Capítulo 6 #2
Las esclavas y los coperos corrían entre los invitados para que no les faltara de nada. Los músicos, instalados en el centro del patio, entonaban alegres melodías. Los miembros del Mexuar se sentaron cerca del emir, en un lugar preeminente.
Como primer plato se sirvió la tradicional sopa harira .
Los cocineros usaron garbanzos y carne de gallina para la receta, y la condimentaron con jengibre.
Luego se sirvieron tortas de queso blanco con canela y miel.
Por último, llegó el plato estrella del banquete: hojaldre relleno de carne picada, mezclada con pasta de almendra.
El vino alegraba los corazones y elevaba el tono de las voces.
Los hombres de más edad recordaron sus propias bodas y rieron con las anécdotas de la primera noche.
«¡Cuenta, cuenta, Zuhayr!», gritó un qaid en la mesa de los altos mandos del ejército.
Viendo que el aludido no se animaba, relató él la historia: «Este llegó tan borracho al tálamo que, sin darse cuenta, intentó entrar por la puerta de atrás».
Estallaron las carcajadas. «Que os lo diga él, ahí lo tenéis.
Él mismo me lo contó», seguía el qaid . El otro, con el rostro congestionado por la risa, asentía.
«Cierto, cierto. Y mi esposa, pobre bendita, temblaba y me gritaba: “¡Por ahí no, por ahí no!”».
Las risas sonaron por todo el patio. Los hombres comenzaban a sentir los efectos del vino y se exaltaban en su alegría.
—¡Alto! —sonó la voz potente de un guardia elche—. ¡Alto! —insistió, gritando la orden a todo pulmón.
La música cesó, los comensales dejaron de hablar y, por instinto de protección, dos guardias rodearon al emir.
—¡Quieto! —volvió a gritar el guardia cristiano.
En esa ocasión, todos identificaron de dónde venía el alboroto.
Junto a la puerta que comunicaba el patio con los jardines, uno de los coperos, poco más que un crío, sujetaba un pequeño bote con una mano.
Con la otra sostenía una fina copa de vidrio.
Al-Assad se puso en pie y avanzó varios pasos hacia el elche, que, con la espada desenfundada, no apartaba la vista del muchacho.
Los guardias que rodeaban a Muhammad V le hicieron levantarse y lo apartaron a un extremo del patio.
Comenzaron a escucharse cuchicheos entre los comensales, que se miraban unos a otros con inquietud.
—¡Suelta ese bote! —ordenó con voz potente el León de la Alpujarra.
El copero lo alzó y, sonriente, declaró:
—Es solo miel para endulzar el vino de mawlana .
Parecía divertido, ajeno a la gravedad de la situación.
—Déjame ver esa miel —dijo el cristiano renegado mientras avanzaba hacia él.
El muchacho tiró al suelo la copa y destapó el bote. Comenzó a reírse a carcajadas con la mirada perdida en un punto indefinido.
—¡Es la miel de la baraka! ¡Un destino que a unos atrapa y a otros no! —Seguía riendo—. ¡Alá nos libre de la miel!
Las últimas carcajadas resonaron con más fuerza.
Antes de que el elche llegara a él, se llevó el bote a la boca y se bebió el contenido.
Tosió, estuvo a punto de escupir, pero cerró los ojos y se obligó a tragar.
Intentó reír de nuevo, pero solo le salió un agudo chillido de hiena. El bote cayó de sus manos.
El guardia lo agarró por los brazos.
—¿Quién eres? ¿Quién te manda? —lo interrogó.
Sin embargo, el joven copero ya no estaba allí. Sus ojos enrojecidos ya no veían nada, su boca se había llenado de espuma sanguinolenta y sus miembros comenzaron a temblar. Se dejó caer al suelo para retorcerse entre estertores.
Los comensales se habían puesto en pie y observaban consternados cómo el muchacho dejaba que se le escapara la vida sacudido por intensos temblores.
Reduán caminó a paso ligero hasta el emir y se dejó arropar por los guardias.
Al-Assad buscaba con la mirada algún indicio que explicara el atentado contra la vida del emir.
Cuando el copero dejó de moverse, Ibn al-Jatib se acercó a él y cogió el bote del suelo, lo cerró con cuidado y se lo guardó.
—¡Traición! —gritó un pariente de Muhammad V.
Enseguida se formaron corrillos para comentar lo ocurrido. El visir de la Pluma miró al emir, que se había convertido en un muchacho asustado que asistía incrédulo a su propio intento de asesinato. La indignación creció en el estómago de Lisan al-Din.
—¡Hoy no es día para esto! —gritó, y todos callaron—.
Que los guardias hagan su trabajo. Nosotros haremos lo que hemos venido a hacer: celebrar la boda de mawlana .
—Señaló a los coperos—. Vosotros, ya os podéis marchar.
—Los jóvenes obedecieron al instante. El carácter de Ibn al-Jatib, temido por muchos en la Alhambra, afloró ante todos los presentes—.
