El elegido Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Umm al-Hassan tomó su mano y la apretó con afecto.

Se sostuvieron la mirada y sus pupilas reflejaron los destellos de decenas de días en los que recorrieron sin descanso las calles de Granada para atender a los aquejados por la pestilencia.

Días de incertidumbre, de miedo, de dolor extremo al ver morir a miles de vecinos que, impotentes, solos y sacudidos por convulsiones febriles, se apagaban sobre catres sucios de sangre, sudor y heces.

Algo en sus almas y sus conciencias cambió para siempre durante la epidemia.

«Nada me importa ahora, salvo amarte», le había declarado ella a Lisan al-Din la primera noche que, agotados y sudorosos, se entregaron a su pasión prohibida.

El visir se puso en pie y comenzó a despedirse. La médica lo acompañó a la salida del patio.

—La paz sea contigo, visir de la Pluma —le dijo a su amante, pero sus ojos parecían suplicarle que no tardara en volver.

—La paz sea contigo, Umm al-Hassan. Gracias por tu ayuda —repuso Ibn al-Jatib, recuperando la formalidad. Luego añadió—: ¿Es fácil encontrar la Muerte azul en Granada?

—No sé mucho sobre ese veneno. Los ingredientes son comunes, pero no es fácil destilarlo. Dame unos días para investigar. Consultaré a mis proveedores de fármacos.

—Alá te bendiga.

Ibn al-Jatib salió del barrio de Axares con la cabeza gacha. Se sentía como el bebedor de vino que, después de meses sin probar una gota, cae en la tentación de una nueva copa y sabe que pronto volverá a hundirse en su abismo…

Ahmed accedió al patio del Mexuar y se sentó en el banco de piedra que ocupaba Ibn Zamrak para almorzar con él.

La Secretaría del emir vivía días frenéticos, los funcionarios no daban abasto redactando misivas para otros emires y reyes, e incluso para los jeques y arráeces del propio emirato nazarí.

Los cambios en la dinastía debían ser notificados a las principales cancillerías.

También se mandaban cartas de agradecimiento para responder a los regalos oficiales que comenzaban a llegar a la Alhambra para Muhammad V, y respuestas a las condolencias por la muerte de Yusuf I.

El oficial comenzó a comer y, sin mirar a su compañero, comentó:

—Se rumorea que tu poema ha gustado mucho a mawlana .

El corazón de Ibn Zamrak comenzó a latir deprisa.

—Me alegra mucho saberlo. Mi deseo es servir bien a mi emir.

Ahmed bebió un sorbo de vino y se relamió. Con ocasión de la boda emiral, habían servido vino castellano a todos los secretarios. Miró a Ibn Zamrak y sus ojos brillaron como si estuviera contemplando un cielo estrellado.

—No me extraña que le haya gustado. Alá te ha regalado un don. La poesía vive dentro de ti. Lo veo con absoluta claridad.

El aprendiz se llevó la mano derecha al pecho, emocionado.

—Gracias, sidi . Con tu dirección espero poder mejorar el arte de la palabra.

—Nada de sidi , Ibn Zamrak, ¿acaso no somos amigos?

—Gracias, Ahmed —rectificó el muchacho.

Los demás funcionarios comían repartidos por otros rincones del patio. Algunos observaban al auxiliar con recelo, como si evaluaran sus verdaderas intenciones.

—¿Has instalado ya a tu familia en tu nueva casa?

—No… —Ibn Zamrak titubeó—. No tengo esposa.

Y mis padres nunca se irían del Albaicín.

—Una sombra de dolor nubló su mirada, y eso bastó para que Ahmed comprendiera—.

Mi casa es cómoda y tiene más espacio del que necesito —comentó.

En realidad, era una vivienda pequeña, pero a él le bastaba—.

El día que Dios me bendiga con una esposa, será el mejor hogar que pueda tener.

—Recordó la casa de su padre, el suelo de mortero, las paredes sin cal que comenzaban a desmoronarse, las vigas del techo sin pintar…

—Que pronto caiga esa bendición sobre ti —le deseó el oficial. Sin embargo, en sus palabras no había impresa ninguna emoción—. Yo me casé hace dos años con una buena mujer. Ahora esperamos a nuestro primer hijo.

En el tono de su voz había una ansiedad oculta, una sensación imprecisa que Ibn Zamrak pudo intuir.

—El Compasivo te lo traiga con salud.

Siguieron comiendo en silencio, abstraído cada cual en sus propios pensamientos. Antes de regresar a la Secretaría, apareció Ibn al-Jatib en el patio. Llevaba varios rollos de papel bajo el brazo. Se dirigió hacia Ibn Zamrak y le mostró una gran sonrisa.

