El elegido Capítulo 6
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Capítulo 6

Desde el alba, la Alhambra se había convertido en un hervidero de siervos que iban y venían por los alrededores del palacio emiral. Unos se encargaban de preparar los alimentos que se servirían en el banquete, otros decoraban los jardines. Todos caminaban deprisa, nerviosos.

Ibn al-Jatib e Iqbal llegaron montados en un mismo caballo. Atravesaron la puerta de las Armas y, sorteando la barranquera, llegaron al conjunto palaciego del emir. En sus inmediaciones podían verse algunos de los invitados, que comenzaban a llegar a la zona del Mexuar.

—Esposo, no sé si he elegido el conjunto adecuado —manifestó Iqbal.

El visir de la Pluma le palmeó una pierna y buscó su rostro por encima del hombro.

—Hasta con harapos destacarías sobre esas ovejas viejas —le dijo cortés.

La mujer agradeció el cumplido. Avanzaron por la calle Baja del Emir hasta la zona del Partal, donde un mozo se hizo cargo de la montura.

Los guardias les franquearon la entrada al palacio y allí separaron sus caminos.

Iqbal acudió a las estancias reservadas para la novia y las mujeres.

Ibn al-Jatib accedió al madjlis , donde ya había un nutrido grupo de hombres.

La celebración iba a ser modesta y se había limitado el número de invitados.

«La muerte de mi padre sigue doliendo demasiado en nuestros corazones», había dicho el joven Muhammad V para justificar la ausencia de grandes festejos.

El emir, vestido con una túnica de seda teñida de verde, permanecía rodeado por un corrillo de parientes. Sin embargo, en cuanto vio a su viejo maestro, acudió a saludarlo.

—Visir de la Pluma, la paz sea contigo. —Estaba exultante. Una perenne sonrisa lucía en su rostro y sus ojos brillaban con la intensidad de las estrellas.

Ibn al-Jatib se puso frente a él y lo agarró por los hombros.

—«El matrimonio es una orden de Dios, y debéis cumplirla» —citó las palabras de Malik bin Anas, el jurista medinés cuyas enseñanzas sustentaban la disciplina teológica andalusí—.

Me siento orgulloso del hombre en el que te has convertido, mawlana .

—Palmeó sus hombros—. Ahora debes cumplir con tu deber y engendrar un heredero sano y fuerte.

—La sonrisa del muchacho se intensificó.

El visir besó sus mejillas y aprovechó la cercanía para susurrarle al oído—: «Se quitaba la túnica del tierno talle y era como un capullo que se enciende en flor».

—«La noche pasaba, escanciándome de su mirada, a veces de su copa, a veces de su boca» —continuó el joven emir, terminando el poema de Muhammad al-Mutamid.

Rieron. Ibn al-Jatib le había enseñado aquellos versos cuando era su preceptor.

Desde niño, el príncipe había demostrado un profundo interés por la poesía.

—Hoy se abre para ti el Paraíso, pero no olvides que para ella es un paso importante. La primera vez de una mujer es una ocasión especial. A menudo implica un poco de dolor. Puede que la notes nerviosa. Sé delicado con tu esposa y ambos lo disfrutaréis.

—Así lo haré, Lisan al-Din. Gracias por tus consejos y por tu ayuda. Tu poema ha sido el mejor regalo para mi prima.

—Me alegra saberlo, mawlana , pero el poema no es mío. Es de un joven aprendiz de la Secretaría.

Muhammad quedó pensativo.

—Me gustaría conocerlo —dijo, y el visir asintió, recibiendo el encargo.

El emir regresó junto a sus parientes, que enseguida lo rodearon para agasajarlo. Ibn al-Jatib fue abordado por el general al-Assad.

—No se ocultan —le dijo sin saludarle siquiera. Señaló con la cabeza a Ismail al-Hassas, el medio hermano de Muhammad V, que charlaba de forma animada con su cuñado, el Bermejo, y con el sayj al-Guza.

—Prefiero que hablen en público a que se escondan —opinó el visir de la Pluma—. ¿Tienen algo tus agentes?

—Nada. No se han visto. Nadie ha visitado al afeminado. —Así se refería al joven Ismail al-Hassas—. Y la Gacela apenas ha pisado la calle. Si traman algo, se guardan bien de que no los vean.

Sonó la música de un rabel, acompañada por los golpes de un pandero. Luego, la voz de una qayna penetró en la sala desde el patio. El trío se había ubicado en el cenador que había junto a la alberca. Desde allí, su música se repartía por todos los rincones del palacio.

—Ya viene —se dijeron los invitados unos a otros. Todos salieron al umbral.

El cortejo de la novia permanecía junto a sus estancias.

En cuanto el novio se asomó al patio, comenzó a desplazarse.

El músico y la qayna acompañaron su breve paseo con una alegre canción que hacía referencia a la noche de bodas.

Tres mulas portaban en sus alforjas el ajuar de Mu’mina.

La novia, rodeada por su séquito, apenas se vislumbraba.

Al final del camino, las mujeres abrieron su cerco y mostraron su flor.

—Ahí está mi sol —pronunció emocionado al-Nahil, su padre.

—A este ponle vigilancia también —le dijo Ibn al-Jatib a su amigo al-Assad al oído.