Nosotros mismos serviremos el vino de Muhammad V de Granada.
—Miró al general al-Assad—. Que vayan más guardias a los jardines y vigilen a los cocineros y a las esclavas.
Que registren sus ropas. —Se detuvo un instante a pensar, por si quedaba algún cabo suelto.
De pronto sus ojos se posaron en Ismail al-Hassas—.
Eres hermano de mawlana , tu lugar está en su mesa.
Probarás su comida y beberás de su vino.
Hubo un momento de tensión. El sayj al-Guza y el Bermejo miraron desafiantes al visir.
—¿Acaso estás sugiriendo algo? —preguntó el líder de los africanos.
Los ojos de Ibn al-Jatib centellearon de ira. «No juegues conmigo», le dijeron en silencio.
—Han intentado envenenar a nuestro emir —pronunció, intentando recuperar la calma—. Ahora necesita a los suyos cerca.
El sayj ladeó el cuerpo para encarar a su oponente.
Ibn al-Jatib no se amilanó y le sostuvo la mirada.
Con movimientos pausados, atravesando la línea de fuego entre el visir y al-Guza, Ismail al-Hassas se encaminó hacia el estrado y se subió a él para sentarse a la diestra de la jamuga de su medio hermano.
A continuación, con gesto distraído, tomó una pieza de hojaldre y se la llevó a la boca.
—Delicioso, hermano.
Su actitud pareció calmar los ánimos. Muhammad regresó a su asiento e Ibn al-Jatib se acercó a los músicos.
—Acaba de perder a su padre —les dijo—. Hoy debe ser uno de los días más hermosos de su vida. Haced que olvide lo que ha pasado y os recompensaré con creces.
De nuevo la música invadió el patio. Los hombres regresaron a sus mesas y simularon estar de celebración, pero algo se había roto irremediablemente entre ellos. Cruzaban las miradas, se buscaban unos a otros, se hablaban al oído… Los tiempos de la intriga no cesaban en la Alhambra.
Al-Assad se acercó al guardia que había descubierto las intenciones del copero y apoyó una mano en su hombro izquierdo.
—Buen trabajo, muchacho. Encárgate de organizar la vigilancia en los jardines.
Luego se sentó al lado de Ibn al-Jatib. Tenía el rictus serio y no paraba de mirar de reojo a su alrededor, como si esperara otro ataque. El visir de la Pluma le habló al oído:
—Llegó el momento de dar un paso adelante. Es nuestro chico y no dejaremos que nadie se acerque a él.
El León de la Alpujarra suspiró sonoramente y asintió, reconfortado por el apoyo de su aliado.
Ibn al-Jatib bebió vino de su copa y barrió el patio con la mirada.
La fiesta seguía su curso. Luego se fijó en Muhammad, que había recuperado el color en las mejillas y sonreía.
Entonces, solo entonces, el visir se permitió relajarse.
Se acercaba la medianoche y, mientras los hombres seguían con la fiesta, la de las mujeres se apagaba.
La temperatura había bajado y se habían trasladado al madjlis del palacio.
Por respeto al novio, se habían esmerado en borrar el rastro del incidente.
Iqbal, algo achispada por el vino dulce que habían servido para acompañar los postres, salió del salón femenino para visitar la letrina.
Cuando regresaba al interior se topó con al-Baaz, que custodiaba la fiesta de la novia.
—¡Maldito yinn ! —exclamó la mujer—. Siento el corazón latiéndome en la boca. Me has asustado. —Resopló. Luego se rio por su propia estupidez—. Discúlpame, ya sabes lo que ha pasado… Estamos todas un poco nerviosas. ¿Qué haces tú aquí?
—Ya me ves, siempre me asignan las misiones más importantes —respondió con ironía. Se escuchaba el jolgorio de los hombres; la voz de la qayna y las risas que la envolvían—. Parece que se lo pasan bien. —Señaló la puerta—. ¿Qué tal ahí dentro?
—Todo lo bien que puede ir una fiesta repleta de gallinas viejas, todas cacareando a la vez. Creo que mi mareo es más por sus chillidos que por el vino.
Al-Baaz rio con ganas.
—Ahí está la Iqbal de los viejos tiempos, y me alegra verla. La mitad de los del barrio han cambiado demasiado. Tendrías que verlos, una pena lo que la vida ha hecho con ellos.
—¿También con Zara? —preguntó ella, y al instante el aire jovial se disolvió.
—También —dijo al-Baaz, más serio de lo que cabía esperar. El guardia supo que la vieja herida de su amiga no había cicatrizado, que seguía abierta, así que se obligó a buscar con cautela qué decir—. Mi familia… —comenzó, pero Iqbal salió en su rescate.
—Creo que es la primera vez que el Halcón se queda sin palabras. Ya sé que tu familia acordó el matrimonio Solo me preguntaba si Zara había cambiado con los años…