El elegido Capítulo 6 #3
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Capítulo 6 #3

Su tono era amigable, alejado de la gravedad de un reproche, pero en su pecho, en un rinconcito oculto, seguía encendida una pequeña brasa que le ardía.

Apenas era poco más que una niña cuando las familias de al-Baaz y Zara acordaron su unión, pero Iqbal ya había aprendido a amar.

Nunca supo si su amigo correspondía a sus sentimientos, pero sí estaba enterada de que él conocía su secreto, su amor oculto e imposible.

Sin embargo, nunca hablaron sobre aquello, enterrando emociones y anhelos en un mismo agujero.

Pasaron los años y el padre de Iqbal se convirtió en un rico comerciante de telas.

Hizo amigos en la corte y el padre de Ibn al-Jatib acabó siendo su principal valedor.

La amistad de las dos familias culminó con la unión en matrimonio de sus hijos.

—Sigue siendo una mujer hermosa —repuso el guardia—. Con algunas arrugas en el rostro, pero hermosa. Eso sí, el carácter es otra cosa…

Iqbal rio, intuyendo tormentas en su hogar. Él sonrió y la miró fijamente.

—Se te siguen marcando los hoyuelos.

Ella dejó de sonreír. Instintivamente, se llevó las manos a las mejillas.

—Han pasado muchos años. ¿Cómo te puedes acordar de eso?

Él suspiró y se frotó la barba.

—Hay cosas difíciles de olvidar.

Su rictus se había transformado e Iqbal percibió el cambio en su actitud. Incómoda, procuró cambiar de tema. Miró a su alrededor, nerviosa, pero no había nadie cerca.

—Ya te he dicho que conmigo no juegues a ser zalamero, que ya somos grandecitos.

Al-Baaz mantuvo su mirada clavada en ella.

—No juego a nada, Iqbal. —Saboreó su nombre antes de dejar escapar el aire.

—La paz sea contigo, viejo amigo —dijo ella, intimidada, antes de dirigirse a la puerta del salón y perderse tras ella.

El guardia continuó su ronda a la entrada de aquellas dependencias. Iqbal se apoyó en la pared del zaguán antes de regresar a la fiesta. Necesitaba calmar los latidos furiosos de su corazón. «Tantas veces te he llamado… ¿Y ahora vienes, maldito Halcón?».

Iqbal se abrazó a la cintura de su esposo y besó su espalda.

La ebriedad se había esfumado y le había dejado una intensa sensación de frío que se manifestaba con tiritones.

También sentía el aguijonazo de la culpa atizando su conciencia.

Sus encuentros con el amigo de la infancia no eran decorosos.

Se los había ocultado a Ibn al-Jatib, lo cual hacía que se sintiera aún peor.

«No es necesario preocuparlo por nada», se decía para ganar seguridad.

El caballo descendía por las cuestas de la Sabika, haciendo que sus cuerpos se bambolearan.

En el cielo sin luna brillaban las estrellas; las cancelas de los barrios permanecían cerradas.

Dos guardias montados les iban franqueando el paso.

—Sé lo que ha pasado —comentó la mujer—. La noticia ha llegado a la fiesta de las mujeres. Temo por ti, esposo. Estás demasiado cerca de Muhammad.

—No puedo eludir mi responsabilidad.

—Pero si alguien quiere acabar con él, puede que también quiera acabar contigo. Eres…

—¡Basta! —explotó el visir.

Iqbal calló y aflojó su abrazo. Avanzaron en silencio hasta que llegaron al río Darro. Un mendigo se acercó a la comitiva para pedir unas monedas, pero los guardias lo espantaron a patadas.

—Me duele la cabeza. Nunca antes me había dolido así —dijo Ibn al-Jatib en un intento torpe por justificarse—. Y el pecho. Es como si me clavaran alfileres entre las costillas.

—Entiendo. Es mucha presión. —Iqbal aceptó su excusa, a pesar de que no había pedido perdón—.

Espero que los niños estén dormidos. Manejan a Sams como les da la gana.

—Se arrebujó contra la espalda de su esposo.

Por el curso del río corría el aire fresco de las sierras—.

Sé que amas a ese muchacho como si fuera uno más de tus hijos. Es lógico, has sido su maestro.

—Así es. No puedo dejar que le pase nada.

—¿Y qué vas a hacer?

—Levantar cada piedra de la Alhambra, si fuera necesario, para encontrar a quien está detrás de todo esto…

—Te creo capaz. —Se agarró con más fuerza. El caballo había comenzado la ascensión por las cuestas de la alcazaba Cadima—. Puede que no haya nadie detrás, puede que solo fuera el copero.

—Esposa, ante un asesinato o un intento de asesinato debemos preguntarnos: ¿cuál es la causa?

, ¿qué beneficio obtiene el asesino? Ese muchacho no debía tener ningún interés en la muerte de mawlana .