El León de la Alpujarra sonrió, sacó pecho y respondió:

—De nuevo me subestimas, secretario. Ya la tiene, desde que pisó la Sabika.

Mu’mina brillaba como el lucero del alba.

Vestía un conjunto de seda verde con bordados de oro.

Un delicado velo cubría su rostro, sujeto al hiyab con broches de plata.

Las manos, única parte visible de su cuerpo, lucían pulseras de oro y plata, y su piel estaba decorada con tatuajes de alheña.

Sus ojos, como dos mares a punto de desbordarse, se dirigieron hacia Muhammad.

El imán de la aljama alhambreña se interpuso entre ellos y recitó un sermón en el que destacó las cualidades de ambos, las bondades de la sangre nazarí y la fortaleza de Garnata, a pesar del duro golpe que la muerte de Yusuf había supuesto para el emirato.

«Sois nuestra esperanza, con vosotros continuará la gloria de los emires de la Alhambra», dijo para terminar.

El joven Ismail al-Hassas evitaba mirarlos, como si su sola visión le molestara.

Siguió una lectura del Corán y el intercambio de votos de los novios.

En el suyo, Muhammad V mencionó la rica dote que entregaba a su tío al-Nahil.

El hayib Reduán y el visir Ibn al-Jatib habían sido designados como testigos.

La ceremonia terminó con la redacción del acta que daba fe de la unión.

Después, el músico hizo sonar de nuevo su rabel y la qayna elevó la voz por encima de las de los invitados.

A intervalos, el pandero, alegre, acompañaba la melodía con sus golpes festivos.

Todos felicitaron a los recién casados en una algarabía de vítores y buenos deseos.

Las mujeres tomaron a la novia y regresaron a las dependencias de las que habían salido.

Allí iban a celebrar su propio banquete.

Las parientes más lejanas se remangaron las túnicas y se afanaron en la cocina, calentando aceite para freír buñuelos de berenjena, amasando tortas de aceite y condimentando las piernas de cordero que iban a servirse como plato principal.

Mu´mina, feliz, se dejó rodear por las mujeronas, que la atosigaban con preguntas y halagos en un alarde constante de familiaridad.

Los hombres se quedaron en el patio, donde los siervos del emir dispusieron alfombras, mesas y banquetas para el festín.

Los cocineros trabajaban en los jardines anexos al palacio y sus platos no tardaron en ser distribuidos entre los comensales.

La música seguía sonando y se celebró un recital de poesía en honor de los novios.

El propio Ibn al-Jatib había compuesto un extenso poema para la ocasión.

Tres coperos servían el vino. Era un caldo cristiano que el rey Pedro I de Castilla había ordenado que enviaran desde la cercana Alcalá la Real.

—Buen regalo del rey rumí —comentó Reduán al visir de la Pluma.

—Me gusta más el vino dulce malagueño —dijo Ibn al-Jatib—, pero no está mal. —Bebió un trago—. Pronto llegará la embajada. Estamos redactando el reconocimiento y la paz.

—Paz… —soltó, evocador, Reduán—. Paz a cambio de nuestro dinero —añadió el hayib endureciendo el tono.

—Siempre ha sido así, sidi . Si no pagáramos las parias, hace tiempo que Castilla nos habría engullido.

—Aunque paguemos, desean engullirnos —opinó Reduán.

—Eso también ha sido así siempre —confirmó el visir—. Y puede que lo hagan cuando no necesiten nuestro dinero. Sin embargo, ahora debemos aprovechar la situación y cultivar la amistad del rey. Nuestra supervivencia solo la garantiza nuestra habilidad diplomática.

Castilla había vivido tensiones tras la muerte de Alfonso XI.

Su heredero, Pedro I, tenía un rival que aspiraba al trono: su medio hermano Enrique.

Todo parecía indicar que la guerra civil entre ambos no tardaría en estallar.

Tal vez ese temor estuviera detrás de la actitud conciliadora del rey castellano con el emisario granadino.

Parecía que en aquellos momentos la paz interesaba a ambos lados de la frontera.

—Aquí, en Granada, vivimos una situación parecida a la que afronta el rey rumí —añadió Ibn al-Jatib bajando la voz. Al instante, Reduán y él miraron a Ismail al-Hassas, que bebía vino mientras jugaba con una trenza de su pelo.

—Ese pusilánime no tiene espíritu para alzarse —comentó el hayib , pero luego se acordó de su madre y de su cuñado—. ¿Tienes alguna información?

—Nada determinante, pero me gustaría ahondar en la investigación.

El viejo Reduán bebió de su copa y se tomó unos segundos para pensar. Vio cómo el sayj al-Guza se acercaba al Bermejo y charlaba con él.

—Lisan al-Din, no tengo tiempo para intrigas. Tengo un emirato que gobernar. Encárgate tú. Haz lo que consideres conveniente.

El visir de la Pluma agachó la cabeza.

—Así lo haré, en la medida en que mis obligaciones en la Secretaría lo permitan.

Los hombres tomaron asiento y comenzaron a comer. Muhammad V se sentó en una rica jamuga taraceada, colocada sobre un estrado de madera. Diez guardias vigilaban el patio para proteger a su emir. Al-Assad lo había dispuesto así.