó por mantener la compostura. Besó a su madre en la mejilla. «Te quiero, madre, y velaré por ti», le susurró al oído. Luego se acercó a su hermano y lo abrazó. «Zamrak», le dijo él, como si no conociera más palabras. Por último, pasó delante de su padre camino del zaguán.

—¡Te lo advierto! ¡No vuelvas a esta casa!

El joven salió a la calle envuelto en el dolor de unas palabras que, como dardos afilados por el odio, se habían clavado en su pecho.