—La paz sea contigo. Vas por buen camino, no me has defraudado. Mawlana Muhammad quiere conocerte. Tu poema… No ha leído nada igual.

Le palmeó el hombro y se retiró hacia la sala principal de la Secretaría. Ahmed, que seguía a su lado, apoyó la mano en la espalda de su aprendiz.

—Enhorabuena —le dijo en voz queda.

Sus ojos se encontraron fugazmente y se apartaron con timidez.

El general al-Assad se reunió con Ibn al-Jatib en el mirador de la torre de la Victoria. Por la expresión de su rostro, el visir de la Pluma adivinó en qué estado anímico se encontraba.

—Creo que nos colman las mismas ansiedades.

—Mataría ahora mismo al afeminado y a la Gacela.

Y al Bermejo. De ese tampoco me fío. —Señaló al pecho de su amigo y apretó la boca—.

Han sido ellos, me juego el cuello. Hay que hacer algo.

Ahora lo veo claro. Ya no se trata de reuniones clandestinas, es algo mucho más grave.

Han intentado asesinar al emir. Quieren poner a Ismail al-Hassas en el trono.

—Cerró los puños y tembló de ira—. Eso es lo que le faltaba a Granada, ese niñato con maneras de mujer sentado en el trono…

—Ahora más que nunca tenemos que mantener la calma. Mawlana ha sufrido un intento de asesinato. Nuestro deber es descubrir quién hay detrás y cortarle la cabeza. Pero no podemos actuar sin pruebas.

—¡¿Pruebas?! —gritó el León de la Alpujarra, pero Ibn al-Jatib lo reconvino para que bajara el tono.

El visir sabía que, en la Alhambra, hasta las fuentes tenían oídos—.

¿Qué más necesitas? Ismail fue sucesor de su padre.

Su madre no acaba de aceptar que Yusuf finalmente prefiriera a Muhammad.

Le escuece ese cambio y quiere acabar con mawlana .

—Pero ellos dos no son los únicos interesados en que Muhammad muera —le recordó Lisan al-Din—. El padre de Mu’mina fue encarcelado por Yusuf por sospechas de conjura. Y también tenemos al sayj africano, que sabemos que se ha reunido con la Gacela.

—Pues entonces matémoslos a todos, que no quede ni uno vivo. Granada será mejor sin ellos. —Miró a su amigo y suspiró—. Sabes que he sido cauto, he sabido contenerme y esperar. Pero ahora debemos actuar, han sobrepasado la línea de lo tolerable.

—Créeme si te digo que me gustaría hacerlo, amigo. —Ibn al-Jatib también suspiró—. Pero no podemos matar sin más. La justicia del emir debe regirse por las leyes. Su autoridad se fundamenta en ello.

Al-Assad miró hacia la colina de la alcazaba Cadima y habló con voz pausada:

—Tú eres un hombre de leyes, un hombre instruido en las artes y en las ciencias; yo soy un hombre de acción.

Tú hablas de lo que debe ser; yo hablo de lo que es…

¿Crees que los que asesinaron a Ismail I o a Muhammad IV, o los que han intentado acabar con nuestro Muhammad, piensan en el respeto a la ley?

—Soltó una risita irónica—. Ellos deciden sobre el futuro del emirato mientras la gente como tú se debate en dilemas morales.

Ibn al-Jatib palmeó el hombro del visir de la Espada.

—Sabias palabras, amigo. No te voy a negar que llevas razón.

Por eso mismo la gente como yo necesita a hombres de acción como tú.

—Se miraron y sonrieron, reconciliándose en el mutuo reconocimiento—.

Yo me dedicaré a investigar. Tengo el permiso de Reduán.

Últimamente me da la impresión de que el viejo hayib quiere alejarme del gobierno.

Prefiere que me dedique a estas cosas. Con los años se ha vuelto más celoso de su poder.

—Negó con la cabeza, como si no diera importancia a sus intenciones—.

Tú, León, acecharás a los sospechosos, protegerás a Muhammad y alejarás cualquier amenaza hasta que todo quede aclarado.

Controla los accesos a la Alhambra, revisa los contratos del servicio, interroga a los esclavos, incluso a los guardias.

Recurre solo a los hombres de tu mayor confianza…

Haz lo habitual en estos casos. Nada que no sepas.

—Ya, visir. ¿Crees que soy estúpido? Quieres calmar al león dándole tareas…

Ibn al-Jatib se puso serio antes de mirar a la cara a su amigo y responder:

—Jamás te tuve por estúpido; al contrario, creo que gozas de una fina inteligencia, la necesaria para comprender mis palabras. —Lo agarró de un brazo—. Un león guarda sus energías hasta que tiene la certeza de que, cuando salte sobre la gacela, esta no podrá escapar.