Capítulo 7
Ibn al-Jatib dirigió su montura hacia el barrio de Axares.
Había pasado la noche en blanco trabajando sus textos y meditando sobre los pasos que debía dar ahora que la vida del emir se veía amenazada.
Llegó a su destino y ató su caballo al tronco de un naranjo.
Llamó a una puerta pintada de verde y, varios segundos después, vio cómo en ella se abría una rendija.
—¿No serás un yinn que viene a engañarme? —preguntó una voz femenina.
—Algo de yinn siempre he tenido… —respondió Lisan al-Din.
La puerta se abrió por completo, dejando ver a la anfitriona.
Era una mujer que rondaba los cuarenta años, esbelta, morena, con la piel nívea y los ojos negros como una noche sin luna.
El hombre sintió que su corazón se aceleraba, agitado por los recuerdos de una vida no muy lejana, pero oculta en los recovecos de una memoria secreta.
—Anda, entra, genio maligno, si es lo que deseas —lo invitó la mujer.
Ibn al-Jatib atravesó el umbral y la mujer lo condujo al patio de la casa. Allí, una esclava aguardó a que su señora le diera alguna orden para atender al invitado.
—Puedes retirarte. No necesito nada de ti. —La joven se perdió en una de las estancias—. Tranquilo —se dirigió al recién llegado—, es discreta. —El visir asintió—. ¿Qué necesitas de mí? —En el tono de su voz se adivinaba un reproche.
—Umm al-Hassan, ¿no puedo venir a visitarte sin más interés que el de disfrutar de tu compañía?
La mujer cruzó los brazos sobre el pecho y frunció el ceño.
—Dímelo tú, Lisan al-Din. Ya casi no recuerdo la última vez que me hiciste una visita.
«Yo sí que la recuerdo», pensó él. «Cómo podría olvidarla».
—¿Dónde está tu esposo?
—Ha viajado a Tremecén con nuestro hijo. Ha fundado una casa de la seda. Desde allí comercia con seda alpujarreña.
—Es un buen negocio. Le estará dando muchos dinares. Me lo he planteado alguna vez, pero ya tengo demasiadas empresas abiertas.
«Todos los hombres sois iguales. Ansiáis el dinero y el poder por encima de todo», se dijo Umm al-Hassan.
—No des más rodeos, Ibn al-Jatib. Dime a qué has venido.
El hombre suspiró, derrotado por aquella mujer de mirada sabia. De una pequeña bolsa extrajo un bote de vidrio.
—Anoche intentaron asesinar a mawlana .
—¿Al pequeño emir? —Así se refería ella a Muhammad V. Lo había conocido en la Alhambra, cuando acudía a ella como médica para ayudar a Lisan al-Din a controlar la epidemia de peste.
El visir asintió y ella se llevó la mano a la boca.
—Sorprendimos a un copero que intentaba echar este veneno en su vino.
Umm al-Hassan cambió de actitud. Aparcó el rencor y se centró en el relato de su viejo amigo.
Tomó el bote y lo abrió para olerlo. Sin pronunciar palabra alguna, echó a andar hacia una puerta que se abría al otro lado del patio.
Ibn al-Jatib la siguió y ambos accedieron a una dependencia repleta de libros, instrumentos de medicina y recipientes con líquidos y polvos de diferentes colores.
La mujer derramó el contenido del bote en un pequeño plato de cerámica vidriada.
Luego destapó un frasco y echó sobre él una pequeña cantidad de polvo amarillento.
El líquido reaccionó y se tornó azulado.
—La Muerte azul —pronunció la médica sin apartar la vista de la mezcla—. Es un veneno muy potente. No huele, ni tiene sabor. Es muy difícil de detectar. Nunca lo había tenido cerca, pero lo he estudiado en el tratado de los venenos. Se usaba mucho en Bagdad hace tiempo, pero también llegó aquí.
—Sabía que tenía que acudir a ti.
—No conozco las dosis, pero imagino que lo que hay aquí es suficiente para matar a un hombre.
—Había más. Esto es lo que dejó el muchacho después de suicidarse.
—Entonces la intención era clara: no fallar —sentenció Umm al-Hassan, rotunda.
Ibn al-Jatib suspiró sonoramente y se dejó caer en una banqueta de madera. Se quitó el turbante y se frotó la frente.
—Demasiado pronto para otro atentado… —Su voz sonaba a derrota, a ansiedad.
—¿Crees que hay relación entre este y el que acabó con la vida de Yusuf?
—Lo creo. Al principio pensé que la muerte del padre fue obra de un demente, pero el intento de envenenamiento de su hijo me ha hecho pensar que hay algo más.
—La mujer enarcó las cejas demandando una explicación—.
Los dos hechos están unidos por una palabra: «baraka». Los dos asesinos la pronunciaron.
—Bendición… —musitó la médica—. ¿Te sugiere algo?
—He pasado la noche dándole vueltas, pero no encuentro ninguna explicación. El concepto se relaciona con el de suerte, pero ni uno ni otro me dicen nada.
Umm al-Hassan lo miró fijamente. El hombre lucía ojeras y estaba pálido.
—Has pasado la noche en blanco. Sigues siendo el de las Dos Vidas…
—Lo soy, en muchos sentidos.
Lisan al-Din agarró una de sus manos y se la llevó a la boca para besarla. Ella se dejó hacer, pero enseguida se apartó de él.
—Hace mucho que no visitas esta casa. Ya tienes lo que venías a buscar.
