El elegido Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

—Yo también te amo, Mu’mina. Deseo que seas feliz a mi lado.

Se miraron con intensidad, conteniendo el torrente de agua clara que empujaba, amenazando con romper sus diques.

Querían besarse, pero ambos eran conscientes de que no era ni el lugar ni el momento adecuado.

Mu’mina observó los jardines, los parterres rebajados sembrados con naranjos y granados, los setos de arrayán, los rosales…

—Cuántas veces hemos corrido por estos caminos cuando éramos niños, cuando nuestros padres se querían como buenos hermanos…

—Y ahora estamos aquí, a punto de casarnos.

El joven emir sentía que el corazón se le desbocaba. Acarició la mano de su amada y comenzó a levantarla para llevársela a los labios. Sin embargo, ella la retuvo y, con delicadeza, la liberó. Miró de soslayo a los guardias, que ya cuchicheaban.

—Mañana, primo. Mañana…

Mu’mina se apartó de su lado y caminó de forma pausada hacia la salida del jardín. Las primeras estrellas asomaban por oriente, la brisa del anochecer comenzaba a soplar sobre la colina de la Sabika.

—Mañana —pronunció en su soledad Muhammad mientras se llevaba la mano a la nariz para aspirar la delicada esencia de rosas con la que Mu’mina se había perfumado.

—Estrújalo y mójalo otra vez. —Amina le lanzó el paño a su hermana. Estaba húmedo y caliente.

El pequeño Faray había dejado de temblar y su frente estaba perlada de sudor.

Llevaba varias horas con fiebre y esta parecía no remitir.

Rasha obedeció y empapó la tela en agua fría de la tinaja.

Con delicadeza, se acercó al bebé y volvió a colocarle el paño en la frente.

Faray no reaccionó y su madre se apresuró a acercar el oído a su nariz.

—Respira —susurró aliviada. Luego miró a Rasha—. Ve a por el tabib . Necesitamos ayuda.

—Estas fiebres son normales en los recién nacidos. Todos pasan por ellas.

Amina le dedicó una mirada llameante de ira.

—Es demasiado pequeño. La fiebre siempre es mala para un bebé. Hazme caso y ve a por el médico. —En su voz se percibía su desesperación, acrisolada con una furia contenida, pero lista para explotar si no obtenía lo que quería.

Rasha salió de la casa envuelta en un grueso manto para afrontar el intenso frío de la noche invernal. «No tenemos con qué pagarle», masculló mientras se adentraba en el barrio para buscar al tabib . «Apenas nos llega para leña, ni para el aceite de la lámpara».

Poco después, la mujer regresó acompañada por el galeno.

Era un hombre joven, de unos treinta años, que ofrecía sus servicios a los vecinos del Albaicín.

No perdió el tiempo. Con gestos apresurados, se echó de rodillas al suelo junto a Amina y su bebé.

Destapó el pecho de Faray y lo auscultó.

Luego presionó con los dedos en su abdomen y valoró su temperatura corporal con la palma de la mano.

Amina aferraba el amuleto que poco antes había llevado puesto su hijo.

—¿Es grave? —preguntó la madre con ansiedad.

—No lo puedo saber. Es imposible determinar los procesos internos que ocurren en un cuerpo cuando hay fiebre.

No hay signos de enfermedades graves, pero a veces la fiebre es síntoma de infecciones invisibles.

—Abrió su arqueta y extrajo un bote con polvos.

En un platillo metálico mezcló un poco del contenido con agua, formando una pequeña masa verdosa—.

Vamos a intentar bajarle la temperatura con esto.

—Le entregó a Amina la medicina—. Mezcladlo con agua y dádselo.

La mitad ahora, la otra mitad más tarde, cuando amanezca.

Esto debe bajar la calentura. Hasta ahí llega mi ciencia.

Las dos hermanas le dieron las gracias. Amina dividió la pasta y comenzó a diluirla. El tabib cerró su arqueta, se puso en pie y aguardó.

—Si empeora, acudid a mí —añadió.

Rasha extrajo una bolsa de cuero, de la que sacó un dírham y varios felús. Se los entregó al hombre, que los contó de un vistazo. El médico miró a la mujer con la palma de la mano abierta, como si esperara a que añadiera más monedas. Rasha se acercó a él.

—No tenemos nada más —pronunció en voz queda—, pero podemos negociar el pago ahí dentro. —Señaló con la cabeza la puerta de la alcoba.

El hombre se mantuvo serio, pero repasó el cuerpo de la mujer con la mirada.

Ante su descaro, Rasha no se amilanó. Sonrió con suficiencia y se abrió ligeramente la túnica para mostrarle un pecho.

Él cerró la mano atrapando las monedas y extendió el brazo hacia la alcoba, invitándola a iniciar la marcha.

Ambos se perdieron en el interior de la estancia.

Amina comenzó a darle la medicina a Faray haciéndole beber del platillo. Al notar el sabor, el pequeño emitió un leve gemido, pero la madre apretó con suavidad sus carrillos para ayudarle a tragar.

—Ya, ya, mi niño. Muy pronto te vas a encontrar mejor. —Besó su frente. Tal vez fue una impresión, pero percibió que la calentura había remitido—. Nada te va a faltar —le dijo.

Faray cerró los ojos y se durmió enseguida, arrullado por los gemidos que llegaban de la alcoba.