El elegido Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Eso, tú con las jóvenes —intervino la Gacela y comenzó a reír. La esposa de Reduán comprendió que se refería a ella y negó con la cabeza, ignorando la ofensa—. Dinos, Iqbal, ¿qué haces para estar tan guapa?

La aludida se puso colorada.

—Ya quisiera yo tu belleza, Maryam, llegar a tus años así…

No lo pretendía, pero destacó la diferencia de edad que las separaba. La viuda de Yusuf encajó mal el golpe. Todas percibieron el rastro de amargura que había en su media sonrisa.

Entonces Butayna se dirigió a la joven prometida:

—Mu’mina, mañana te vas a casar con tu primo. Aprovecha para preguntarnos lo que quieras. Aquí tienes a unas cuantas mujeres con experiencia. Estás entre amigas, nada de lo que hablemos saldrá de aquí.

La muchacha miró las lucernas de la bóveda, que filtraban la luz brillante del sol. Luego dirigió la vista hacia la amable Butayna, su futura suegra. Mu’mina era huérfana de madre, por lo que agradeció su gesto.

—No se me ocurre nada que preguntar… —dijo a media voz.

—¡Venga, chiquilla! —explotó la Gacela—.

Todas sabemos lo que quieres preguntar. Si no te atreves, ya te respondo yo: primero un poco de dolor, y luego, si te relajas, el Paraíso.

—Puso los ojos en blanco y, con las risas de algunas mujeres, se animó—: Con la puerta que tienes entre las piernas puedes tener el control de tu hombre.

Con gestos pausados, la esposa de Reduán se puso en pie y, escandalizada, se retiró hacia la sala caliente. Butayna retuvo en el pecho el eco de aquellas palabras y sintió cómo el dolor y el odio crecían en su interior. «Eso no es todo, Gacela. A un hombre se le conquista con otras cosas».

Mu’mina no sabía qué responder, de modo que sonrió y guardó silencio. La esposa del sayj al-Guza, que estaba cerca de la Gacela, le dijo a esta algo al oído.

Iqbal posó su mano en el muslo de la joven para transmitirle calma.

—Tranquila, te acostumbrarás. Ninguna muerde —le dijo en voz queda, y notó cómo sus ojos brillaban de gratitud—.

Siempre que puedas, mantente alejada de estas guerras.

Tu posición conlleva soledad, es la maldición de estar cerca del poder…

Sobre la noche de bodas, puedes estar tranquila.

Muhammad es un chico respetuoso que sabrá cómo tratarte.

—Gracias —pronunció Mu’mina con un hilo de voz—. ¿Vives en la Alhambra?

—No, pero puedo venir cuando quieras. Me tendrás a tu lado, tranquila.

La joven prometida del emir sintió cómo sus nervios aflojaban.

Los corrillos de mujeres seguían con su parloteo.

La temperatura había bajado, pero un mozo, apenas un niño, accedió a la sala y derramó un caldero de agua sobre el canal central.

Enseguida la estancia se inundó de vaharadas cálidas de vapor.

Poco después, una qayna se instaló en un rincón y amenizó la reunión cantando canciones populares inspiradas en poemas andalusíes.

Su voz dulce silenció los parloteos y se multiplicó en la bóveda estrellada de lucernas, encendiendo los corazones de aquellas cortesanas.

Entra en nombre de Dios en la mejor casa,

lugar de pureza, estancia a respetar:

es el baño de la Casa Real,

en el que grandes mentes se afanaron.

El fuego un agradable calor tiene allí

y el agua pura se derrama.

En él, los más diversos deseos se armonizan,

bástete con los dos contrarios: el agua y el fuego.

Los vestidos se quitan con alegría,

y el primero de ellos, el de la seriedad…

Los primeros versos que cantó eran de Ibn al-Yayyab, el maestro y mentor de Ibn al-Jatib. Aquel poema decoraba la entrada del baño.

Las mujeres se solazaron con la música y dejaron que sus preocupaciones se dispersaran con la niebla húmeda que cubría la sala.

Iqbal cerró los ojos y a su mente acudieron recuerdos de su niñez, la casa familiar en la Rambla, los hijos de los vecinos, con los que jugaba todas las mañanas, el despertar de la pubertad y su progresivo alejamiento de la calle…

«Estás preciosa». Las palabras de al-Baaz resonaron de nuevo en su cabeza y, tímida, una sonrisa le brotó en el pecho.

Su aliento parecía haberla acariciado. Hacía años que no percibía aquel cariño en su esposo.

Se esforzó por apartar aquellos pensamientos que no hacían más que producirle nostalgia y dolor.

Cuando el vapor comenzó a disiparse, Butayna y la Gacela blanca se sorprendieron observándose mutuamente. Se sostuvieron la mirada en un duelo sin palabras. «Mi hijo es el emir de Granada», gritaban los ojos azules de Butayna. «Mi hijo será el emir de Granada», respondían los de la Gacela.

¡El sol se había ocultado tras las sierras de la frontera. La oscuridad comenzaba a ganar terreno, pintando de gris la cal de las fachadas. El jardín del palacio estaba en silencio, solo alterado por el borboteo del agua de una fuente. Mu’mina se acercó a ella y depositó una flor en su taza.

Muhammad V debía ir a la mezquita para asistir a la ceremonia de aceptación del contrato nupcial, pero antes accedió al jardín desde su madjlis . Caminó por los senderos que partían los parterres hasta llegar junto a su prometida.

Así se había dispuesto que se llevaría a cabo el encuentro. Cuatro guardias elches eran sus testigos; esa fue la única condición que impuso el padre de la novia.

—Prima —saludó—. Ya está todo acordado. Mañana nos uniremos.

La joven suspiró, nerviosa, y lo miró a los ojos.

—Lo sé, primo.

Muhammad trató de leer su mirada. En ella encontró emociones difíciles de descifrar. Inquietud, tal vez ilusión.

—Esto es para ti.

Le entregó el poema, que ella tomó y leyó. Dos pesadas lágrimas cayeron de sus ojos y se derramaron por sus mejillas. Muhammad sintió que el corazón se le encogía.

—¿Estás triste? —preguntó.

—No seas tonto, Muhammad —soltó ella mientras limpiaba los regueros de sus lágrimas—. Estoy emocionada. —Lo miró a los ojos—. Aunque no lo deseara, tendría que unirme a ti. Es mi deber. Pero lo deseo, primo. —Apretó el papel que contenía el poema y suspiró, como si quisiera reunir fuerzas—. Te amo.

Muhammad se atrevió a tomar una de sus manos.