—No todo lo que busco. —Se mantuvo firme frente a ella.
—La paz sea contigo, visir.
—Mírame, Estrella. —Así solía llamarla antaño en la intimidad de sus encuentros—. Mírame y dime que ya no recuerdas nuestras noches en blanco.
—Estúpido… Claro que las recuerdo. Pero no seas crío. Aquello no debió pasar. Está prohibido para los dos. Estamos casados. ¿Conoces la pena por adulterio?
—He firmado sentencias para muchos adúlteros. Pero, a estas alturas, poco me importan las normas de los hombres. Solo Dios nos puede juzgar, y el amor no ofende a Dios.
La mujer cruzó los brazos y sonrió.
—Embaucador… Eres un poeta, pero no uses tus artes conmigo.
—Se puso seria—. Vivimos juntos el azote de la peste.
Juntos la combatimos. Vimos morir a muchos granadinos.
Fueron tiempos difíciles, y pecamos… —dijo, como si con esas palabras pretendiera justificar su debilidad—.
Pero no podemos volver a caer en aquello.
Ibn al-Jatib se acercó a ella.
—No contraje la peste, pero me contagié de otra enfermedad que se me ha incrustado en el pecho y no deja de provocarme tormento. No he podido olvidarte.
Agarró su mano y se la llevó al corazón, que latía desbocado. Umm al-Hassan sintió cómo sus defensas se venían abajo.
—Otra vez no… —S u tono era lastimero—. No quiero volver a caer en tus brazos para luego echarte de menos.
El hombre comprendió que ya no había resistencias, que ella había abierto sus puertas para él. La besó, luego acercó sus labios a su oído y le susurró:
—Si no he venido antes a verte no ha sido por mí. No he parado de pensar en ti. Tengo tu sabor en mi lengua, el tacto de tu piel en las yemas de mis dedos. Cierro los ojos y veo tu silueta… No puedo sacarte de mí.
Se amaron allí mismo, de pie, apoyados en una de las mesas. La urgencia del deseo los apremiaba. Ibn al-Jatib no tardó en culminar.
—Lo siento, no he podido controlarme —se disculpó con la cabeza echada sobre su hombro—. Ahora puedo darte placer —le ofreció, pero ella lo abrazó con fuerza y lo retuvo unos segundos.
—No podemos arriesgarnos a tanto. Nawar es de fiar —se refería a su esclava—, pero mejor no tentar a la suerte y no darle nada de lo que pueda hablar.
Salieron al patio y se sentaron en la galería porticada. Nawar apareció con una bandeja con agua y almendras, que depositó sobre una pequeña mesa de bronce. El rubor del sexo todavía teñía las mejillas de los amantes.
—¿Cómo está tu esposa, Lisan al-Din? —preguntó Umm al-Hassan con intención.
—Bien —contestó él—. Es una buena madre para mis hijos —añadió cuando la esclava se hubo retirado—, pero Dios me ha condenado a no amarla como debería.
Las palabras volaron directas al pecho de la mujer, que sintió su picadura. Sus ojos se humedecieron, pero mantuvo la compostura.
—Ambos sufrimos la misma condena —reconoció. El dolor se hizo más agudo y cayeron las primeras lágrimas de sus ojos—. Y el libro, ¿cómo avanza? —preguntó, cambiando de tema.
—Aún trabajo en él. He incorporado tus reflexiones, tu idea del contagio. Espero que sirva para otras enfermedades que el Altísimo nos pueda enviar.
—Ahórrate la jerga religiosa cuando estés en esta casa —le reprochó ella—. Somos personas de ciencia. Ambos sabemos que hay leyes físicas que rigen las enfermedades.
—Hablas como una blasfema —dijo él con una sonrisa en la boca.
—Dios existe y tiene su papel. Pero no nos manda las enfermedades, ni las cura. —Él rio. Ella le dio un manotazo en el brazo—. ¡No te rías de mí! Por un momento pensé que Lisan al-Din, la Lengua de la religión —repitió en tono ampuloso—, anteponía la fe a la ciencia.
—Sabes que no es así. Pero te digo una cosa, Estrella; si algo he aprendido en los años que llevo en este mundo, y ya son bastantes, es que la fe cura.
Mi alma se ha sanado más de una vez a través de la fe.
La oración, el retiro, la meditación… —Se acarició la barba mientras intentaba atrapar una idea—.
No hablo de cumplir con los preceptos; hablo de algo más profundo, de introspección, de huir del mundo material.
—Tú y tu sufismo. —Ibn al-Jatib hizo el amago de responder, pero ella se adelantó—: Me gusta que seas así, que cultives el espíritu. En mi práctica médica he podido comprobar que un espíritu sano mantiene al cuerpo equilibrado. Es un buen ejercicio de prevención.
—Esa idea también la podría incluir en el libro.
Sintió cómo el placer de la conversación lo invadía.
Siempre ocurría así con ella. Conectaban a un nivel profundo.
Coincidían en un estado de identidad en el que Ibn al-Jatib apenas se encontraba con nadie.
En un arrebato, se inclinó hacia ella y la besó, sin importarle ya que la esclava pudiera haberlo visto.
—Y ahora, ¿qué? —preguntó la mujer, anticipándose a su ausencia.
Ambos miraban al frente, a la alberca que presidía el patio, cuyas aguas verdes reflejaban una porción de cielo.
—Seguiremos nuestras vidas —declaró él—. Nos echaremos de menos. —Volvió la cabeza hacia ella—. Y nos buscaremos siempre que podamos.