Por eso deducimos que hay alguien detrás de sus actos, alguien que podría obtener algo de esa muerte.

—Ismail al-Hassas —dijo al instante Iqbal.

—No hables a la ligera —la reprendió en un susurro—. Pero piensas bien. Tal vez debamos empezar investigando en su entorno.

—Hagas lo que hagas, ve con cuidado. Si hurgas entre las rocas, es fácil que encuentres una serpiente.

«O una gacela», se dijo el visir.

El patio se había despejado de invitados. Butayna salió de las estancias privadas del emir con su hija Aisha de la mano. Besó en la frente a su hijo, que permanecía apostado en el umbral, y se marchó hacia sus nuevas dependencias caminando con elegancia.

—Hijo, respeta a tu esposa —le había dicho a Muhammad antes de despedirse de él—. Recuerda que esta noche es especial para ambos. Sé delicado.

Era la segunda vez que se lo recordaban. Muhammad pensó que tampoco sería fácil para él. Le habían hablado sobre lo que se esperaba de él esa noche y sentía los nervios del estreno agitando su estómago.

Los senderos del patio estaban sembrados de luminarias. Mu’mina apareció acompañada por su padre. Ambos caminaron hasta la entrada de la casa del emir.

—Bienvenida a tu casa —la saludó Muhammad.

— Mawlana , sobrino mío —tomó la palabra al-Nahil—, te entrego a tu prima, mi bien más preciado, para que formes con ella una familia.

La dejó con él y se retiró. Solo quedaron los guardias alrededor de los esposos.

Los dos jóvenes accedieron al interior del palacio.

Una esclava les ofreció leche y dátiles.

Muhammad condujo a su prima al tálamo y, tal y como le había aconsejado su madre, dirigió una breve oración.

Luego la tomó de las manos y le habló con voz dulce:

—Mu’mina, esta es tu casa. Espero que sea agradable para ti.

La muchacha, nerviosa y avergonzada, mantenía la mirada baja.

—No sé qué debo hacer ahora.

Era dos años mayor que su esposo, pero en aquellos momentos parecía una niña asustada.

Su miedo inspiró confianza en Muhammad, que tomó la iniciativa.

A la luz de las lámparas de aceite, primero le quitó el velo y el hiyab .

Luego la despojó de su vestido y de la fina ghilala que llevaba puesta debajo.

Por último, él mismo se desvistió. Dos braseros de bronce templaban la sala, pero esta aún no se había calentado lo suficiente.

Las siervas habían añadido sandáraca sobre las brasas para perfumar la estancia.

Los esposos se observaron en la penumbra y sintieron cómo las flores de sus deseos se abrían, mostrando sus pétalos carnosos en todo su esplendor.

Ya no hubo dudas, ya no hubo miedo, solo hubo espacio para el ansia de sus cuerpos, que los devoró por completo, reduciéndolo todo a cenizas.

Aquella noche se amaron en tres ocasiones mojándose mutuamente, aprendiendo juntos el juego primitivo de la pasión.

Sus corazones inexpertos latían acompasados, como si formaran parte de un único cuerpo.

—Quédate dentro de mí —se atrevió a pedirle Mu’mina a Muhammad. Tenía las mejillas arreboladas y los cabellos empapados de sudor.

El joven sentía el abrazo cálido de su sexo, que se contraía en espasmos involuntarios.

—Ya nunca podré salir de ti —le susurró al oído; luego le mordió con dulzura el lóbulo de la oreja.

La tibieza del cuerpo de su prima lo envolvió.

Se sentía dichoso a su lado. Se habían criado juntos, habían jugado en los palacios de sus padres cuando apenas eran dos críos y ambos habían experimentado el distanciamiento paulatino que los fue separando cuando sus cuerpos sintieron el despertar de la sexualidad.

Ahora estaban destinados a formar una familia, y ese destino compartido excitaba sus corazones.

—La noticia ha llegado a la fiesta de las mujeres —dijo Mu’mina mientras apretaba el brazo que la rodeaba—. Tengo miedo.

—No me pasará nada. —Muhammad besó sus cabellos zaínos y aspiró la fragancia del perfume de agua de rosas, almizcle y azafrán con el que habían sido ungidos—. Vivo rodeado de guardias que me protegen.

Mu’mina giró su cuerpo para mirarlo de frente.

—Prométeme que tendrás cuidado. —Evitó nombrar al padre de su amado, pero su muerte revoloteaba por su mente como una nube negra de tormenta.

—Te lo prometo. Desde esta noche amo más mi vida. Tendré cuidado.

Un suspiro unió sus bocas poco antes de que el muecín cantara el primer llamado a la oración. Exhaustos y desorientados, se quedaron por fin dormidos sobre las sábanas de seda de su tálamo nupcial.